“En Venezuela no hay vacío de poder sino un poder vacío”

Carlos Blanco (*)

A diferencia del 2002 cuando sí hubo un vacío de poder, el poder se fue de un lado para otro. Lo tenía Chávez, pasó a manos de la multitud que marchaba en las calles, saltó a los generales, debilitado llegó a las manos de Pedro Carmona, pasó de nuevo a los mismos generales y regresó a Chávez.

El poder estaba constituido por las fuerzas de lo real (militares y pueblo en la calle), se vació en la botija roja y por unas horas se guarneció en otra, azul pálido. Había instituciones como la Fuerza Armada, PDVSA, el Banco Central, hasta cierto punto el Tribunal Supremo… que declaró el vacío de poder.

Ahora es distinto, el poder se vació, se derramó, se cayó y sólo lo sostiene la inercia, la figura simbólica de Chávez y el entramado que se ha constituido y que muy pocos quieren mover, no sea que una de las cabillas que sostiene la estructura le caiga a alguien.

No es el que era

Chávez se cuidó de los enemigos. Múltiples anillos de seguridad lo rodean. Los fieles más incondicionales le filtran hasta el aire que respira. La cofradía cubana estrecha el cerco de protección y de aislamiento. Acciones libradas para preservar al Comandante en estado original, en perpetuo renacimiento, como deus ex machina de una revolución imposible; pero, nadie sospechaba que todo sería inútil cuando la amenaza viniera de la intimidad orgánica del protegido.

El hombre fue tomado por asalto, en principio por una enfermedad, pero más adelante por el mal. Cualquier ser humano se enferma y el cáncer se ha convertido en una enfermedad bastante común, manejable en muchos casos como enfermedad crónica y, en otros, curable.

Sin embargo, a Chávez la enfermedad se le transformó en algo diferente: lo poseyó un mal del cual no se libra porque va más allá de la enfermedad. En vez de experimentar su dolencia como un desarreglo orgánico quizá con algún componente psicológico para lo cual hay determinados protocolos curativos, se dedicó a retar su dolencia como si fuera el asalto inesperado del enemigo;

convirtió la lucha contra el cáncer en una guerra revolucionaria, la voluntad contra la realidad, el bien que él cree representar contra el mal que quiere sacarlo del escenario, la ciencia cubana contra la venezolana, la capacidad de sobrevivir contra la celada de la naturaleza (que si se manifiesta bruta y se opone, se le hará obedecer, como en el chiste que se atribuye a Bolívar).

El caudillo en vez de ser un enfermo que trata de curarse se transmuta en el mártir que sube la cruz a su Gólgota rojo y que se exhibe pornográficamente en el tamaño de sus tumores, en la vestimenta estilo Fidel-Castro-deportivo-en-recuperación, y en las publicitadas sesiones de quimio y radioterapia, con pelos que se caen y crecen.

No informa sobre su enfermedad, cosa que apreciarían los venezolanos, especialmente si viniera de voces serias y autorizadas; en vez de informar lo que hace es exhibirse como el Chávez voluntarioso en lucha contra el Chávez humano, débil y mórbido.

Un cuerpo manejado por su dueño de manera tan espectacular se ha transformado en un ingrediente dramático de la escena política; los ciudadanos transfigurados en oncólogos y Chávez en enfermo que no se va porque no quiere abandonar “a su pueblo”.

En una sociedad estructurada la enfermedad o imposibilidad de continuar en su cargo por parte del presidente lo que hace es disparar mecanismos institucionales de sucesión. En Venezuela, dada la naturaleza autocrática y personalista del bochinche bolivariano, la situación del Presidente lo que hace es desatar los diablos danzantes del Averno.

Como Chávez ha concentrado todo el poder, la enfermedad que debilita su cuerpo, transformada en mal contrarrevolucionario, también debilita su poder. Esta fase de la historia no será la de un poder asaltado sino la de un poder vaciado; no será la de un poder tumbado sino un poder caído.

El trámite

El país tramita la salida de Chávez del poder. No necesariamente por su estado de salud sobre lo cual no tengo más noticias que las que se conocen públicamente. Es que Chávez dio un paso muy grave para la continuidad de su proyecto y fue identificar la continuidad revolucionaria con el hecho de vencer el mal, con seguir como candidato presidencial y con impedir cualquier conversación -aunque fuese totalmente informal y discreta entre los suyos- sobre la sucesión. Cometió el pecado -que Fidel no cometió, por cierto- de colocar la sobrevivencia del “proceso” en los resultados de la radioterapia.

Allí lo condenó, porque él podrá durar mucho tiempo más, pero su tramoya no. ¿Por qué? Porque sus lugartenientes y sus opositores, por distintos caminos y con distintos sentimientos, se ocupan del mismo tema: la sucesión presidencial. Aun los suyos, que todos los días confirman que él va a seguir como candidato, al reiterar que está en perfecto estado de salud envían un metamensaje en el cual la duda se refuerza.

Tomar el vacío

Cuando el poder existe se puede “tomar”. Pero cuando el poder está vacío, ¿cómo se “toma”? En Venezuela funciona un sistema que ha perdido centros de poder por una implacable destrucción institucional sin crear las que los reemplacen. Las mafias han sustituido las estructuras estatales y paraestatales que tenía el país.

Lo que hay es la inercia de un sistema que ha logrado funcionar a condición de que nadie grite muy duro, que el gato no se suba a la batea, que Jaua y Diosdado regularicen la guerra, que ninguno se atreva a empujar demasiado la pared de cartón piedra y que un militar no se sulfure como su líder lo hizo en febrero de 1992.

Pero si no hay un poder estructurado que mantenga vigorosamente el tinglado puede que no haya tampoco un poder alternativo que lo ponga en jaque.

En esta perspectiva, a los sectores democráticos les correspondería una tarea que es ampliar el espectro de su acción para construir un poder alternativo que tenga capacidad de reemplazar al que ahora desaparece.

Significa ganar la voluntad de los electores pero sobre todo hacer creíble una victoria con actividad de masas, con la creación de centros de poder institucional, con proyectos de leyes, con tesis novedosas, con una narrativa que dispute la de los que se van mediante la transmisión de un mensaje emocionado y emocional que prefigure la posible historia por venir.

El régimen va muy rápido pero como un tren sin frenos, sin conductor, llevado por la inercia sin combustible.

Para ganarle a Chávez antes hay que ganarle en el alma del país; hay que hacer creíble el poder que viene; hay que mostrar que frente a un poder que se cayó, que se derramó y se fue por un suelo abandonado, seco y agrietado, surge otro de relevo que se llena de emociones y futuro.

(*) Carlos Blanco Blanco es economista Summa Cum Laudae, con Master en Planificación y Doctorado de la Universidad Central de Venezuela. Se desempeña como profesor de Boston University, donde dicta cursos sobre América Latina e investiga sobre la democracia y el autoritarismo en la región, con especial énfasis en los países de América del Sur, especialmente en Venezuela.

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