Caudillo, ejército, pueblo. La Venezuela del presidente Chávez

Norberto Ceresole (*)

Nota de Redacción: Estas líneas publicadas por Analítica.com, recogen la controversial visión de su autor, escrita en 1999, acerca del futuro de la revolución bolivariana. Lo reproducimos para que nuestros distinguidos lectores puedan contrastar lo asegurado entonces, con el presente que a muchos parece sorprender pero que Ceresole nos advirtió que en algún momento serían realidad muchas de sus afirmaciones.

Caudillo, ejército, pueblo

La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un «partido» genérico, fue «delegada» — por ese pueblo — para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y reubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional.

Hay entonces una orden social mayoritaria que transforma a un antiguo líder militar en un caudillo nacional. La transformación de aquel líder en este caudillo hubiese sido imposible de no haber mediado: 1) el golpe de Estado anterior no consumado y, 2) de no haberse producido la decisión democrática del pueblo de Venezuela del 6 de diciembre de 1998.

Es una decisión democrática pocas veces vista en la historia moderna lo que transforma a un líder «golpista» en un jefe nacional. Hubo decisión democrática (6 de diciembre de 1998) porque antes hubo una militarización de la política (27 de febrero de 1989 y su contraparte inexorable, el 4 de febrero de 1992).

Esas tres fechas están íntima e indisolublemente unidas. El anterior golpismo — la necesaria militarización de la política — fue la condición sine qua non de la existencia de un Modelo Venezolano posdemocrático. De allí que no deba sorprender a nadie la aparición — en el futuro inmediato — de un «partido» cívico-militar, como conductor secundario — detrás del caudillo nacional — del proceso revolucionario venezolano.

Todos estos elementos conforman un modelo de cambio — en verdad, un modelo revolucionario — absolutamente inédito, aunque con claras tradiciones históricas, hasta el momento subestimadas y denigradas por el pensamiento sociológico anglo-norteamericano.

El modelo venezolano no es una construcción teórica, sino una emergencia de la realidad. Es el resultado de una confluencia de factores que podríamos definir como «físicos» (en oposición a los llamados factores «ideológicos») que no habían sido pre-pensados. El resultado de esa confluencia de factores es un modelo revolucionario que pivota sobre una relación básica entre un caudillo nacional y una masa popular absolutamente mayoritaria, que lo designó a él, personalmente, como su representante, para operar un cambio amplio pero sobre todo profundo.

El modelo venezolano no se parece a nada de lo conocido, aunque nos recuerda una historia propia, que generalmente hemos negado por nuestra anterior adscripción y subordinación ante los tabúes del pensamiento occidental-racionalista (marxismo incluido):

Se diferencia del «modelo democrático» (tanto liberal como neo-liberal) porque dentro de la orden popular (mandato) está implícita — con claridad meridiana — la idea de que el poder debe permanecer concentrado, unificado y centralizado (el pueblo elige a una persona (que es automáticamente proyectada al plano de la metapolítica) y no a una «idea» o «institución»). No es un modelo «anti-democrático», sino «pos-democrático».

Se diferencia de todas las formas de «socialismo real» conocidas durante el siglo XX, porque ni la «ideología» ni el «partido» juegan roles dogmáticos, ni siquiera significativos. En todos los casos conocidos los partidos comunistas llegan al poder por guerra civil interior, guerra internacional o invasión militar.

Se diferencia de los caudillismos tradicionales o «conservadores», porque el mandato u orden popular que transforma a un líder militar en un dirigente nacional con proyecciones internacionales fue expresado no sólo democráticamente, sino, además, con un sentido determinado: conservación de la cultura (independencia nacional), pero transformación de la estructura (social, económica y moral).

Es distinto de los nacionalismos europeos de la primera posguerra, por algunos de los elementos ya señalados que lo diferencian del «socialismo real»: ni «partido» ni «ideología» cumplen funciones motoras dentro del modelo, aunque aquellos partidos nacionalistas hayan llegado al poder por decisiones originalmente democráticas (voto popular).

El modelo venezolano posdemocrático es una manifestación clara de que en la América de raíz hispánica existen fuerzas profundas que buscan diferenciarla de los modelos independentistas instaurados por las revoluciones inglesa y francesa del siglo XVIII.

Los antecedentes de la posdemocracia venezolana deben buscarse en otros movimientos nacionales y populares, como el peronismo argentino, que siempre gobernó dentro del sistema democrático (ni un sólo día dejaron de funcionar los tres poderes de la dogmática liberal), pero requiriendo permanentemente la participación de un pueblo dignificado y de un ejército nacionalizado e industrializado.

Es asimismo irresistible comparar la posdemocracia venezolana con el proceso de la revolución cubana: desde la caída de Moscú lo único que hoy queda vivo en ella es la acción pertinaz de un caudillo que aglutina al pueblo-nación. Sin ese cemento implosionaría la totalidad del sistema: después de cuarenta años de experimentos nada quedaría en pie a los pocos minutos de la eventual desaparición del caudillo.

En ese sentido, también, la posdemocracia venezolana es una tradición fuertemente arraigada en la cultura política hispano-criolla.

Liberales (y neoliberales) y marxistas de todo tipo buscarán atacar al modelo venezolano — simultánea o alternativamente — desde dos ángulos que ya han sido perfectamente diseñados.

Los primeros exigirán la «distribución o democratización del poder», y los segundos la «participación popular», en el sentido de sustitución (reemplazo) de «líder» (concreto, físico) por «pueblo» (abstracto, genérico). Por lo demás, y en toda lógica, la distribución o licuación del poder parece casar muy bien con la idea de «participación popular». Y ello es así en la exacta medida que el marxismo representó, en la historia de las ideas, la exacerbación (su puesta en el límite) del Iluminismo y sus consecuencias: el racionalismo y el positivismo.

Los primeros exigirán desmontar el «presidencialismo», potenciar el corruptor seudo caudillismo local (gobernaciones, municipalidades, etc.), reforzar los poderes legislativo y judicial, liquidar el «centralismo» del Estado y, finalmente, diluir su poder para insertarlo en el «Nuevo Orden Mundial».

Los segundos buscarán fundamentar la falsa idea y la demencial esperanza (nunca jamás verificada en la historia) de que puede existir «participación popular» sin liderazgo físico y personal, sin «dialéctica» masa/caudillo, o que esa participación puede (y debe) buscarse fuera o independientemente de esa relación entre los dos polos centrales del modelo: el caudillo y la masa.

Esas serán las dos vías básicas de la contrarrevolución venezolana. Ambas ya están activadas y se están manifestando con mucha fuerza en torno a la Constituyente, pero ahora los intentos por desvirtuarla ya no se manifiestan como oposición a la misma, sino como impulsos orientados a su desnaturalización.

La Constituyente

Los desnaturalizadores pretenden que la Constituyente deje de ser una instancia imprescindible para racionalizar administrativamente el poder, y se convierta en un mecanismo de «distribución» o licuación del poder. Es decir, en proceso entrópico que produzca una pérdida acelerada de energía política. Y ello, curiosamente, a muy pocos días de haberse pronunciado el pueblo venezolano, mayoritaria y contundentemente, por todo lo contrario: la concentración y la centralización del poder.

Dada la existencia ineludible de ese mandato, la Constituyente no puede ser un «proceso independiente» de la orden popular ya emitida el 6 de diciembre de 1998, sino parte indesligable de la misma. Para que ello sea así, los constituyentes — en tanto personas físicas — deberían ser, exclusivamente, los «amigos del pueblo», los «apóstoles» del presidente, por él designados y, luego, consensuados por el pueblo, con un «sí» o un «no» definitivo.

En el Modelo Venezolano el poder emerge fundamentalmente de la relación Caudillo-masa. Existen otras instancias y niveles en donde también se produce poder, como los cuadros de conducción que hemos denominado «apóstoles». Ese poder así producido debe comprenderse como un objeto físico que, al fracturarse o «distribuirse» o disolverse, se «gasifica» y, automáticamente, se licúa y diluye.

La desconcentración del poder fue siempre el antecedente inexorable de la muerte de cualquier estrategia social anti sistema, cualquiera haya sido su signo ideológico, su «tempo» histórico o su campo de aplicación (nacional o internacional). La concentración de poder es imprescindible para la producción de poder con un entorno exterior agresivo, ya que el Poder es la principal escala de medición de toda acción política — incluyendo el pensamiento político — en cualquiera de sus niveles.

Queda pendiente, naturalmente, el tema final de la distribución del poder, que se puede convertir en prioritario por la muerte del líder y/o la desaparición de las instancias dramáticas que entornan actualmente al modelo, correspondan estas a la política interior o la política internacional. Pero eso ya sería tema de otra circunstancia, muy distinta a la que afecta actualmente a Venezuela.

