La confesión

Eliécer Calzadilla

Cuando alguien de la catadura del coronel y magistrado del supremo tribunal (minúsculas necesarias) confiesa sus crímenes de la manera como él lo ha hecho, desvergonzadamente y ante las cámaras de televisión, uno, espectador y ciudadano, se siente interpelado de muchas maneras.

Cuando de la confesión se deduce que no actuó solo, que participó en crímenes de Estado (condena a inocentes, valoración positiva de testigos falsos…) uno se pregunta si estamos dentro de los linderos de lo que Hanna Arendt caracterizó como banalización del mal.

Cuando el magistrado Aponte Aponte recurre de manera fingida a la manoseada y desacreditada excusa de que actuó criminalmente porque se lo ordenaban y porque si se negaba perdería el cargo, se equipara a los nazis de las SS, a los militares de las dictaduras del Cono Sur -argentinos y chilenos- y a los represores de la tiranía cubana, aunque no haya asesinado personalmente a nadie.

Aponte Aponte es un esbirro, su confesión no lo exculpa, su responsabilidad en los actos criminales en los que participó tienen el agravante de que él recibió educación, grados y honores que le confirió la República y los usó para el mal, consciente, deliberada y tranquilamente.

La reacción de los altos personeros del régimen ante la confesión de Aponte Aponte, es lamentable en muchos sentidos, enumero algunos: pobreza argumental; lugares comunes; descalificación del denunciante, los “enemigos” políticos y “el imperio norteamericano” con adjetivos; silencio sobre las víctimas del sicariato judicial de Aponte Aponte y sobre una eventual averiguación de los hechos expuestos por el desertor…, una vergüenza.

Me interesa todo lo que de la confesión se desprende: el entramado de corrupción; la posible caracterización de Venezuela como una cleptocracia; el papel del presidente Chávez antes y en los próximos días frente a este hecho; los eventuales escándalos que surgirán para intentar desplazar de los noticieros y de las primeras páginas el affaire Aponte Aponte.

Pero lo que más me interesa es si esta bochornosa confesión aportará votos decisivos al caudal electoral de los sectores democráticos como para derrotar a Chávez el 7 de octubre.  Sostengo que no. Es probable que desate nuevos y encarnizados demonios antidemocráticos, pero no votos.

A los sectores populares con los que Chávez se conecta emocionalmente no los mueve la declaración televisada de este delincuente magistrado. A esos sectores hay que seguírselos ganando con política, con calle, con contacto personal, con emociones, pero no con Aponte Aponte.

Puedo sonar desubicado pero pienso que “la oposición” y los sectores democráticos (que no son sectores necesariamente idénticos) se han equivocado mucho respecto a Chávez en estos casi 14 años que lleva el régimen.

Uno de los aspectos que no ha sido suficientemente valorado es que Chávez y los chavistas de la cúpula se sienten “revolucionarios”, para quienes el Derecho y las normas éticas solo son buenos y convenientes cuando se acomodan a los propósitos de la revolución y la permanencia en el poder.

Aponte Aponte cometió, para los revolucionarios, dos faltas: una, dejó descubrir, por su torpeza, su relación con un capo de la droga (como el general cubano Orlando Ochoa, salvando las distancias) y, dos, traicionó la revolución al contarle a los enemigos los métodos y la ética del régimen. Pero de allí a presumir que unos “revolucionarios” se pueden acomodar al “derecho y la ética burguesas”, es mucho pedir.

A Chávez hay que ganarle democráticamente, con votos, pero no pueden descartarse otros escenarios derivados de su comprometida salud, de la ausencia de relevo presidenciable en las filas del chavismo, de la estúpida y suicida ansias de revanchas de la derecha que Chávez creó desde el poder, dentro y fuera de su gobierno, ¿o es que acaso Aponte Aponte es de izquierda?, y de los que quieren repetir el círculo de venganzas que desde 1810 tenemos como manera favorita de hacer política.

Venezuela necesita justicia, dentro del derecho; necesita paz, necesita transparencia, Estado de Derecho y democracia. Ninguna de esas cosas tenemos, pero hay una vía, el diálogo.

El momento es de mucho peligro, Venezuela necesita políticos, de uno y otro bando, que puedan dialogar, no para ceder principios sino para consolidar la paz de la República y la salida electoral.

A pesar de la confesión del sicario judicial y esbirro Aponte Aponte.

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