Populismo y poder

Carlos Ochoa

Las dos claves discursivas que hicieron  del populismo latinoamericano de los años 30 y 40 un fenómeno de vigencia más allá de toda lógica política y económica están más vivas que nunca.

La primera apunta a la construcción retórica del “pueblo” como sujeto político y la segunda a una acción permanente en contra de las “oligarquías”.

Este discurso ha tejido la relación del sujeto con el poder de una manera que ha comprometido, en el caso venezolano, la  adecuación de las  políticas públicas y las instituciones, a las nuevas realidades con el propósito de avanzar en la superación de la pobreza, por mencionar el tema principal que nos debe ocupar como sociedad.

El problema hay que entenderlo desde la perspectiva de las identidades sociales y la subjetivación para utilizar la categoría de Foucault. En 1998 cuando Hugo Chávez llega al poder la estructura del estado se había remozado tímidamente con la elección directa de gobernadores y alcaldes, pero las instituciones nacidas del discurso liberal del populismo democrático estaban colapsadas y en conflicto con la amplia mayoría del país.

En el proyecto populista de Chávez hay dos lecturas que le permiten construir y mantener su oferta: La del autoritarismo premoderno como eje pacificador y unificador del país representado históricamente por el dictador Juan Vicente Gómez,  y una segunda, por los partidos que se organizan y se benefician con los logros del orden político logrado por el viejo General para articular su discurso popular democrático.

De ambas se nutre el proyecto de Chávez para relanzar su neopopulismo autoritario, sin olvidar que lo esencial está en la forma de articulación del sujeto-pueblo, algo que logra con el discurso que se  ha vendido e impuesto de  país  productor de petróleo,  poseedor de una inmensa renta, que nos hace ricos de cuna, despojados sistemáticamente de nuestra bonanza colectiva por la oligarquía y el imperialismo.

El discurso populista en Venezuela es tan poderoso porque se sustenta en la renta petrolera y en la distribución de esta, un ejemplo es la tarjeta “Mi Negra”  propuesta por el candidato Manuel Rosales en 2006 “para que por fin los venezolanos accediéramos a la parte de petróleo que nos toca”.

En esta campaña presidencial, el anteproyecto de “Ley de Misiones”  presentado por la alternativa democrática a la Asamblea Nacional, se percibe como un esfuerzo  por ser reconocidos por los electores de los sectores D y E como una oferta válida y creíble de populismo neoliberal.

Las misiones profundizan el populismo del estado rentista, distribuidor exclusivo de la ganancia petrolera, debilitando el frágil tejido de los venezolanos con las instituciones desarrolladas estructuralmente  para atender sus problemas.

Sin embargo, el país misionero continuará por mucho tiempo porque es parte de la constitución de las identidades populares del venezolano de a pie, y cualquier negación de esta identidad será interpelada por las mayorías marginadas, de allí la triangulación de Capriles con el tema de las misiones.

Para acceder al poder en la Venezuela de hoy, hay que construir un relato político y un imaginario simbólico  creíble, eficiente y populista, eso precisamente es lo que está haciendo el candidato de la oposición democrática, nos parezca correcto o no.

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