El problema que se le plantea a las sociedades y a las fuerzas políticas ubicadas en los «mundos» del no/occidente y de la periferia de occidente es cómo enfrentar una crisis internacional inédita que día a día generará condiciones crecientes de excepcionalidad.

En última instancia la acción y el pensamiento políticos deberían poder representarse como una matriz de producción de poder, en la cual cada «política», cualquiera fuese su escala — municipal, provincial, nacional, regional e internacional -, o su naturaleza -social, cultural, económica, militar, etc-, pueda ser comprendida como un input de un sistema capaz de producir un output llamado poder.

La finalidad última de toda estrategia es organizar la interconexión óptima entre cada componente de la matriz, lo que conlleva a incrementar el poder de una determinada «unidad» política: como p.e., el Estado/nación. La forma de incrementar el poder -entendido como producto final de una matriz- es aumentando la cantidad y calidad de insumos — «políticas» — que ingresan al sistema, pero sobre todo, estableciendo una determinada calidad de relacionamiento entre ellos.

Desde el inicio, la forma institucional que adopta el poder adquiere una importancia extraordinaria, ya que ella es uno de los factores centrales que hace a la capacidad de generarlo, acumularlo e incrementarlo. Existen dos formas institucionales polares para administrar el poder en cualquiera de sus fases (generación, acumulación e incremento): la forma concentrativa y la forma distributiva. Sólo en sus expresiones distorsionadas y dependientes, la forma concentrativa es una «dictadura» y la forma distributiva es una «democracia».

Las formas concentrativas que adopta el poder pueden estar basadas en presupuestos distintos: de «clase», de «raza», de «nación», de «destino», etc., pero en todos los casos y circunstancias esas formas emergen en circunstancias excepcionales, críticas o límites. Siempre existe la mediación de una circunstancia dramática de la historia.

Generalmente se da por sobreentendido que las formas distributivas del poder nacen todas en el Iluminismo que entorna a las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa. Ello es relativamente cierto en términos de cultura «occidental».

Es un hecho que en los amplios espacios y en las crecientes concentraciones demográficas del mundo «no-occidental» y en la misma «periferia de Occidente» (»mundo» al cual pertenecemos) la democracia Iluminista no ha funcionado ni funciona en términos de sistema político distributivo. Tradicionalmente se planteó como alternativa a esa inviabilidad largamente comprobada la implantación de dictaduras coherentes y cooptadas por las potencias hegemónicas respectivas.

De hecho en el no-Occidente y en la periferia de Occidente nunca — o casi nunca — la «democracia» tuvo un contenido estratégico opuesto a la «dictadura». Existió más bien continuidad entre ambas formas de administrar el poder porque las «democracias» no fueron ni son distributivas (hacia dentro) y las «dictaduras» fueron y son concentrativas sólo «hacia fuera» (en función de un presupuesto estratégico externo señalado, en cada caso, por la potencia hegemónica).

Ello exige precisar bajo qué formas institucionales esas fuerzas políticas, alejadas y/o expulsadas de los cinco principios básicos que determinan al «nuevo discurso político» (abdicación, adscripción, servicio, continuidad y conservadurismo), bajo qué formas ellas pueden administrar el poder interior (y hacia el exterior) en condiciones críticas de excepcionalidad creciente.

Una postura eminentemente «democratista», en el sentido occidental del concepto (dado el entorno regional e internacional antes señalado, al nuevo tipo de agresiones que hoy sufre Venezuela, y a su creciente vulnerabilidad dependiente) conducirá no a una verdadera distribución «democrática» del poder (»hacia abajo»), sino a su dispersión, licuación y anulación. La dispersión del poder es lo opuesto a su distribución. «Democracia» y «dictadura» se continúan una a otra para producir una curva decreciente en el proceso de producción de poder.

Soslayar ambas formas «occidentalistas» de administrar el poder significa incursionar en el campo de la propia historia. En nuestro caso hispanoamericano, revalorizar positivamente el fenómeno de la «democracia inorgánica», o del caudillismo como una forma específica de liderazgo.

La proyección hacia el futuro de formas políticas que en nuestro pasado iberoamericano tuvieron un indudable fundamento de legitimidad es una operación absolutamente lícita, dada la crisis actual que sufren los sistemas «occidentales» de representación política.

Puede ser imaginada una «democracia inorgánica» para el futuro, relacionando los conceptos de «participación» y de «territorialidad». La «democracia inorgánica» de nuestro siglo XIX iberoamericano era un sistema político legítimo, y en la mayoría de los casos, justo. Fue atacado desde el liberalismo y desde el «progresismo» en nombre de la «democracia» y de la «revolución», respectivamente. Pero de una y la otra hoy sólo quedan ruinas y corrupción.

En este marco conceptual, la corrupción debe tratarse como una cuestión específica que incide en las curvas decrecientes de producción de poder.

La corrupción no es un fenómeno moral individual asintótico al sistema, independientemente de la forma que éste adopte, la «democrática» o la «dictatorial». Es un componente estructural inherente a todos los procesos entrópicos de pérdidas de poder, aunque éstos se produzcan bajo la «dictadura/democrática del partido del proletariado».

No es posible siquiera pensar en la posibilidad de un cambio, de una transformación interior (no digamos de una revolución interior) sin un proceso simultáneo de concentración de poder.

La concentración de poder, inevitablemente, es directamente proporcional a la intensidad del cambio. Cuanto más cambio más necesidad de concentración. La naturaleza de la concentración del poder está referida a la «transpoliticidad» del proceso.

Es decir, en él intervienen de forma muy intensa factores sociales, culturales, históricos, étnicos e institucionales ubicados más allá de los «partidos».

La concentración del poder dentro de la historia reciente

Para el caso venezolano la concentración del poder es aún más importante, si cabe, dada las particularidades del proceso militar que tiene como eje el alzamiento del 4 de febrero de 1992.

Para empezar existen datos inquietantes, que señalan inequívocamente el carácter inducido de ese alzamiento militar. Todos los comandantes que se insubordinan tenían en ese momento — inexplicablemente — mando de tropas, lo que constituye un hecho absolutamente insólito, cuando todos los servicios de inteligencia (DIM y DISIP, especialmente) conocían perfectamente los alcances y ramificaciones de la conspiración.

Se trata sin duda de un hecho anormal en la historia internacional de las conspiraciones militares. Existe una razonable cantidad de argumentos que permiten pensar que había «otro» golpe detrás del golpe visible del 4 de febrero de 1992. Luego, tanto en la prisión de Yare como en la de San Carlos, comienzan las disidencias políticas entre los conspiradores ya encarcelados.

Definitivamente no hubo un «partido» verticalizado o militarizado detrás del proceso sino, sobre todo, la voluntad indomable de una persona física: el teniente coronel Hugo Chávez Frías. Las disidencias más importantes — las que luego se fueron reproduciendo hasta el mismo día de hoy — las tuvo Chávez con muchos de sus propios compañeros de prisión, un grupo significativo de oficiales «moderados».

Como la radicalidad política no fue la ideología de todo el grupo militar insurgente, sino de una minoría dentro de ese grupo, las tensiones comenzaron a aflorar muy pronto dentro de los alzados ya encarcelados (en Yare y en San Carlos). Los sectores más «moderados» buscaron muy pronto una alianza con el gobierno de Rafael Caldera.

De hecho la consiguieron, obtuvieron sus premios, y prácticamente aislaron a Chávez, que durante un largo tiempo navegó por la política venezolana en casi total soledad, aunque siempre protegido por el calor del afecto popular, ganado definitivamente el 4 de febrero de 1992, que fue la respuesta militar al «caracazo» del 27 de febrero de 1989.

Luego de las disidencias vino la libertad de los conspiradores, decretada por el ex presidente Caldera. De ella emerge un Chávez en completa soledad política. Un dirigente militar aislado que comienza a recorrer los caminos de Venezuela. Es allí donde comienza a fraguarse la relación directa y física entre el líder y su pueblo: sencillamente, en esos tiempos, no había nadie entre ellos.

Es en ese punto de la trama cuando yo tomo contacto personal con el comandante. En esos tiempos recorrimos juntos, varias veces, casi toda la geografía venezolana, en un periplo que había comenzado en la lejana Buenos Aires y, luego, continuado en Santa Marta, Colombia. Pude ver, en la práctica, cómo funcionaba el «carisma», algo que yo había estudiado «en los libros», pero que no había visto casi nunca en la realidad. Pude ver — en definitiva, y en una época de «alto riesgo» — a un político excepcional luchar contra las grandes adversidades de la historia y las pequeñas miserias de la vida cotidiana.

En su origen, entonces, el Modelo Venezolano se basó en la radicalidad de una fracción de un grupo militar — y, dentro de él, de un líder militar — que fue interpretada positivamente por el pueblo con la velocidad de la luz y la fuerza de un huracán tropical.

Esa radicalidad militar, no exenta de una fuerte carga nacionalista, es asumida como política alternativa por el pueblo de Venezuela.

