La impunidad, un incentivo socialista

José Mayora

El vocablo impunidad ha devenido en una especie de comodín al cual se suele aludir como quien llama a un amigo o consulta a la audiencia. Al parecer adolecemos de una cabal percepción de lo que tal cosa significa.

El diccionario de la Real Academia define a la impunidad como ausencia o falta de castigo, de manera que todo aquello que amerite un castigo o una sanción “la cual” no se ejecute, favorece a la impunidad.

En este orden de ideas, no solo la delincuencia activa que pulula por las calles sin sanción es susceptible de ser calificada de impune. En estricto sentido, todo acto que atente contra la sociedad, es un acto que debe ser sancionado, ergo, si sus actores continúan transitando por calles, avenidas y autopistas, lo hacen impunemente. El alcance de la definición que nos ocupa va mucho más allá de lo que nosotros nos imaginamos.

Si bien este régimen no inventó la impunidad, no es menos cierto que en su transcurrir, la impunidad ha adquirido jerarquía y protagonismo.

Aunado a la cantidad de denuncias por asesinato, secuestro y robo de vehículos, hay otros acompañantes que han contribuido con la impunidad:

el asesinato de Danilo Anderson; el caso del maletín; los fondos de los jubilados de Pdvsa; la cantidad de obras públicas inconclusas cuyos presupuestos se han vaporizado; las obras en ejecución extemporánea; los compromisos de pago producto de las “expropiaciones” que aún no han sido cancelados; los alimentos que se pudrieron antes de llegar al pueblo. Tales eventos ratifican cuan extenso y variopinto es el  reino de la impunidad.

Lo grave de todo esto es que la sociedad se va acostumbrando a que no haya reparación ni moral ni material frente a los actos atentatorios contra ella. En otras palabras, la impunidad deja de  ser  una conducta excepcional para transformarse en una conducta esperada.

En tal escenario y, aunque parezca insólito, no parece tener mucho sentido denunciar ante las autoridades el robo de un celular en una estación del Metro o de cualquier otro artefacto menor. Los autores de tales sustracciones actúan con un margen razonable de comodidad.

La impunidad se transforma en una especie de incentivo para continuar profundizando los procesos que atentan contra la comunidad y no solo eso, sino que cada vez quienes cometen tales actos ya lo hacen con impudencia, a la luz del día y frente a terceros.

La sociedad acostumbrada a tales conductas se siente desvalida en lo legal y también en lo legítimo pues los mecanismos de control social informal tampoco operan: los impúdicos andan impunes en reuniones de alto y bajo coturno.

La impunidad es la mejor manera de incentivar las conductas reprochables, funciona como una especie de promotor del mal y su combate parece restringirse a reparar un daño que “a mí  me hayan infligido”, caso contrario la impunidad puede continuar transitando “por estas calles”.

Cuando observamos que lo que se encuentra detrás de la impunidad no se combate, concluimos en que la impunidad es el resultado de estrategias deliberadas.

Estoy persuadido que a la impunidad hay que ponerle fecha de vencimiento y eso urge frente al  clamor de madres, esposas e hijas en la morgue, pidiendo justicia o cese a la impunidad.

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