Caracas, ciudad de desarraigo

Joseph Poliszuk

Ivanna Chávez Idrogo fue conmovida por un amigo que -afectado por una separación obligada- un día puso en su estatus de Facebook: “Caracas, la ciudad de las despedidas”. A partir de allí nació el título y la idea del ya célebre video que ha reventado críticas, escándalos y uno que otro apoyo en Youtube, Twitter y medios de comunicación nacionales y hasta extranjeros.

CNN resumió esta semana, en su sitio web, que “un video donde jóvenes venezolanos hablan sobre la situación actual de su país y explican los motivos por los cuales abandonarían esa nación sudamericana, se ha convertido en un tema obligado, principalmente en redes sociales”.

El sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, Carlos Colina, cree que no es fácil hablar de migraciones desde un lugar en el que por tradición solo se había recibido extranjeros. Pero más allá del video, sus formas y la retahíla de comentarios que se tejen alrededor de los casi 18 minutos que conducen los testimonios de siete muchachos que “se irían demasiado” y que lamentan limitar sus vidas al “este del este”, se pregunta qué ofrece Caracas a estos y otros jóvenes.

“¿Hay un contexto que los favorezca para su desarrollo?”, cuestiona. “¿Hay acaso un contexto que premie su motivación al logro?”, insiste. Después de las ciudades de Brasil, la capital de la República Bolivariana de Venezuela es la más cara de América latina. De acuerdo con el índice de Costo de Vida que todos los años publica la consultora Mercer, Caracas cerró el año pasado en el puesto número 51 de las ciudades más caras del mundo, incluso por encima de Madrid, Miami y otros de los destinos que algunos venezolanos han escogido como sus nuevos hogares.

Un combo de hamburguesas es más caro aquí que en Londres, Tokio y Moscú. El estudio de Mercer abarca 214 ciudades en los cinco continentes y mide -al cambio del dólar oficial- los costos comparativos de más de 200 productos y servicios como viviendas, transporte y alimentos. Es así como se desprende que para tomarse un café con el Ávila de fondo, hacen falta casi dos dólares más que en Nueva York.

Más allá de Tazón

Es cierto que no es la primera vez que Venezuela aparece en la lista de países con mayor costo de vida; el déficit habitacional y las colas tampoco son una novedad. En la capital de Venezuela, sin embargo, nunca antes se había visto un tiroteo en el Metro, una industria del secuestro que no discrimina ni a embajadores y unas 50 personas menos cada fin de semana.

Hay una brecha entre el costo y la calidad de los servicios: otro estudio de la misma firma advierte que Caracas ocupa el puesto número 164 en la lista de 221 centros urbanos en los que miden el nivel de vida a través de variables, que van desde la calidad del agua hasta el entorno político y la seguridad personal.

“Más que polarizado, estamos en un país desgastado”, opina el profesor de Sociología de la Universidad Católica Andrés Bello, Francisco Coello. Está seguro de que pronto el tema desaparecerá; luego del video vino la crisis de la cárcel de La Planta, más tarde el famoso crucigrama y así el asesinato dentro del Metro. En unos días Twitter adoptará nuevas etiquetas pero aun así y al margen de los comentarios a favor y en contra, cree los protagonistas de “Caracas, ciudad de despedidas” documentaron los niveles de hostilidad y aislamiento en los que viven los jóvenes venezolanos.

“El país va más allá de Tazón”. Eso suele repetir a sus estudiantes en la UCAB. Lamenta, sin embargo, que la inseguridad, las colas y los vaivenes de estos días limiten a los ciudadanos de hoy a una suerte de corredor vial, que los conduce de un gueto a otro.

A los 18 años Coello caminaba la ciudad. La relación de los jóvenes de hoy no puede ser igual a la que él vivió en los 80, lo que asegura que ha generado desarraigo. “Es muy difícil que sientas identidad con una ciudad que no conoces 100%”, concluye. “En estos momentos no hay garantías para recorrerla y así, Mérida queda aún más lejos y probablemente haya quienes nunca lleguen a Puerto Ordaz”.

Hijos del Caracazo

“Se nos ha limitado a dividir la ciudad en partes”, agrega Javier Pita, el editor de “Caracas, ciudad de despedidas”. A sus 22 años habla de talanqueras y barreras impuestas por el hampa y las ideologías. Señala, además, que la suya es una generación que nació después del Caracazo, vivió el golpe de Estado de 1992 casi en la cuna y cuando el presidente Hugo Chávez llegó al poder, apenas habían aprendido a leer.