Durante años Chávez carece de «partido». La fundación posterior del Movimiento Quinta República (MVR) obedeció a un propósito meramente electoral. Ese movimiento fue la consecuencia de una decisión finalmente asumida: concurrir al proceso electoral. Cuando se aproxima el desenlace electoral del 6 de diciembre de 1998 ya es perceptible en Chávez un cambio de lenguaje, de actitud y de selección de amigos y colaboradores. La radicalidad inicial se va transformando en «realismo político».

El tránsito de una a otra posición obedece a una lógica intrínseca de la política de poder y fue, es y será la condición ineludible para acceder al gobierno por «consenso democrático», en cualquier tiempo, latitud o altitud.

Hugo Chávez no pudo haber llegado nunca a presentar su candidatura electoral — no ya a ganar unas elecciones — si no hubiese habido algún tipo de negociación previa, tanto en el plano internacional como en el nacional. Negociación significa compromiso.

Hugo Chávez llega a presidencia de Venezuela por la vía del compromiso. En términos reales la otra alternativa era su desaparición física. ¿Esto quiere decir que Hugo Chávez es un nuevo Menem? Plantear esta similitud es un ejercicio enormemente atractivo, no porque existan perfiles psicológicos parecidos, sino porque en ambos casos se trata de aprovechar una enorme masa de legitimidad histórica acumulada — en el caso argentino, el peronismo — en beneficio de una política contrapuesta con los motivos fundacionales de ambos movimientos.

Es así que el chavismo tiende ahora a escindirse entre los «establecidos», que buscan potenciar las tendencias «moderadas» (neoliberales) de los últimos tiempos, y los «radicales», que buscan reconstruir los elementos fundadores del movimiento militar.

Es así que — por ahora — dentro de la política interior venezolana, no se plantea la búsqueda de una alternativa a Chávez. Los grupos chavistas más ortodoxos intentan una acumulación de poder para lograr constituirse en apoyaturas para que Chávez pueda evadirse — algún día no muy lejano — de un compromiso que fue necesario adquirir.

El límite de esta política es, naturalmente, la guerra civil. El otro sector es el que acepta complacido las decisiones de continuidad. Ambas facciones — aún — no están absolutamente escindidas, en el sentido de que ambas buscan la legitimidad del «paraguas carismático». Unos para reforzar las decisiones de continuidad; otros para intentar revertirlas. Todos buscando el amparo del líder.

La fracción continuista pretende convertir a Chávez en un nuevo actor de un viejo libreto. Pretende orientarlo en la dirección de «ganar tiempo»; impulsándolo, con pretendida sigilosidad, hacia el plano de la falsa astucia, fingiendo que, por esa vía, al final, se logrará engañar al enemigo.

Mugabe, Lukashenko y Chávez

En el plano internacional ello significa la aceptación de ciertas reglas no escritas de «buena conducta». Con un comandante así reconstituido, Venezuela no se convertirá, por supuesto, en un conflicto internacional.

Es decir, en una fractura geopolítica, ni siquiera leve. En el plano interno la fracción conservadora representa una negativa a «explotar el éxito», es una actitud que en la práctica vuelve a poner en pie un sistema político que había sido literalmente pulverizado el 6 de diciembre de 1998.

Sin duda alguna ese «partido» pretende que Chávez recorra el camino del «reconocimiento» exterior y del «apaciguamiento» interior. Una línea de absoluta continuidad con la anterior historia política y económica de la Venezuela puntofijista.

El hecho es que, hoy, no existe ni puede existir oposición a Chávez. Mejor dicho, la opción a Chávez es una sangrienta y destructora guerra civil. Esto todos lo saben o al menos lo intuyen. Chávez constituye la única opción de gobernabilidad para una Venezuela que unos proponen transformar pero que otros sólo necesitan maquillarla — eso sí — con toda urgencia.

Para presentarla ante los ojos de su pueblo y del mundo como si estuviese transformada, cuando en realidad sólo estará pos-modernizada. Es decir, apta para ingresar en la sección sudamericana de ese cementerio de pueblos llamado «Nuevo Orden Mundial».

Pero esa opción de continuidad pretende ignorar la existencia de una historia, la presencia de una relación líder-masa que se ha constituido en el hecho determinante de la historia contemporánea de Venezuela. Así, en estos términos concretos, y en esta pequeña parte del planeta tierra, está planteada la vasta dialéctica de este duelo global entre los orgullosos y los humillados.

Cambios y conflictos

La complejidad, intensidad y amplitud de los problemas que afectan a Venezuela, en la actualidad, es enorme. Esa complejidad, intensidad y amplitud es el producto de que sobre este país, sometido a un fuerte proceso de cambio, inciden simultáneamente dos sistemas de factores a los que normalmente se los suele analizar y procesar en forma separada: los internos y los externos.

Venezuela está viviendo una situación revolucionaria, es decir un intenso período de cambios internos. Inexorablemente esos cambios internos provocarán conflictos externos. Esos conflictos externos serán, en parte, proyecciones exteriores de una resistencia interior — visceralmente opuesta al gobierno popular-militar — que es impotente para enfrentar los cambios desde adentro.

Cambio interior y conflicto exterior son, entonces, los dos polos inexorables de una misma ecuación estratégica.

Las presiones internas y las campañas externas en contra del presidente Chávez irán en continuo aumento. Sin embargo, las acciones en contra del presidente Chávez que no se puedan realizar desde el interior de Venezuela, que serán la mayoría de ellas, se intentarán desde el exterior del país, por el mismo sistema de complicidades por todos conocido.

La capacidad del presidente Chávez para enfrentar internamente una oposición cada vez más ilegítima, es muy grande, casi total. Pero sucede lo inverso en el plano internacional. Su capacidad para enfrentar conspiraciones que adoptarán el camino exterior (bajo la forma de «estrategia de aproximación indirecta») es, en cambio, casi nula. Por lo tanto ese será, sin duda, el camino de la conspiración contra la transformación de Venezuela y contra las proyecciones estratégicas que el modelo venezolano producirá sin duda en todo el mundo Hispanoamericano.

En este momento no existen en Venezuela ni las ideas ni las instituciones con capacidad para medir los impactos estratégicos que producirá el proceso venezolano en el mundo. No existe la capacidad para relacionar los cambios internos con los conflictos externos. Ello podría limitar la calidad y la intensidad de los cambios internos, aduciendo o temiendo falsos conflictos externos. O podría precipitar el desarrollo de cambios internos innecesarios o secundarios, pretextando que ellos producirían conflictos externos, que en la práctica son poco probables.

En verdad, existe una amplia gama de cambios internos de alta significación histórica que se pueden realizar con un mínimo de conflictos externos. Por el contrario, cambios internos de poca significación podrían producir impactos exteriores altamente negativos. Debe ser analizada, sobre todo, la siguiente opción: la necesidad de amortiguar conflictos externos producidos a partir de la implementación de cambios internos impostergables pero altamente impactantes en el exterior.

Personalmente estoy convencido de que el presidente Chávez deberá terminar de pulverizar, en un plazo de tiempo relativamente corto, al viejo y corrupto sistema político venezolano y a prácticamente todas las instituciones que lo articularon en el tiempo «democrático» del Pacto de Punto Fijo.

Ello significa que las circunstancias que se avecinan lo obligarán a asumir — de una manera cada vez más explícita — un liderazgo personal sobre la totalidad del proceso venezolano.

Los acontecimientos internos lo obligarán (y no sólo simbólicamente) a llevar el uniforme militar con cada vez mayor frecuencia, porque sólo un «partido» cívico-militar podrá actuar con eficacia — ya está actuando como situación de facto — entre el líder y la masa.

El impacto de esta situación será enorme dentro del actual sistema internacional. Particularmente en la Europa socialdemócrata, en los EUA y en el resto de Hispanoamérica. Se deberán adoptar, en consecuencia, medidas muy rápidas tendentes a amortiguar ese conflicto; a hacer que él no perjudique — más de lo necesario — la evolución económica posterior de Venezuela. Para lo cual

será necesario crear una red de solidaridades con el proceso venezolano a partir de personalidades, partidos políticos, organizaciones culturales y empresariales, etc., — en todo el mundo — destinada a legitimar esa transformación esencial — sine qua non — de la política interior venezolana.

Además está la cuestión de la proyección internacional de Hugo Chávez. En mi opinión existen hoy todos los elementos que permiten hacer de Hugo Chávez un líder de toda la América hispano-criolla. Pero eso no quiere decir que ese proceso de «internacionalización» del «modelo venezolano» se producirá automáticamente. Que caerá del árbol, simplemente, como una fruta madura.

Esa proyección sólo podrá ser el resultado de un laborioso trabajo de edificación político-estratégico dentro de un entorno altamente favorable en casi todos los movimientos populares de la región. En términos de poder, la proyección regional-internacional del liderazgo de Hugo Chávez le dará al proceso venezolano interior un grado de protección (contra conspiraciones interiores-exteriores) del que hoy carece.

