¡Pasajeros sin rumbo!

Gabriel Reyes (@GReyesG)

El desenlace fatal no es una constante, pero muchos manejan el asunto como un hecho consumado…

Entre los pasajeros de un tren que partió hace muchos años a recorrer su destino, la remota posibilidad de perder al líder representa una tragedia, más por la orfandad que implica tal ausencia que por la solidaridad con el camarada que debió ausentarse.

Y es que resulta impreciso acotar cuál sería el destino de quienes se embarcaron en este tren y ahora sienten que va sin frenos hacia adelante, pero sin un rumbo conocido.

Ya los primeros comenzaron a lanzarse del bólido en marcha. Asumieron que las lesiones que les produzca la aparatosa caída serán sanadas por el tiempo.

Tal vez lleguen caminando a su destino final, tal vez nunca lleguen porque están extraviados en medio de la nada, pero prefieren la incertidumbre sobre sus propios pies que la duda en la consecuencia del descarrilamiento que se avecina.

Otros, juran mantenerse embarcados en la unidad, aferrados al sueño del hombre invencible, o a la resistencia mundana de desprenderse de los placeres hasta hace poco desconocidos y que hoy disfrutan con total lujuria.

Estos están resignados a no tener un futuro diferente al actual, porque entienden que en cualquier situación alternativa no tienen cómo justificar nada de lo que tienen, ni sus fortunas, ni sus prebendas.

Corren hacia los últimos vagones quienes, en silencio, esperan ser pasajeros del tren en desgracia, pero aspiran salir sin ser vistos después de lo imprevisto, a disfrutar del beneficio de una cleptocracia generosa que los ha convertido en “gente”, precisamente criticando a quienes hoy son sus referencias.

Orwell no pudo estar más acertado. Todos viven hoy en la casa del amo defenestrado y comen y beben lo mismo que tanto criticaron. Se visten con sus ropas, fuman sus cigarros, pero saben que el tren avanza hacia sitios desconocidos y tienen fe de probar en otras latitudes con el producto de su “patriótico esfuerzo”.

Dentro del tren hay pasajeros que entienden lo que sucede, que saben que no conocen el destino del tren, que no quieren ser víctimas de la inercia del móvil en rápido desplazamiento hacia rumbos y parajes desconocidos.

Ellos tienen rato utilizando la radio de la unidad pidiendo auxilio, ofreciendo lo que no tienen y prometiendo lo que no cumplirán. Algunos son escuchados y tal vez, en una operación sorprendente, sean rescatados antes del momento final. Siempre es necesario contar con testigos que le expliquen al mundo, cómo el tren llegó hasta allí.

Mientras todo esto sucede, un pueblo expectante no puede contener la angustia que representa el hecho en sí mismo. Un grupo no sabe aprovechar la circunstancia y ya comienzan a pelearse por la ruta del tren sin destino. Otros simplemente se aferran a la esperanza de contar con otro vehículo diferente, tal vez más modesto, un autobús quizás, que los lleve a un sitio seguro a esperar que pase la tormenta.

El ruido del silencio invade los corazones de quienes pensaron que podían vivir todos estos años echándole carbón al tren sin ensuciarse las manos. Ahora quieren sentarse como público de galería a comentar el incidente. Es tarde para ellos. Ya los conocemos!!

El final de la historia no puede ser diferente a una que enlutará a un sector de la sociedad. Hay pasajeros inocentes viajando en ese tren. No supieron lo que hacían allí, pero creyeron que el chofer conocía bien la ruta. Los más vivos creyeron que esto no sucedería nunca.

Tal vez para ellos la historia del mundo era un pasquín sin interés. Hoy se reafirma aquello que dice que cada quien tiene su destino escrito. Solo es cuestión de tiempo…

Amanecerá y veremos…

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