“No existe voluntad política para investigar y enjuiciar a quienes atentan contra la ciudadanía”

Juan Martin Echeverría

La violencia se ha instalado en Venezuela, nos rodea por los cuatro puntos cardinales y las vías de hecho se multiplican, lo cual se traduce en un sentimiento de inseguridad que recorre la nación. Sus modalidades son infinitas: políticas, sociales, criminales, carcelarias, sindicales y las invasiones como modelo de lo que un gobierno elegido por el voto no debe permitir.

De allí que haya violencia individual, estructural, institucional y presuntamente revolucionaria, ya que sus lineamientos tienen un toque totalitario, caos, avances y retrocesos, anarquía y el fraccionamiento de los grupos violentos hace difícil la ubicación de sus líderes y determinar, en definitiva, a quién obedecen.

Rechazamos la idea de la “violencia buena”, que es aquella identificada con las reivindicaciones de los pobres, y que pretende justificar las violaciones a la Constitución y a las leyes: la violencia culmina siempre en muertes, destrucción de la propiedad y alteraciones a la paz y tranquilidad de los ciudadanos. Sin embargo, aunque sus causas sean múltiples es posible enfrentarla y derrotarla, tal como ha ocurrido en fechas recientes en las favelas de Sao Paulo y en el plan maestro ejecutado en Medellín con excelentes resultados.

Más aún, la historia ha demostrado que aunque la violencia puede en una primera etapa ser útil a sus creadores, termina inevitablemente volteándose contra ellos, como un perro rabioso que ataca en la yugular a su dueño; en la medida en que no tiene límites, se atomiza, multiplica y se hace incontrolable.

Por eso es un riesgo enorme regar con un discurso amenazante el árbol de la violencia, porque sus frutos nacerán envenenados y contaminarán, tarde o temprano, a quienes la propicien.

No vale la excusa ideológica para quien actúa de manera excluyente y arbitraria, ya que luego no puede neutralizar o perseguir a los violentos, al alimentarse y consustanciarse con la persecución, convertida en un medio para atemorizar a sus adversarios y en una razón de vida.

La violencia no conduce sino a disfrazarse de sí misma, devorando todo lo que consigue a su paso: instituciones, normas, procedimientos, personas naturales, la atmósfera democrática y contaminando prácticamente todo lo que nos rodea.

La violencia jamás puede ser tratada como un aliado estratégico del poder, sobre todo cuando se vincula con el tráfico de drogas y el hampa común, en delitos que abarcan asesinatos, secuestros, tráfico de drogas, armas de guerra y daños a la propiedad.

No hay manera de que a este tumor, que se apodera de espacios esenciales de territorio y desafía la gobernabilidad, se le pueda dar carta de naturaleza ante la opinión pública nacional e internacional.

Lo cierto es que no existe voluntad política de investigar y enjuiciar a quienes atentan contra la ciudadanía, aparte de que es notoria la reprobación unánime de la sociedad civil contra estos grupos subversivos; pero lamentablemente no se han producido las medidas de investigación y castigo que deben implementar las autoridades.

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