De lo que se trata, en definitiva, es de elaborar una Inteligencia Estratégica que pueda ser utilizada por el Presidente de la República para el tratamiento de los problemas internos de Venezuela y, simultáneamente, en la valoración de los impactos externos que originará una determinada resolución de esos problemas internos. Contra lo que muchos analistas académicos sostienen, la naturaleza actual del sistema internacional posibilita maniobras y contramaniobras, alianzas y contra-alianzas mucho más intensas y profundas que las que se podían hacer en otras épocas.

Pero será necesario encontrar los puntos de fractura para incidir sobre ellos y así lograr que esta Venezuela en proceso revolucionario se «filtre» por las grietas del sistema internacional y logre adecuados niveles de seguridad o de supervivencia.

En la base del proceso orientado a lograr un alto grado de protección para los cambios que se realizarán en Venezuela está el trabajo para «internacionalizar» — en todo el espacio hispanoamericano — la figura carismática de Hugo Chávez. Ello obedece a un principio esencial de la Estrategia:

la respuesta más eficaz a las agresiones externas será el incremento del propio poder.

A partir de la sucesiva ampliación de ese liderazgo originalmente venezolano, las agresiones provenientes de otras áreas del mundo podrán ser amortiguadas con mayor eficacia y, paralelamente, las necesidades de Venezuela — en Europa y los EUA, sobre todo — podrán ser resueltas con mucha mayor «liquidez». Se trata, en definitiva, de incrementar el poder de Venezuela en el mundo, que hoy es, en un sentido estricto, no-significante.

La campaña nacional e internacional contra la revolución venezolana ya se ha desatado. Y por el momento marcha victoriosa: el chavismo no dispone de una estrategia definida y, por ello, no dispone de los elementos ni de la percepción adecuada para neutralizarla. Su grandeza original será su principal debilidad futura: no existe una estructura organizativa — a excepción de unas fuerzas armadas sólo provisoriamente motivadas — con la capacidad para enfrentar y administrar los conflictos que ese proceso generará.

La inexistencia de esa estructura política es la causa principal de que el nuevo aparato del Estado se encuentre fracturado a partir de la creciente consolidación de grupos de intereses, la mayoría de las veces furiosamente contrapuestos entre sí. La mayor parte de esos grupos de intereses o lobbies que se han repartido el nuevo aparato gubernamental — cuya principal motivación parece ser el beneficio económico individual de cada uno de sus miembros — responden asimismo a intereses externos.

De tal manera en la actualidad la mayoría de los servicios de inteligencia occidentales dispone de una exacta radiografía de lo que pasa en Venezuela, de una radiografía perpetuamente actualizada, día a día y hasta hora a hora. En estas condiciones se hace necesaria una vigorosa reacción por parte del presidente.

Ella debería canalizarse:

– Hacia la utilización del sistema nacional de inteligencia en tareas activas de «amortiguación de conflictos».

– Hacia la pulverización definitiva del viejo sistema político «democrático» y hacia el desmantelamiento de la capacidad económica de esos grupos.

– Hacia el desarrollo de una campaña internacional de afirmación de los valores positivos de la revolución venezolana, de aquellos que diferencian este modelo de otras experiencias internacionales anteriores.

Venezuela se ha convertido, tal vez por primera vez en su historia independiente, en un centro de interés estratégico dentro de la política mundial. Esa realidad geopolítica — en tanto proyecto aún a construir — es el producto, en lo fundamental, de la emergencia de un liderazgo absolutamente genuino y original. Hugo Chávez no sólo está en capacidad de conducir a Venezuela: podría ser, también, el referente obligado de las grandes masas desheredadas y de las Fuerzas Armadas humilladas de toda nuestra América hispano-criolla.

Venezuela es el país de Hispanoamérica donde con más fuerza se ha implantado la cultura de la Modernidad (revoluciones inglesa y francesa). Muchas veces el observador cree estar presenciando un culto pagano, que se desarrolla en torno a los héroes nacionales oficiales, muy al estilo de la cultura original de la revolución francesa. La idolatría (en un sentido estricto), y no tanto la historiografía, impregna la cultura de este país.

En un sentido histórico profundo, la revolución venezolana es la prolongación de un mito histórico que nace en la sorprendente idea de que la «independencia» nacional fue, en las viejas provincias hispanas de América, una acción eminentemente «progresista».

Se persiste en ver las guerras civiles que se inician en los comienzos del siglo XIX como el origen de una «guerra internacional contra una potencia ocupante» (una guerra de «Liberación», como luego se las llamó — ya en el siglo XX — y hacia finales de la Segunda Guerra Mundial); como si la Idea de Venezuela, con su mapa actual, hubiese estado ya explicitada en 1800, en vez de haber sido — como en verdad lo fue — el resultado de acontecimientos no previstos y ciertamente manipulados por agentes históricos concretos. Venezuela, al igual que otras tantas «naciones» americanas de origen español, fue el resultado de la miseria de sus oligarquías dominantes, y no el efecto de la «grandeza de los pueblos que luchaban por su libertad». Los Mariscales de Bolívar fueron el calco sudamericano de los Mariscales de Napoleón. Ni los unos ni los otros pensaron en «liberar», sino en dominar.

Pero a diferencia de los franceses, los Mariscales de Bolívar tuvieron como antecedente lejano a un Miranda que planificó en Londres, junto con Pitt, y en nombre del «progreso», la invasión británica a las provincias españolas americanas. «Provincias», porque el posterior calificativo de «Colonias» sólo sirvió para justificar hechos consumados, y convertir una guerra civil secesionista en una guerra «internacional de liberación».

En rigor de verdad, las guerras civiles en todo el espacio gran colombiano — y, luego bolivariano — representaron una doble secesión pero muy poco de «independencia». La primera secesión, respecto de España, provocó la ruptura de todos los tejidos sociales pre-venezolanos y el nacimiento de un siglo — el XIX venezolano — realmente catastrófico.

La segunda secesión, respecto de la gran Colombia — el espacio bolivariano en sentido estricto —, fue un achicamiento histórico que sólo el petróleo, es decir, la pertenencia dependiente de Venezuela al mercado mundial capitalista (ya entrado el siglo XX), pudo atenuar y hasta ocultar. Ambas secesiones — es decir, la aparición de un mapa final que señala la existencia de una nación extremadamente joven — fueron el resultado de las manipulaciones, primero, de un pequeño grupo de «iluminados» pro-británicos y, luego, de una oligarquía caraqueña con visión no nacional, sino municipal. Esto es lo que se insiste en ocultar.

¿Cuál será entonces el futuro de una revolución montada sobre una sucesión de mitos históricos creados por un grupo social esencialmente conservador y secesionista?

Con una «independencia» ficticia y con un precio a la baja del crudo, la revolución venezolana necesita urgentemente de una nueva fundamentación histórica. Esto es, de un soporte historiográfico que le otorgue viabilidad en un mundo que se fragmenta — una vez más — bajo la apariencia de la uniformidad.

Venezuela, más que ningún otro país «latinoamericano», necesita liberarse del manto de plomo que representó haber asumido la doble herencia de la revolución inglesa (pertenencia subordinada al mercado mundial capitalista) y de la revolución francesa (cultura política «ciudadana»).

Ello significa admitir, en primer lugar, que la Modernidad inducida desde el Centro (Londres y París) no fue ningún «progreso», sino más bien todo lo contrario. Significa admitir que las guerras llamadas de «la independencia» no fueron sino simples guerras civiles-sociales devastadoras que le dieron el triunfo a una oligarquía siniestra, que se apresuró a generar una ideología histórica deforme con el único objeto de autolegitimar su poder, puramente militar, primero, y «democrático», después.

Significa admitir que todas las ideologías alternativas que actualmente aporta la pos-modernidad — como por ejemplo el indigenismo — no son sino prolongaciones de la Modernidad original; es decir visiones en las cuales la España Negra — la gran creación mítico-propagandística de la confluencia anglo-judía que comenzó a elaborarse desde la Expulsión de 1492 — era el gran enemigo a combatir.

La España Negra fue la contraparte de un Capitalismo Luminoso (británico), pero sobre todo «progresista»; y de una «fraternidad universal eterna» (Revolución Francesa), dos devastaciones globales que hoy pretenden prolongarse a partir del concepto de Nuevo Orden Mundial.

No asumir hoy estos significados representa permanecer en el mundo de la falsa identidad. Y ello es particularmente grave en un «tempo» en el cual el motor de los nuevos procesos históricos es, precisamente, la búsqueda de nuevas (viejas) identidades.

Para mí, hoy, estar en Venezuela es un privilegio que significa encontrarse, potencialmente, en el núcleo geopolítico y en el origen histórico, en el espacio y el tiempo, respectivamente, de una posible nueva época en nuestro mundo Hispano-criollo.

