La canonización de Hugo Chávez

Fernando Mires

“Pasiones e Intereses” es el título de un breve, antiguo, pero todavía relevante libro de Albert O. Hirschman. La tesis central dice que la economía moderna surgió de la conversión de las pasiones en intereses, aunque las primeras no desaparecieron. Por el contrario, suelen reaparecer escondidas detrás de los propios intereses. Pasiones e intereses son, a la vez, dos dimensiones de la vida política.

Razón que explica por qué en períodos electorales los candidatos apelan a ambos recursos, al racional y al pasional. De este modo, al menos en esos períodos, la política es siempre populista.

Quienes acentúan los intereses parten del supuesto de que el humano es casi por naturaleza una criatura lógica y racional. Quienes, en cambio, apelan a las pasiones, suponen que el comportamiento político obedece el mandato de pulsiones instintivas.

Pero como el humano es cuerpo y alma a la vez, quienes logran imponerse en la arena electoral suelen ser los que conectan con ambos recursos, o para decirlo de modo más sencillo, quienes logran articular los llamados que vienen del estómago con los del corazón y la mente.

Ahora, pocas veces en la historia, el conflicto entre pasiones e intereses ha tomado formas tan nítidas como en la Venezuela electoral de nuestros días. Esa es sin duda una de las razones por las cuales el seguimiento del acontecer venezolano resulta tan atractivo para quienes nos ocupamos con el estudio de los llamados procesos políticos.

El chavismo, aún sin Chávez, ha logrado montar un escenario teatral, uno en donde la vida misma del mandatario es utilizada como objeto pasional destinado a infundir compasión y lástima. Hasta el momento ese escenario parece rendir buenos dividendos.

Con un Chávez activo el discurso dominante era más emocional que racional. Chávez apeló a mitos, desató histerias, y sembró miedos. Nunca vaciló en mentir, inventando amenazas de invasiones, complots, magnicidios e intentos golpistas que nunca existieron. Ejemplo que aún sin Chávez es continuado por sus seguidores, lo que era de esperar. Sin embargo, el chavismo ha integrado esta vez un ritual inédito a su ya complicada mitología: la necrofilia política.

El culto a los muertos –muy arraigado en algunas zonas latinoamericanas- fue siempre una característica del chavismo, hasta el punto que los propios restos de Bolívar han sido manoseados para obtener ventajas electorales.

Pero aún en ese punto Chávez no fue muy original.

Ese mismo culto ya había sido practicado, y en el mismo estilo, por el dictador Juan Vicente Gómez.

Lo nuevo, lo radicalmente nuevo es que el propio cuerpo de Chávez está siendo utilizado, antes de que él muera, como objeto sagrado. Es decir, en Venezuela está ocurriendo una herejía monstruosa: Un presidente está siendo canonizado en vida.

En el Egipto antiguo los cuerpos de los faraones eran embalsamados, simulacro o parodia de la supuesta eternidad del poder dinástico. El cuerpo embalsamado de Lenin fue también objeto de culto pagano destinado a instrumentalizar de modo político el profundo sentimiento religioso del pueblo ruso.

Durante la mitómana Argentina de Perón, Evita ocupó el lugar de la María Magdalena, convertida en santa por el amor de su esposo y del pueblo redentor. Pero nunca, nunca antes se había dado el caso de un presidente que hubiera transmutado su cuerpo viviente en objeto de culto mortuorio. Más aún, que ese mismo presidente hubiera exhibido impúdicamente su agonía, llorando y haciendo llorar a multitudes.

El chavismo, que originariamente fue un movimiento social, después un partido de Estado, para terminar cristalizando bajo la forma de una autocracia militarista, está experimentando otro proceso de mutación: está siendo convertido en una nueva religión, una que proviniendo desde el interior del estado utiliza y pervierte los mitos más caros a la cristiandad.

Luego, no se trata -y esa es una diferencia importante- de una fusión “constantina”, es decir de una alianza entre religión y estado. Lo que hoy se está presenciando es algo distinto: se trata, nada menos, que de la conversión del estado en Iglesia.

En ese escenario Chávez ya no es sólo un simple enfermo de cáncer. Chávez es sobre todo un mártir que inmola su cuerpo frente al altar sagrado de la patria. Y su cuerpo debe ser canonizado cuanto antes, vivo o muerto.

De este modo Chávez, apelando al inconsciente religioso de su pueblo, se presenta en tres personas: El vivo, el muerto, y el resucitado. Es decir, la santísima trinidad puesta al servicio de una casta político-militar.

El desafío para la oposición es grande, pero no imposible. Pues la oposición -a diferencia del chavismo cuya partitura está compuesta para un solista y un coro- es un conjunto polifónico en el cual Capriles es sólo una voz cantante.

Hay, además, alrededor de Capriles, otros líderes que dominan diversos instrumentos, desde los racionales hasta los emotivos. Y no por último, hay también un actor que no siendo político ha insistido en entrometerse en medio de la refriega. Ese actor es el destino.

No obstante, como dijo un personaje de una novela de Carlos Ruíz Zafón, “el destino no hace visitas a domicilio; hay que salir a buscarlo”.

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