La inmolación del caudillo

Francisco Olivares

Chávez deberá ir hasta el final como candidato del Gobierno, a pesar de cualquier situación que pudiera presentarse con la enfermedad que padece. Llegado el momento decisivo el caudillo, en nombre del pueblo, habrá de “inmolarse” levantando el brazo de un sucesor. “Él se va a ofrecer en sacrificio por su pueblo y eso puede ser muy poderoso”, me decía el colega Fausto Masó. No es la primera vez que lo haría. Ya ha ocurrido y ello le ha dado resultados.

Chávez sabe manejarse en tiempos de crisis y ha sacado provecho de las debilidades. Ha logrado convertir las derrotas en victorias. Lo hizo durante el golpe de Estado del 4F y lo repitió el 11 de abril.

No tuvo inconveniente de mostrarse sumiso ante el Cardenal y luego, cuando, crucifijo en mano, prometió la reconciliación de los venezolanos, aunque a los pocos días, por el contrario, radicalizó sus posiciones.

Imbuido en una aureola “mágico-religiosa” el caudillo ha cohesionado a sus bases. Los ha hecho llorar, los ha emocionado y frente a ellos se ha colocado más allá del bien y del mal. Mientras les habla de amor, acude al lenguaje más soez, exalta la división y promueve que los colectivos armados infundan miedo en la población.

Aunque en las cúpulas exista una carrera por la sucesión, en sus bases el dilema ocurre entre la incertidumbre y la admiración. “Sin Chávez nada” es una frase que resuena en el inconsciente del chavismo, que al mismo tiempo se convierte en el más severo obstáculo para construir una sucesión.

La avalancha de dólares hace creíble la ilusión e infunde un poder sobrenatural a la figura caudillesca, porque hasta la comida que se sirve en sus mesas depende de él. Es por eso que el dilema de la sucesión, no es encontrar un caudillo sustituto, porque que no lo hay, sino al hombre fuerte, que pueda gobernar en nombre de Hugo Chávez y bajo su control, sea desde la Presidencia o desde la Vicepresidencia.

En un escenario como ese no importa lo que digan las encuestas ni los méritos que los supuestos sucesores traten de demostrar. La decisión será tomada por Chávez en La Habana y allí se apuesta por la influencia determinante de Chávez sobre sus seguidores. Su inmolación insuflará parte de su aureola a quien él le levante el brazo. Así ungido como una suerte de deidad, el sucesor habrá de ser bendecido como el “elegido”.

Pero la piedra en el zapato es un país ciertamente deteriorado, igualmente enfermo y dividido. Al lado de semejante realidad, está otra, Capriles, un candidato que ofrece un país distinto, reconciliado y en el que no se sacrificarán las pocas conquistas que podrían haber obtenido los sectores populares.

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