En efecto, estamos transitando la etapa final del doloroso proceso entrópico que sufren dos grandes mitos, los de mayor destructividad desde la época del «progreso indefinido» que impulsó el proyecto independentista.

Ellos son: el mito del desarrollo (»económico») inducido (desde el exterior) y el mito de la «democracia» (también inducida [desde el exterior]). El primero destruye todos los tejidos sociales y morales de la sociedad; el segundo se encarga de legitimar esa barbarie con el manto de una falsa participación «ciudadana».

Si la vigencia del mito del «progreso indefinido» generó, en todos nuestros países hispano-criollos, casi un siglo — el XIX — de destrucción, los mitos del desarrollo inducido y de la «democracia» han producido, en mucho menos tiempo, en estos finales del siglo XX, no menos desgracias, bajo formas que tampoco excluyeron las guerras civiles limitadas.

Las «guerras de liberación» pos-cubanas (por lo tanto, exceptuamos el caso colombiano) que desde los años 60 del siglo XX se planteó en nuestros países a partir de un duelo a muerte entre «ejércitos» y «guerrillas» (ambos meros apéndices de poderes globales bipolares), fue el antecedente necesario para la posterior devastación que provoca la hegemonía neoliberal; de la misma forma que las guerras civiles del siglo XIX — «independencia» incluida — fueron la conditio sine qua non de nuestra decadencia y balkanización, es decir, del inmediato dominio británico y norteamericano que se prolonga hasta nuestros días.

La forma que adopta — en cambio — el modelo venezolano, es el de la unidad nacional, el de la confluencia pueblo-ejército. Esto quiere decir que ese modelo podría ser el origen — en el tiempo — de una nueva época.

A diferencia del modelo «democrático» neoliberal, el proceso venezolano plantea una exclusión justa y necesaria de nuevo tipo: la exclusión de las minorías oligárquicas. El neoliberalismo, en cambio, excluye y destruye a las mayorías y a su marco nacional.

En el plano geopolítico — el espacio -, el modelo venezolano tiene una sola alternativa de supervivencia: su proyección hacia el resto del mundo hispano-americano.

Estamos así en el punto de una doble convergencia: histórica y geopolítica — tiempo y espacio. Es por eso que estar en Venezuela, hoy, es estar con algo más que con Venezuela: es estar en el posible origen de la Patria Grande, nuestra vieja esperanza de todos nosotros.

El amplio marco de la política exterior venezolana. La crisis del «nuevo orden mundial». El entorno global: una nueva oportunidad antisistémica

En lugar de la monótona imagen de una historia universal en línea recta, que sólo se mantiene porque cerramos los ojos ante el número abrumador de los hechos, veo yo el fenómeno de múltiples culturas poderosas, que florecen con vigor cósmico en el seno de una tierra madre, a la que cada una de ellas está unida por todo el curso de su existencia.

Cada una de esas culturas imprime a su materia, que es el hombre, su forma propia; cada una tiene su propia idea, sus propias pasiones, su propia vida, su querer, su sentir, su morir propios.

Una forma de generación de poder: la producción de inteligencia

Pero el enemigo es una fuerza objetiva… El enemigo auténtico no se deja engañar… Cuidado, pues. No hables ligeramente del enemigo. Uno se clasifica por sus enemigos. Te pones en cierta categoría por lo que reconoces como enemistad. Es fatal el caso de los destructores que se justifican con el argumento de que hay que aniquilar a los destructores. Toda destrucción es autodestrucción. El enemigo, en cambio, es lo otro.

Lo que en mi opinión está haciendo el comandante Chávez es intentar salir de una posición internacional subalterna ya insoportable, que conlleva necesariamente una decadencia social interna casi irreversible.

Pero para salir de esta situación debemos comenzar por elaborar un nuevo pensamiento, una nueva visión sobre nosotros mismos y una nueva concepción sobre el mundo que nos rodea. Esto significa que no podemos señalar una salida sin antes definir un nuevo sistema de ideas que se origine en una recuperación de la identidad. Una redefinición de lo que somos y de lo que nos rodea, realizada en función de lo que podemos ser a partir de la permanente transformación de lo que nos rodea.

La dependencia y subsidiaridad de un país pueden ser medidos por su incapacidad de producir Inteligencia, en especial, Inteligencia Estratégica. Los enredos a que es sometido un Estado periférico se originan en que, en una coyuntura específica, alguien (agente externo) seleccionó para ese Estado un tipo específico de información. Esa información así seleccionada — para un Estado subalterno — no sólo no refleja la verdad de los sucesos (en su dimensión «objetiva») sino que además perjudica sustancialmente (aún más) la posición en el mundo de ese Estado subalterno. Es así como la subsidiariedad de un Estado (su dependencia respecto de otros) puede definirse a partir de la incapacidad de ese Estado para producir su propia Inteligencia Estratégica.

Cada país hace Inteligencia según cómo se percibe a sí mismo en relación con los demás. La actividad de Inteligencia es un instrumento preciso y complejo que mide el concepto que cada país tiene de sí mismo. Es su miseria o es su grandeza.

La Inteligencia es el reflejo de la capacidad cultural de que dispone una comunidad. Es, o debería ser, la expresión más refinada de su «filosofía nacional». Naturalmente la inteligencia debería ser una actividad reservada a sujetos inteligentes. Debería ser el producto de los mejores cerebros del país en áreas relevantes, tanto dentro como fuera del gobierno. Ello suele ser así en los países con vocación hegemónica, o en aquellos que se encuentran en un ciclo de esplendor histórico. Suele suceder lo contrario con los países con vocación de pequeñez y de servilismo.

La Inteligencia es causa y efecto de un pensamiento nacional. La Inteligencia es el prólogo del conocimiento, y la calidad de ambos definirá con toda precisión qué es cada país y quién es quién dentro de cada país. La Inteligencia tiene por función máxima generar poder a través de la preparación adecuada del conocimiento exacto que se necesita en el aquí y ahora nacional e internacional.

La Inteligencia sólo puede ser concebida como un todo orgánico: no puede haber compartimientos estancos (sólo diferenciaciones funcionales) entre inteligencia interior e inteligencia exterior, ni entre inteligencia táctica e inteligencia estratégica, ni entre inteligencia civil o inteligencia militar.

La Inteligencia debe ser el sistema superior de conocimiento que se estructure a nivel de Estado. La Inteligencia es el máximo grado de complejidad que puede alcanzar la institucionalización de un pensamiento científico interdisciplinario con vocación nacional, es decir, orientado a diferenciarnos, a fundamentar nuestra identidad.

Debe ser un pensamiento complejo no sólo para entender a un mundo complejo. Debe ser un pensamiento concebido para diferenciar y complejizar (toda diferenciación es una complejización) al espacio nacional.

El Estado/nación (o la tribu, o el imperio o el área cultural diferenciada, o cualquiera sea el parámetro que nos defina e identifique) es un «sistema» cuya supervivencia depende de las evoluciones de un «entorno» (resto del mundo). Las constantes modificaciones que sufre el «entorno» exigen diferentes respuestas por parte del «sistema». Cuando el «sistema» no está en condiciones de responder a los cambios que se operan en su entorno, en ese momento el sistema (la comunidad nacional o el Estado/nación, o la tribu) desaparece, se «gasifica», se licúa en el entorno.

Eso ocurre inexorablemente cuando alguien del «entorno» le selecciona la información al «sistema». En este caso, el «sistema» carece de energía para elaborar su propia información, es decir, el conocimiento necesario para permanecer en el mundo en condiciones de diferenciación y de identificación.

El 25 de julio del 99 o la mochila del Presidente

El 25 de julio de 1999 representa un punto de inflexión para Venezuela y para el resto del mundo hispano-criollo; allí donde éste se encuentre, en el norte, en el centro o en el sur de ambas masas continentales americanas. Esa fecha simboliza el momento a partir del cual se cristaliza el doble proceso de una opción política que -para muchos- parecía difusa o incomprensible: un movimiento de concentración de poder -en el interior-, y una consolidación de la legitimización -hacia el exterior-, a todo lo largo y lo ancho del «hemisferio occidental».

El 25 de julio fue el punto a partir del cual el pasado ya no existe: sólo queda vivo el futuro. Recién a partir de allí se comprende lo siguiente:

«La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un «partido» genérico, fue «delegada» — por ese pueblo — para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y re-ubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional»

Lo primero -la concentración de poder libremente decidida por la comunidad venezolana- es sólo una herramienta, aunque imprescindible para operar e incidir sobre la historia aún no realizada. Fue, además, un trabajo táctico impecable realizado por el Presidente.

Lo segundo es el aspecto estratégico que nunca se debe perder de vista. Si el proceso venezolano no alcanza una proyección continental en un «tempo» histórico razonable, morirá por asfixia, a causa de las presiones, realizadas por un mundo hostil falsamente globalizado, que en algún momento se convertirán en insoportables.

