El antídoto

María Isabel Párraga B.

Es difícil no caer en un barranco emocional con el ambiente de guerra que nos rodea.

Una niña de 10 años asesinada cuando intentaban robarle el auto a su padre, un empresario del espectáculo raptado y posteriormente ajusticiado, un padre de familia muerto delante de su familia luego de una persecución en la Cota Mil, la hija de un diplomático baleada por una comisión policial, un exgobernador del régimen atacado a mansalva.

Todas historias de los últimos días y otras tantas que llenarían cuartillas de horror.

Hoy es difícil encontrar alguna familia que no haya sido tocada por la violencia.

Todos sabemos de ella. Bueno, por lo menos todos aquellos que no ocupamos puestos de poder, ni cargos gubernamentales ni tenemos escoltas ni carros blindados.

Pero, precisamente, para no sucumbir y declararnos como el tango aquel “cuesta abajo en mi rodada”, hay que asirse a las cosas buenas que también suceden en paralelo. Por ejemplo, este Festival Internacional de Teatro que ha revivido por estos días a punta de “voluntad” como bien dijo Héctor Manrique.

Los hombres y mujeres de Teatro bajo la batuta de quien durante tantos años trajera a Venezuela lo mejor de las tablas del mundo: Carmen Ramia, decidieron no dejarse abatir por todo lo pésimo que nos sucede y hacer país ofreciéndonos una ventana de entretenimiento, reflexión, drama, comedia, luces, movimiento y espacios de calle como adelanto del futuro que vamos a tener.

Ese en la cual hay espacios para todos, en el que se puede ser creativo, en el que lo que vale es el esfuerzo. Esto va mucho más allá del hecho teatral, es una “muestra” de cómo uniendo voluntades, en las que no se excluyen (por cierto los gobiernos regionales), ni tampoco la empresa privada, se puede “construir”.

¿Hace cuánto tiempo, por ejemplo, una iniciativa gubernamental no convoca “a todos”?

Todos en la calle, viendo un espectáculo que nos hace soñar por unas cuantas horas en esa misma vía que seguramente fue escenario de violencia, pero que gracias al Teatro, a la convocatoria masiva y a la “toma” de ese espacio por los ciudadanos se logró ganar un “terreno” para la paz y la convivencia.

El asunto no es tan complicado. Por una parte, se borran las fronteras de una ciudad convertida en guetos y trincheras y, por la otra, a punta de arte, se genera ciudadanía.

Y es que la voluntad suma y la suma multiplica.

Así que llegó el momento de soñar ahora con la Venezuela posible. Salgamos de nuestras casas y durante lo que queda de semana vámonos a los teatros, a las plazas y a las calles, que estamos de fiesta.

El mejor antídoto contra el “barranco emocional” que genera la hiperrealidad que nos agobia.

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