Basta de odio

 Mónica Fernández

Maldecir, desear la muerte de otro, amenazar, ofender, hostigar, acosar y muchas otras terribles acciones y dichos se leen en algunos medios de comunicación, en redes sociales y lo más asombroso, periodistas que deberían ser respetuosos a su profesión insisten en incitar al odio y a la violencia, no sólo de manera amenazante sino recurriendo a la mentira como forma de ataque.

Nos quejamos de la violencia homicida, nos damos golpes de pecho al oír sobre la violencia doméstica. Nos asombramos cuando niños y adolescentes en sus escuelas resuelven sus conflictos con armas de fuego, pero nos creemos libres de pecado cuando caemos en el círculo satánico de la agresión verbal cargada de un incomprensible odio político polarizante.

“Envenenados” en ambos bando

El respeto al otro como ser humano ha quedado hundido en el pretendido derecho de agredir al contrario por las ideas políticas que tiene, o simplemente por la coyuntura histórica que según el vencedor o el vencido le tocó vivir.

¿Cuál es la diferencia entre un ladrón, un secuestrador o un homicida con relación a un difamador o agresor virtual? ¿Acaso no es delincuente quien insulta, agrede y amenaza a través de un mensaje de Twitter? ¿Existe un calificativo distinto para aquellos que usan las redes sociales para generar violencia?

Sorprende como funcionarios de alta jerarquía, dueños de medios Web, políticos, fanáticos y seguidores, destilan odio y violencia en sus formas de actuar, de uno y otro bando.

El odio enferma, daña a una sociedad y sobre todo desencadena un nivel de agresividad que difícilmente pueda ser tolerado a largo plazo sin generar consecuencias explosivas y lamentables sobre los derechos ciudadanos.

Con el odio no existe posibilidad de la mínima convivencia ciudadana, pero tampoco se desarrollan los mínimos principios cristianos, aún siendo todos hijos de Dios, es un trabajo titánico salir adelante ante tanta maledicencia.

De moda se ha puesto el término resiliencia, en una sencilla definición la capacidad de todo sujeto de sobreponerse al dolor emocional y los traumas, de alguna manera es afrontar la adversidad convirtiéndola en una oportunidad. Sólo a través de la superación de los obstáculos traumáticos y desechando el odio como herramienta de acción podríamos sentar las bases iniciales para construir un país digno.

Es falso que vayamos a controlar la inseguridad, o la violencia en las cárceles, si ni siquiera somos capaces de controlar lo que escribimos para ofender a otro y sobre todo para generarle miedo.

Una ira injustificable y hasta incomprensible, por lo menos para quienes odiar y agredir no es parte de nuestra vida y ni siquiera de nuestros vocabularios.

Carentes de decencia

Duele Venezuela, duele la división, duele la mentira, duele tanto odio responsable de unos y de otros. Duele un país que se pierde día a día en la estúpida contienda absurda entre lo que quieren unos y otros. Todavía hay quienes esperan que sea un político, una elección, o una fecha electoral la que nos quite el odio y nos dé la posibilidad de convertirnos en humanos y no en las fieras heridas que están demostrando algunos.

No nos creamos perfectos, quienes responden al odio con más odio son más de lo mismo. Aquellos que responden a la maldición con más maldiciones son idénticos como si hiciéramos un ejercicio de espejo, unos y otros se creen dueños de la verdad, cuando en realidad la única verdad es que son pobres almas carentes de humanidad, de cristianismo mínimo, pero sobre todo de decencia.

El cuchillo de la agresión

Si habláramos de delitos sobran las leyes que regulan penalmente las acciones ofensivas y amenazantes, así como la difamación agravada continuada de la cual muchos han sido víctimas.

¿Pero acaso le preocupa a alguien la ofensa que se le formula a otro? ¿Acaso nos interesa a quienes vilipendian en Twitter, o en un programa de televisión o de radio, o en una intervención política?

Me disculpan el símil pero agredir con la palabra, insultar, ofender y mentir para generar odio en contra de otro es exactamente igual que tomar un cuchillo y repetidamente punzar a un cuerpo vivo hasta que salga sangre y salpique al agresor. Estoy convencida que quienes lo hacen son realmente capaces de ejecutar la acción criminal más violenta ante la mínima posibilidad de estar frente al ofendido.

Sentido humano

¿Qué país puede avanzar cuando convertimos la palabra en una herramienta para asesinar a otros sin importar las consecuencias? El odio está dominando a Venezuela y no nos damos cuenta que ninguno tiene la razón.

El pasado, doloroso o no, bueno o no, justo o no, no puede aferrarnos a la muerte moral como forma de vida. Mi corazón no alberga odio, ni la mayor ofensa recibirá de mi parte una respuesta violenta, menos aún indecente.

La educación, los principios, la ética, la moral, pero sobre todas las cosas el sentido humano deben estar por encima de cualquier circunstancia cuyo objetivo sea odiar y no amar.

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