Lo relevante es que el presidente Chávez ha demostrado que el poder no reside en el hecho de habitar en Palacio: el poder es la suma ordenada de dos elementos: el amor activo del pueblo y la lealtad de los ejércitos. Por lo tanto el poder se puede ejercer tanto desde Palacio como desde el monte, siempre y cuando se lleve lo fundamental dentro de la mochila: ese amor activo del pueblo y esa lealtad de los ejércitos.

Y siempre y cuando el presidente lleve consigo -en todo momento- su mochila, aún cuando vista con ropas civiles. Y aún en el caso extremo imaginable -pero altamente improbable en el corto y medio plazo- que sea desalojado de Palacio por el salvajismo global, lo que lleva en su mochila le permitirá ejercer el poder allí donde esté.

Algunos de los representantes locales de esa globalidad son los falsos intelectuales «democráticos», que se quedaron de pronto sin discurso. La emergencia contundente de una nueva legitimidad los dejó -literalmente- mudos. Este es un hecho -dicho sea de paso- que los ecologistas deberían agradecer: ya no hay tanto ruido en el mundo.

El enorme fallo de la «intelligentzia» venezolana -en especial de su ala mayoritaria, que incluye a algunos ex-guerrilleros de fin de semana ahora reconvertidos al izquierdismo liberal- fue su adscripción incondicional al sistema, del cual además se nutren física e intelectualmente.

Su calamidad actual se origina en el hecho de que nunca tomaron en serio a Hugo Chávez, hasta el 25 de julio de 1999, que es el momento en que el error deviene -para ellos- en tragedia. Parapetados detrás de una historia falsamente cerrada o supuestamente ya finalizada, que en todo caso debería transitar por rumbos prefijados, siempre lo consideraron un fenómeno molesto pero pasajero. Un accidente en la ruta: desagradable pero solucionable.

Muchos plantean la cuestión a nivel patológico: como si Venezuela hubiese sido invadida por la Wehrmacht mientras ellos se ven a sí mismos como heroicos resistentes, preferiblemente franceses. Se tragaron hasta la última gota el cuento de la historia oficial. Hasta tal punto se tragaron los mitos de este siglo que ya son incapaces de percibir la realidad y, mucho menos, de enfrentarse con la verdad.

Por culpa de sus doctorados en universidades norteamericanas se han convertido en ignorantes hasta los tuétanos: administradores marginales de una «ciencia» -la occidental-iluminista-que ya no explica nada pero lo justifica todo.

Ahora es el momento de ejercer el poder que en Venezuela se generó por la acción de tres y sólo tres factores: el Pueblo que señala y «ordena» (»ordena» en el sentido de directiva y en el sentido de «ordenación», eclesiástica, por ejemplo) a un Caudillo, y los Ejércitos -de tierra, mar y aire- que se subordinan a esta orden-ordenación y se colocan -mayoritariamente y por íntima convicción- como escudo protector de una nueva dinámica histórica.

Nada surge en la historia que no hubiese estado ya en ella aunque más no sea como esperanza largamente reprimida (y autorreprimida), como deseo confuso pero persistente. La preeminencia final de ese deseo-esperanza es lo que explica la actualidad. Todo lo que se había construido sobre ella era falso: por eso la caída de todo un sistema político (muy pronto habrá que hablar prioritariamente del sistema económico) fue inmediata y casi sin estrépitos.

No hubo resistencia ni la habrá en un futuro inmediato. Sin embargo en algún momento ésta será inyectada, una vez más, desde el exterior. Y allí volverá a manifestar toda su capacidad de destrucción el factor económico, si es que no se lo reestructura a tiempo, convirtiéndolo en un elemento controlable dentro de una estrategia nacional-continental de largo plazo.

La Asamblea Nacional Constituyente y el nuevo orden mundial

No es difícil darse cuenta que en la Europa gobernada por esta extraña confluencia entre la «izquierda del centro» y el «centro de la izquierda» (o «tercera vía») se está desarrollando una hostilidad creciente hacia la nueva singladura histórica emprendida por la Nación Venezolana. Esa hostilidad es como una borrasca por el momento estética y cultural: aún no ha trascendido al plano de lo estrictamente político.

Extraña figura la de estos muchachos -los «amigos íntimos de Clinton»- que se pasan el día hablando de «humanismo», y que cuando llega la noche ordenan bombardear a países enteros. Ya han provocado -entre Serbia e Irak, Oriente Medio y muchos otros lugares del mundo- mucha más muerte y destrucción que una docena de «dictaduras sudamericanas» -de las de antes- actuando al unísono en tiempo y espacio.

Esta percepción sobre la Venezuela de hoy no es en absoluto accidental. Todo lo contrario, ella está en el núcleo de la «nueva cultura» que informa a este cosmopolitismo desordenado y anárquico llamado «nuevo orden mundial». Es decir que no está basada sólo en la ignorancia de lo que en realidad está pasando en estos momentos en Venezuela. Refleja el resultado de una extraordinaria acumulación de prejuicios negativos, que se trafican en el mercado bajo la forma de «conocimiento académico»: una de las nuevas ciencias despóticas que es ya la razón de ser de este nuevo orden.

Desde hace muchos años, desde los inicios de la última posguerra mundial, se trata de entender lo que sucede en la América hispano-criolla a partir de un error fundacional: llamar «América Latina» a esa enorme región cultural. Pretendieron entendernos a partir de la «Revolución Francesa», que a su vez es el «verdadero» inicio de la «historia verdadera», o «humana»: el punto en que la historia se desprendió de la prehistoria, según nos dicen.

El dogma, hoy, es que las dictaduras en «América Latina» son lo contrario a las democracias. Ante semejante conclusión de esta teología laica y universalista uno no sabe si reír o llorar. A lo largo de toda nuestras vidas hemos visto cómo ambos sistemas conformaron, siempre y en todos los casos, una perfecta continuidad histórica.

Sabemos que, salvo momentos excepcionales en los distintos países, siempre gobernaron los mismos bajo distintas formas, ya que fue esa continuidad (y no la preeminencia temporal de uno u otro sistema, que se iban sucediendo en el tiempo por caprichos estratégicos de la potencia hegemónica) lo que aseguró nuestra destrucción y nuestra virtual inviabilidad nacional.

Esa continuidad fue la que preservó la permanencia en el poder de un bloque social siempre dócil a los dictados, «democráticos» o «autoritarios» del Mundo Central, según las épocas.

Sobre semejante prejuicio se ha construido además una estética aplicable a la totalidad del universo político y no sólo a esa región del «tercer mundo» que fue llamada «América Latina». Apenas aparece un líder con uniforme militar se lo señala como algo más que un dictador en potencia: se dice de él que es «casi» un dictador, o que «debe ser», por definición, un dictador; porque lo contrario sería alterar sustancialmente un modelo de análisis con pretensiones dogmáticas y universalistas.

A partir de allí es igual lo que haga ese líder: inexorablemente será convertido en dictador, porque los uniformes, en «América Latina» pertenecen a la «naturaleza» de las dictaduras (según estos muchachos que hoy manejan el mundo en tanto gerentes delegados de un orden económico devastador).

Este es el clima cultural externo que enmarca la inauguración de la Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela. Que nadie se equivoque. Hay una diferencia estética y ética esencial entre un uniforme militar venezolano y un uniforme militar inglés hoy, en Kosovo, por ejemplo. Hasta los uniformes militares alemanes ya re-instalados en los Balcanes son ahora democráticos. Pero nunca, nunca será democrático un uniforme militar que pretenda reemplazar, en «América Latina», las funciones que la nueva dogmática tiene reservadas para sus monigotes de la «izquierda del centro», o del «centro de la izquierda».

Esos desnaturalizadores pretenden que la Constituyente deje de ser una instancia imprescindible para racionalizar administrativamente el poder, y se convierta en un mecanismo de «distribución» o licuación del poder. Es decir, en proceso entrópico que produzca una pérdida acelerada de energía política.

La Constituyente no ha sido el resultado independiente de la orden popular ya emitida el 6 de diciembre de 1998, es ya una parte indesligable de la misma. Porque ello es así, los constituyentes — en tanto personas físicas — son los «amigos del pueblo», los «apóstoles» del presidente por él designados.

Esta Constituyente emergió fundamentalmente de la relación Caudillo-masa. Ese poder así producido debe comprenderse como un objeto físico que, si se fractura o «distribuye» o disuelve, se «gasifica» y, automáticamente, se licúa y diluye. La desconcentración del poder es el gran objetivo de la dogmática del nuevo orden, porque ella fue siempre el antecedente inexorable de la muerte de cualquier estrategia social, cualquiera que haya sido su signo ideológico, su «tempo» histórico o su campo de aplicación (nacional o internacional).

La concentración es imprescindible para la producción de poder con un entorno exterior agresivo como el actual, ya que el Poder es la principal escala de medición de toda acción política en cualquiera de sus niveles.