Estos muchachos -que nunca esperaron la andanada de mensajes que les lanzaron hasta por el aparato comunicacional del Estado- querían dejar constancia de que sus fiestas se volvieron reuniones de despedidas. Tras el chaparrón, la directora del documental, Ivanna Chávez Idrogo, dice que nunca se plantearon hablar en nombre de todos los jóvenes del país pero aun así, cree que el hampa y las frustraciones que manifiesta el video son todavía mayores en los barrios de Caracas.

En esa onda, Luis Vicente León advierte que 48% de los jóvenes de todos los estratos sociales quisieran irse del país. Desde que el debate saltó al Twitter recordó que aunque no todos emigran, los estudios más recientes de Datanalisis indican que casi la mitad de las nuevas generaciones ve esa alternativa como solución.

“Es un problema muy serio porque buena parte de la juventud siente desapego y un país sin generación de relevo no tiene futuro”, dice. Desde la UCAB, el sociólogo Francisco Coello añade que un país del “tercer mundo” como Venezuela está financiando el desarrollo del “primer mundo” al decir adiós a muchos profesionales.

Como Miguel Otero Silva lo retrató en su novela Casas Muertas, los pueblos se mueren cuando sus hijos se van. Buena parte del país, de cualquier forma, no está pensando en irse independientemente de su trinchera política.

Si algo demostraron las reacciones del video es que muchos no están dispuestos a hacer su vida en el exterior. Y es que a pesar de sus problemas, esta no siempre fue una ciudad de despedidas. Caracas, de hecho, también fue un lugar de encuentros y bienvenidas: aquí anduvo Gabriel García Márquez a sus anchas, aquí se refugió Tomás Eloy Martínez y aquí Isabel Allende escribió La Casa de los Espíritus.

“Llegaron los venezolanos

No se sabe cuántos realmente se han ido. Aunque el Banco Mundial da cuenta de más de 500.000 principalmente en Estados Unidos, España, Canadá, Panamá y Australia, en la página Mequieroir.com creen que el número llega al millón de personas. Al otro lado del teléfono, la directora de esa plataforma, Esther Bermúdez, comenta desde Montreal que “los venezolanos hemos aprendido a ser inmigrantes”.

“Llegaron los venezolanos”, anunció la revista Semana de Colombia en su portada del 4 de junio del año pasado. “A pesar de tratarse de una diáspora de apenas cinco años, hay que decir que ya ha dejado una huella significativa en la estructura del país”, señalaron entonces. Y tres años antes la revista Newsweek de Estados Unidos también reservó sus páginas centrales, para advertir que a diferencia de la otras migraciones, en la de Venezuela predomina la clase media y los jóvenes universitarios.

El viceministro de Organización de la Patria Nueva del Ministerio para la Juventud, Rander Peña, advierte que irse es una posición egoísta que no conduce a nada: “No creo que huir permita superar nuestros problemas”.

No es que niegue el hampa pero está convencido de que ahora los jóvenes tienen oportunidades. Él también tiene 22 años, también es hijo del Caracazo y por eso, llama a los muchachos del video a “querer a su país”.

El tema de la inseguridad está presente en toda América latina incluso en Estados Unidos, dice, pero en vez de ser una razón para irse cree que es otra para quedarse. “Nosotros vemos un grupo minoritario que circunstancialmente son venezolanos pero hablan como si no lo fueran”, sentencia.

Ante esa y otras condenas contra el video, el profesor de la maestría de Comunicación de la UCV, Carlos Colina, opina que hay que rescatar el concepto de ciudad de la Polis, que en la Grecia clásica traducía un espacio para el diálogo.

A contracorriente de lo ya dicho, cree que no se puede usar el documental para generalizar sobre un estrato social porque sus protagonistas no tienen que representar un único sector. Y en ese sentido cita a dos venezolanos para poner las cosas en orden: sobre la forma del video recuerda que “Rafael Cadenas señaló que la descomposición y el deterioro del idioma es el síntoma del quiebre de la cultura”, y con respecto a la polémica que se ha tejido sobre el fondo, concluye con Mariano Picón Salas para advertir que “oscilamos entre el desdén y la exaltación nacionalista”.

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