Testimonios de miseria

Alfredo Yánez Mondragón

¿Alguien está sorprendido por las declaraciones que estremecieron al país decente? ¿Alguien dudó por un segundo que los datos suministrados, entre risas de cinismo, fueran desconocidos para los jerarcas? Sólo testimonios de miseria.

Uno a uno, dependiendo de su grado de complicidad, irá apareciendo con su carga de veneno acumulado, con sus cartas bajo la manga para hundirse en el estercolero, pero no sólo, sino con los que le acompañaron a perpetrar este secuestro institucional.

Lo que acabamos de ver es la demostración más clara de cuán putrefacto está el sistema, y a un tiempo, de cuán resignada está la sociedad frente a lo evidente.

No sé cuántos altos funcionarios, escapados -a conveniencia de las partes- de las garras de una perversa mafia enquistada, faltan por aparecer y hacer pública su traición, para que los venezolanos asumamos a conciencia nuestra miseria frente a la impunidad sistemática con la que los dirigentes conducen al país.

Es el tiempo de dar testimonio, pero de esperanza y de compromiso por la construcción de un futuro auténticamente posible.

La vergüenza no puede, por estos días, ser un tema individual. Se trata de un enfrentamiento entre los delincuentes y el colectivo nacional. No hay aquí ni peines, ni trapos rojos, ni jugarretas para desviar la atención.

Los testimonios de miseria ofrecidos, así como los refugios, como la inseguridad, como el detrimento de la salud o la educación, son hechos fácticos, son verdades incendiarias, que ameritan de seriedad, de respuesta inmediata, sin que ello sugiera improvisación o un juego a lo desconocido.

Plantarse con firmeza y exigir, con el aval de la Venezuela decente es lo que toca. Jueces y militares; y más atrás toda una sociedad despierta y dispuesta a asumir sus desafíos, deberían salir a lavar la bandera; a recurrir a la reserva moral.

Obviar, desentenderse, rogar porque toda esta vorágine de delitos inconfesables permita el desmoronamiento de este fracaso de tres lustros, es cuando menos una gestión de complicidad, que para un país inmerso en la terrible crisis institucional que vive Venezuela, resulta imperdonable.

Es evidente que cada testimonio de miseria, de estos que enlodan aún más a los máximos representantes de la corrupción y la incompetencia, ayuda a despertar conciencias, y a aumentar la disposición a protagonizar la necesaria transformación social.

Ojalá también desempolve el ánimo de aquellos que están llamados a liderar el proceso de transición que se avecina; no como estrategia milimétrica, sino como acción inexorable.

Durante los próximos días habrá -los precedentes lo indican- desmentidos, descalificaciones y contradicciones; todos elementos que ratifican el llamado al ejercicio ciudadano; uno que no soporta más anestesia; uno que no está dispuesto a ver cómo los grupos anárquicos hacen gala de la impunidad que los avala para darle un golpe a la lámpara, y así profundizar la oscurana, sólo iluminada a la luz de los testimonios de miseria.

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