La Telenovela del PSUV

Ibsen Martínez

La campaña electoral del PSUV recuerda la Gerencia de Dramáticos de Venevisión en los tardíos años 70 y buena parte de los primeros 80: algo de talento criollo y demasiados ejecutivos cubanos. ¡RCTV los tenía locos!

El argumento del culebrón del PSUV se titula “Los Idus de Marzo” y es una historia convencionalmente desgarradora: la crónica por cuentagotas de la muerte anunciada de un patriarca renuente y la sorda disputa de sus herederos más conspicuos.

El Patriarca

El patriarca desprecia a todos los herederos por igual y se niega a otorgarle a ninguno de ellos el papel de continuador de la estirpe y de la saga. Para colmo de inconvenientes, al pueblo ha llegado, entre tanto, un joven ambicioso y sortario que parece destinado y dispuesto a arrebatarles el emporio a los dos herederos en liza.

En esto, el culebrón del PSUV recuerda la trama de Un Largo y Ardiente Verano, aquella serie de los años 60, basada en la novela de William Faulkner.

Las estrellas que disputan el protagonismo, ­¡y la herencia!­, son Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. La figura languideciente del patriarca en tratamiento médico, y quien, aunque ya luce fuera de juego, no acaba de irse del set de rodaje, tiene todavía enorme capacidad de perturbarlo todo: los ejecutivos lo tratan todavía con obsecuencia, a la espera de que definitivamente patee el balde.

El bobo de la yuca

En cuanto a los herederos en disputa, los ejecutivos cubanos dividen sus simpatías, aunque no simétricamente: una porción grande está con Maduro, a quien cariñosamente los cubanos llaman “el bobo de la yuca”; los demás ejecutivos cubanos están, como quien dice, en modo “wait and see”.

Cabello, pues, no las tiene todas consigo en el cariño de los ejecutivos, aunque se le tenga por alguien de mucho predicamento entre sus pares del ejército venezolano. Pero de esto último nadie parece estar seguro: al cabo, ¡los expertos en la vida íntima del chavismo militar se han equivocado tanto y tan seguido!

Es posible que los capitanes, mayores y hasta coroneles venezolanos estén hoy más pendientes de los twits del inefable doctor Marquina que de los designios continuistas de Cabello.

Otro rasgo de la situación allega aún más parecido entre el Buró Político del Partido Comunista de Cuba y la desconcertada gerencia de programas dramáticos de Venevisión en los años 80, cuando RCTV les daba paliza con las teleseries de José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia y Pilar Romero. Me refiero al hecho, llamémosle cultural, de que todo ejecutivo cubano tienda a asimilar los sucesos políticos de Venezuela a su propia experiencia pasada, olvidando que Venezuela no es Cuba ni se escribe igual.

En consecuencia, los consejos o directrices electorales que pueden dar los cubanos resultan, o bien imposibles de seguir o decididamente descaminadores. Los cubanos no saben cómo ganar elecciones reñidas por la sencilla razón de que las últimas que convocaron en 1952 fueron suspendidas por el golpe de Estado de Batista. Y la de octubre en Venezuela será una elección reñida. La condición relativamente novata de los dos precandidatos tampoco es de mucha ayuda en una elección reñida. Detengámonos en este aparte.

Tanto Maduro como Cabello, al igual que el resto de la camada Jaua, la Fiscal General, el Ministro de Justicia, el errático Izarra y el Ministro de Defensa carecen de experiencia actoral y, peor aún, de la mínima inventiva oratoria.

Esta última le ha sido inhibida hasta la inexistencia por el estilo aplastantemente autoritario del patriarca, el histrión que ahora se somete a radioterapia lejos de su amada Venezuela. El efecto neto de todas estas insuficiencias es que Cabello, por ejemplo, es ­¡horror!­ una mala copia del patriarca cada vez que se anima a hablar por sí mismo.

Se le pasa la mano en ferocidad, ¿no lo han notado?, como si olvidase que se trata de ganarle una elección a un tipo saludable y sangre liviana que sube en las encuestas en un país harto de la pugnacidad del patriarca. El mismo tipo que le ganó la Gobernación de Miranda, pese al dinero y al tonelaje del portaaviones Chávez que hicieron pensar erróneamente en la invencibilidad de Cabello.

Es fácil comprender a Cabello: se trata de un reflejo que condiciona y paraliza a todos los herederos es el miedo a perder el favor del paciente habanero antes de tiempo. En consecuencia, redoblan los esfuerzos a la hora de mostrarse radicales e irreductibles talibanes en sus posiciones, pese a que, a todas luces, el único camino viable para todos ellos, en un escenario en que inexorablemente el patriarca ya no podrá lanzar el juego completo, ni mucho menos servirle de portaaviones, es la negociación con el adversario.

Pero para negociar hay que tender la mano y la rama de olivo y ¿cómo hacerlo si el patriarca no ha muerto y todavía puede fulminarme por blandengue y dejarme en el hombrillo y sin gato para siempre jamás? No puede exagerarse la dificultad del trance para los herederos que olfatean cambios de dirección en el aire y pretenden sacarles provecho.

Un ilustrador ejemplo lo hallamos en el “Gato” Briceño, sujeto vivaracho que pensó en desmarcarse a tiempo del PSUV, aprovechando un derrame de petróleo, sólo para que la maniobra le estallase en las manos. Ahora no tiene el apoyo del PSUV y todavía despierta muchísima suspicacia en la oposición.

Había que irse cuando se fueron Ismael García y Henri Falcón, digo yo, gobernador Briceño. En seis meses no se puede ir de la sectaria gobernación roja-rojita de Monagas a un puesto en el secretariado de la MUD.

La maquinaria

Queda por analizar el tema sempiterno de la maquinaria roja. De ella siempre se ha dicho que es el brazo electoral de un gobierno que no se para en nada a la hora de repartir plata, alimentos importados vendidos a precio subsidiado y automóviles y electrodomésticos chinos. Los últimos acontecimientos dejan ver a las claras que la maquinaria del PSUV se parece mucho a la maquinaria adeca: es un mito. Si no lo cree piense en esto: la palabra clave, tratándose de maquinaria, es “disciplina”. Esto es, obrar coordinadamente, en conjunto.

Bastó y sobró que el patriarca obeso y pelón se despidiese en Maiquetía para que los “colectivos” se cayesen a balazos, el gobernador de Monagas fuese de acuseta a Globovisión, etc.

Termino con un refrán cubano: “Lo mejor de todo esto, es lo malo que se está poniendo…” para el PSUV.

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