Inteligencia y geopolítica

En este momento no existen en Venezuela ni las ideas ni las instituciones con capacidad para medir los impactos estratégicos que producirá el desarrollo progresivo del proceso venezolano en el mundo. No existe la capacidad para relacionar los cambios internos con los conflictos externos.

De lo que se trata, por tanto, es de elaborar una Inteligencia Estratégica que pueda ser utilizada por el Presidente de la República para la valoración de los impactos externos que originará una determinada resolución de esos problemas internos de Venezuela, en estas circunstancias revolucionarias. Es deseable que ese trabajo se desarrolle bajo la conducción de las Fuerzas Armadas pero con participación creciente de instituciones civiles de nivel universitario.

Contra lo que muchos analistas académicos sostienen, la naturaleza actual del sistema internacional posibilita maniobras y contramaniobras, alianzas y contra-alianzas mucho más intensas y profundas que las que se podían hacer en otras épocas.

Será necesario encontrar sus puntos de fractura, para incidir sobre ellos y así lograr que esta Venezuela en proceso revolucionario se «filtre» por las grietas del sistema internacional y logre adecuados niveles de seguridad o de supervivencia.

En la base del proceso orientado a lograr un alto grado de protección para los cambios que se realizarán en Venezuela está el trabajo para «internacionalizar» -en todo el espacio hispanoamericano- la figura carismática de Hugo Chávez. Ello obedece a un principio esencial de la Estrategia: la respuesta más eficaz a las agresiones externas será el incremento del propio poder (la única respuesta al poder es el poder).

A partir de la sucesiva ampliación de ese liderazgo originalmente venezolano, las agresiones provenientes de otras áreas del mundo podrán ser amortiguadas con mayor eficacia y, paralelamente, las necesidades de Venezuela — en Europa y los EUA, sobre todo — podrán ser resueltas con mucha mayor «liquidez». Se trata, en definitiva, de incrementar el poder de Venezuela en el mundo, que hoy es, en un sentido estricto, insignificante.

Así estamos hoy

Las viejas logias de Londres con poder decreciente ante los vigorosos lobbies norteamericanos, en especial los de Costa Este… Republiquetas enteras agonizan porque su inviabilidad es manifiesta. Como es el caso de la Argentina, que fue el banco de pruebas del experimento más extremo de neoliberalismo en toda la América Meridional. Todas las falsas «integraciones» también están en crisis. Tal vez haya llegado el momento de ensayar la única integración posible: la bolivariana. Ella implica poner en marcha pueblos y ejércitos (y no meras cuestiones «económicas»), y pensar, en definitiva, en un gobierno para toda la América Meridional.

Es necesario revalorizar viejos conceptos, como el de la «Gran Colombia» y el de la Argentina Andino-Pacífica. Será de la confluencia de ambos de donde saldrá nuestro espacio geopolítico liberado: nuestra única posibilidad de supervivencia.

Las cuestiones geopolíticas son proyecciones esenciales de la política interior venezolana, ya que ellas son elementos básicos y determinantes de la viabilidad de la Nueva Venezuela. La oportunidad es única: los pueblos están pauperizados y engañados, y por lo tanto políticamente vacantes; y los ejércitos castrados, destruidos y humillados, ergo, angustiosamente necesitados de liderazgos.

Es el aspecto estratégico de la revolución lo que nunca se debe perder de vista. Si el proceso venezolano no alcanza una proyección continental en un «tempo» histórico razonable, morirá por asfixia, a causa de las presiones, realizadas por un mundo hostil falsamente globalizado, que en algún momento se convertirán en insoportables.

Defensa y seguridad en América Meridional. Cuatro elementos esenciales en el proyecto constitucional del presidente Chávez

Antes del comienzo de la era cristiana los estrategas chinos sostenían que las tropas son el gran sostén del Estado: de ellas depende la vida o la muerte de los súbditos, el engrandecimiento o la decadencia del Imperio. No hacer serias reflexiones acerca de lo que les concierne, no trabajar para su buena preparación, es demostrar una indiferencia demasiado grande por la conservación o la pérdida de lo más valioso.

El ejército debe conducirse de modo que el pueblo tenga siempre motivo para creer que, si tiene las armas en la mano, es sólo para defenderlo, y que si consume víveres es para poner a salvo las siembras y las cosechas.

En mi opinión, cuatro son los elementos esenciales del proyecto constitucional enviado por el presidente Chávez a la ANC:

1.- La existencia de un sólo y único brazo armado de la Nación;

2.- El derecho y el deber de todos los ciudadanos para armarse en defensa de la Patria;

3.- El mantenimiento de la Fuerza Armada cooperando y promoviendo el desarrollo tecnológico y económico de la sociedad y;

4.- La capacidad que se adjudica Venezuela para suscribir tratados anfictiónicos orientados a promover nuevas formas de integración en el espacio estratégico de la «América Meridional».

La necesidad de disponer a las distintas Fuerzas como un sólo y único brazo armado al servicio de la Nación (»Se constituye la Fuerza Armada Nacional, la cual tiene como misión proteger la soberanía de la Nación, asegurar la integridad territorial y participar activamente en el desarrollo nacional»), es un principio filosófico capital, que yo he desarrollado extensamente para el caso argentino, luego de la experiencia de la guerra de Malvinas (1982) y de la frustrada insurgencia carapintada (1990).

En toda la «América Meridional», durante las últimas décadas, las distintas políticas de defensa estuvieron profundamente interesadas en lo contrario, en mantener en compartimientos estancos a las distintas Fuerzas que componen el poder militar de la Nación. Las separaciones y las diferencias -de todo tipo- entre ellas debían ser importantes y crecientes. Esto facilitaría las penetraciones externas, las dispersiones y las mutuas anulaciones interiores y, en definitiva, terminaría colapsando el poder militar de la Nación.

La política de la defensa de la Revolución Nacional debe representar la antítesis de la vieja concepción. Es decir, entenderá a las distintas Fuerzas como un único brazo armado al servicio de la Nación».

El derecho y el deber de todos los ciudadanos para armarse en defensa de la Patria es la «profundidad defensiva», propiamente dicha. Es la dimensión que potencia hasta el límite la defensa nacional. El principio de la «profundidad defensiva», que es vital en países con poblaciones relativamente escasas pero sobre todo mal distribuidas en territorios enormes, es al mismo tiempo democrático y revolucionario.

Es democrático porque implica confianza en el pueblo, convenientemente encuadrado y conducido por oficiales y suboficiales profesionales; y es revolucionario porque facilitará enormemente el control efectivo de una geografía -y no sólo de los espacios fronterizos- que hoy no está dominada por el Estado.

La participación de una fuerza armada única -es decir, integrada bajo un mismo mando (misma concepción, misma doctrina, misma administración)- en el desarrollo económico de la Nación, es un concepto estratégico absolutamente coherente con los dos anteriores y sobre todo con la existencia de una Venezuela definida como «país anfictiónico.

El crecimiento del potencial militar debe significar desarrollo económico. Es necesario establecer y consolidar una relación eficaz y positiva, en base a un proyecto de crecimiento, entre los sectores civil y militar de la sociedad. La relación pueblo/ejército también pasa por el grado de desarrollo del complejo industrial y científico de la Nación. Él debe constituir uno de los elementos centrales de un gran proyecto nacional movilizador de voluntades colectivas».

Estos tres grandes pilares sostienen la voluntad de Venezuela de promover «.la integración política, económica y social» de los pueblos de la América Meridional, «. a través de todos los mecanismos posibles, pudiendo (el Estado venezolano) suscribir Tratados o Anfictionías que garanticen la igualdad, la equidad y la reciprocidad». Pocos días antes de conocerse la segunda parte del proyecto constitucional del presidente, en mi «Carta abierta a mis amigos Constituyentes», hice una extensa referencia al tema de la «integración estratégica», cuyo desarrollo práctico es absolutamente imposible sin una posición claramente anfictiónica por parte de Venezuela:

»Todas las falsas «integraciones» también están en crisis. Tal vez haya llegado el momento de ensayar la única integración posible: la bolivariana. Ella implica poner en marcha pueblos y ejércitos (y no meras cuestiones «económicas»), y pensar, en definitiva, en un gobierno para toda la América Meridional. Es necesario revalorizar viejos conceptos, como el de la «Gran Colombia» y el de la Argentina Andino-Pacífica. Será de la confluencia de ambos de donde saldrá nuestro espacio geopolítico liberado: nuestra única posibilidad de supervivencia.

Las cuestiones geopolíticas son proyecciones esenciales de la política interior venezolana, ya que ellas son elementos básicos y determinantes de la viabilidad de la Nueva Venezuela. La oportunidad es única: los pueblos están pauperizados y engañados, y por lo tanto políticamente vacantes; y los ejércitos castrados, destruidos y humillados, ergo, angustiosamente necesitados de liderazgos. Es el aspecto estratégico de la revolución lo que nunca se debe perder de vista».

