El fin de los sindicatos

Roberto Giusti

Una de las paradojas fundamentales de los regímenes denominados del socialismo real era el de gobernar a nombre de los trabajadores en países donde los sindicatos habían sido liquidados.

La imposición de un sistema donde el Estado, el Gobierno y el Partido se fusionaban en una sola estructura, manejada por una camarilla, la cual, a su vez, controlaba un caudillo, no hacía excepciones a la hora de eliminar cualquier atisbo de crítica o de oposición y si resultaba implacable en el exterminio de la propiedad privada y por tanto de las empresas, las formaciones obreras no corrían con mejor suerte.

El Estado-Gobierno-Partido era el único empresario y por tanto el solitario patrón bajo un esquema de depresión crónica de la productividad y niveles de vida que no sólo rozaban la miseria material, sino, sobre todo, la dignidad de millones de seres humanos, castrados y reducidos a la condición de siervos de la gleba, aunque en peores condiciones porque los excedentes escasean en tales gobiernos.

Eso ocurriría en la antigua Unión Soviética y sus satélites y en la China de Mao, pero, además, perdura en Cuba, en Corea del Norte e incluso en la China capitalista, donde la radical transformación económica se asienta sobre la pervivencia de la explotación inmisericorde de la mano de obra porque las formas de dominación permanecen intactas.

El caso venezolano es toda una complejidad peripatética donde, en teoría, se está intentando marchar en sentido contrario al de la historia (y eso suele ocurrir en determinados procesos) sólo que dentro del marco de un régimen donde las formalidades democráticas subsisten a duras penas.

Es así como las normas básicas del mercado subsisten pero las empresas mueren de inanición o peor aún, son confiscadas, lo cual, a la larga, igualmente produce su desaparición como entes productivos.

Sobre ese cascarón vacío de las empresas estatizadas que no producen nada se levanta la lucha de los trabajadores formales muchos de los cuales, quizás tardíamente, comprendieron la tragedia que significa ser obrero al servicio del Estado o peor aún, quedar sin empleo porque la empresa donde estaban cerró sus puertas.

Viene entonces otra paradoja: la de trabajadores, como los de la Polar, aliados al patrón en la defensa de su derecho al trabajo, a un salario decente, un empleo estable y reivindicaciones sociales logradas en la provechosa dialéctica entre dos partes que se repelen pero se necesitan mutuamente.

En otros países ese tipo de alianza es tácita, ni se habla de ella, porque hay tensión dinámica entre ambos cuerpos, pero tanto trabajadores como empresarios venezolanos ya saben que la democracia es el único camino posible para esa difícil pero necesaria convivencia.

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