En definitiva, lo que ha logrado el presidente Chávez, por primera vez en la «América Meridional» de las últimas décadas, es definir con total exactitud una política de defensa en base a una «teoría del enemigo», estratégica y filosóficamente correcta:

“¿Qué es la defensa? Es la vertebración profunda e instrumental de una enemistad. En una situación crítica, la enemistad es el principio informador de la Estrategia. La enemistad del otro hacia mí me plantea la necesidad de una confrontación. Yo debo articular mi defensa en función de ella”

Venezuela ha comenzado a transitar el camino hacia la guerra civil

La polarización política que ha planteado la candidatura presidencial del teniente coronel Arias Cárdenas — en tanto única polarización posible — es el inicio de un camino que, si no se lo bloquea a tiempo, desembocará inexorablemente en una catastrófica guerra civil en Venezuela. Lo que hoy está actuando en este país, por encima de todas las coyunturas, es el viejo principio clausewitziano de la «ascención a los extremos».

La de Arias es la única polarización posible porque dentro del sistema anterior de partidos, no existe ninguna equivalencia ni siquiera imaginable. El poder de Arias, su legitimidad, literalmente, es un sub-poder y una sub-legitimidad derivados de la existencia previa e insoslayable del Caudillo: Arias es el anti-Caudillo (lo sub-poderoso y lo sub-legítimo).

Tal derivación subalterna es la vía que adopta la restauración «democrática», proclamando a diestro y siniestro sus «grandes principios» universales y universalistas de siempre. A mí me recuerda el discurso de la OTAN a pocos días de machacar Belgrado con bombas de grafito.

El único personaje disponible para realizar esta vasta y compleja operación es un hombre remotamente emparentado con el Caudillo, «tocado» por él, a pesar de haberlo traicionado reiterada y sistemáticamente, optando siempre por alternativas patológicamente menores (lo de «repartidor de leche» de Caldera es técnicamente exacto, aunque no represente la más rastrera de sus acciones).

Se ha seleccionado con toda exactitud no sólo al candidato, sino sobre todo a sus circunstancias (con sabiduría, se han desechado a otras figuras menores, como la del descerebrado Urdaneta, que nunca debió haber alcanzado el grado de sargento). Porque el objetivo real tras las imágenes no es ofertar una alternativa «democrática» al «caudillismo populista», sino eliminar radicalmente esta última realidad, cuanto antes, por medios políticos, si fuese posible; eliminarla antes de que se convierta en un hecho estratégico definitivo y definitivamente desestabilizador de la América Meridional.

Naturalmente la eliminación política — indolora — del principio caudillista, que está en la naturaleza e informa a la revolución venezolana, es por definición una empresa imposible: y ello se sabe con certeza en Washington. En definitiva el cambio de régimen sólo se podrá realizar por la vía de la fractura militar, es decir, de la guerra civil. Ese conocimiento exacto está en el núcleo del crimen que se piensa cometer.

A esta estrategia del enemigo le debe corresponder una contra estrategia nacional y popular, aún inexistente. A través de su implementación rigurosa, el Caudillo no sólo debe ganar políticamente las próximas elecciones. Sino obtener, en el momento oportuno, una victoria militar aplastante, y si fuese posible «preventiva», en la guerra civil que se cierne sobre el Oriente de la Gran Colombia.

Lo urgente por lo tanto es expulsar cuanto antes (a más tardar el 30 de mayo de 2000) a la Weltanschauung de los Rangel y Cía, y a las mafias étnicas y económicas que los sustentan, enemigas declaradas de la revolución.

Y, de paso, licenciar pacíficamente a ese «saco de gatos», a esos inútiles para todo servicio, a esos revolucionarios de opereta que son los dirigentes de un business llamado «quinta república».

La polarización planteada es, paradójicamente, el tiempo final de un juego político que se desarrolló irresponsablemente, con irrealismo y «falsa astucia»: a ritmo rococó-tropical, sin rozar siquiera lo versallesco. Como si este conflicto fuese un gentleman’s agreement.

La fórmula de la victoria política y militar es tremendamente simple: solidificar la ecuación Caudillo+Ejército+Pueblo. No hay ningún otro camino para ahorrar sangre venezolana. Y en la mejor opción, para demostrar que la cuota de sacrificio que deberá poner el enemigo sobre el campo de batalla será de una magnitud tan horrorosa y contundente, que resulte suficiente su sola imagen o mención para limitar su estrategia, paralizar sus movimientos y anular sus intenciones.

Sobre la Fuerza Armada Nacional

Cuando sostengo que la Fuerza Armada Nacional (FAN) será escenario de una trascendental batalla política en Venezuela quiero decir que sólo existen dos opciones para los cuadros de esa Fuerza: o incorporarse activamente al proyecto estratégico que propone el Presidente Chávez, o desaparecer institucionalmente.

En otras palabras. No existen dos proyectos militares. Existe uno solo, porque el otro está orientado a la destrucción de la Fuerza Armada, tal como ya ha ocurrido en la mayoría de los países «democratizados» y «liberalizados» de la América Meridional. Es esa experiencia la que nos señala que la eliminación de las instituciones militares es el prólogo para el ingreso al patio trasero de la globalidad.

Es el sello inequívoco de la colonización en estos tiempos de «igualamiento» forzado, en el que los hombres se transforman en «chips», y las patrias en mercados. Al día de hoy sigo pensando como el gran filósofo alemán: «Sé por la experiencia y la historia humanas que todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una tradición».

Esto significa que la búsqueda de la Fuerza Armada como escenario o campo de una confrontación política no es algo que dependa de la voluntad de los actores (Chávez, Arias u otros), no es en absoluto una arbitrariedad ni mucho menos un capricho.

La fuerza armada es, por el contrario, el marco estratégico dentro del cual se resolverá el destino de Venezuela.

Para simplificar al extremo esta cuestión, sin desvirtuar los términos en la que está planteada, es lícito afirmar que sin fuerza armada, no habrá Venezuela. Y es sabido que las versiones pos-modernas de la «democracia» exigen, todas ellas, la desaparición de esas Fuerzas, como paso previo a la desaparición de las naciones.

No existen dos proyectos militares. Sólo el presidente Chávez dispone de una concepción estratégica dentro de la cual la institucionalidad militar asume una importancia hegemónica en estos tiempos de eliminación de fronteras, de exclusiones y de brutales empobrecimientos materiales y espirituales. Se trata de que los cuadros comprendan a fondo esta situación.

Fuera del proyecto del Presidente les está esperando un destino horroroso: como ya a ocurrido en toda la América Meridional; una parte de los oficiales se convertirán más o menos en buhoneros, y la otra en Legión Extranjera Policial especializada en controlar disturbios internacionales. Ambas, dentro y fuera de una patria que por entonces ya será inexistente.

Por lo tanto, el campo de batalla político militar no es una opción libremente elegida, sino una cuestión de supervivencia nacional. Mientras el proyecto del Presidente, por su propia lógica, tiende a mantener e incrementar la cohesión institucional de la Fuerza (porque ello es vitalmente necesario), la «democracia» marginal — geopolíticamente subsidiaria — que propone Arias, es necesariamente fraccional y faccional. Necesita romper la cohesión institucional de la Fuerza para llevar a una minoría dentro de ella a ser la Gendarmería de lo políticamente correcto.

Este es el núcleo de la violencia que oferta Arias. Nada nuevo: ya ha ocurrido muchas veces en nuestra América Meridional. Siempre se bombardea «preventivamente» a los pueblos en nombre de una «libertad» que, para ellos, nunca llega.

La «democracia» que viene es de nuevo tipo; lejos de los presupuestos del Enciclopedismo, ya no importa cuántos votos tenga un líder. Lo que importa es saber si esos votos llevan el ADN «democrático», según han definido este concepto los herederos de los vencedores de Segunda Guerra Mundial.

Con el presidente Chávez, y con el tiempo, la fuerza se convertirá en el eje de un vasto proceso de desarrollo económico, tecnológico y social (seleccionando tecnologías en áreas hasta ahora prohibidas — ¿Rusia? — y construyendo industrias militares propias, por ejemplo); y en el núcleo de una geopolítica en primer lugar regional, orientada a producir honor, poder y bienestar para nuestros pueblos de nuestra Patria Grande. Es decir, aquello de lo que carecen los excluidos, los fracturados y los marginales.

Venezuela en el mundo

Sólo tres hechos emergentes (el éxito de la OPEP, el creciente interés de Israel por Venezuela y la cooperación con Brasil) dentro de muchos otros ocurridos en los últimos días, señalan una realidad que hasta este momento era impensable: Venezuela comienza a incidir en los asuntos mundiales.

Nunca antes como ahora este país, que vivió toda su vida «independiente» como un marginal todo azimut, comienza a asomar como un elemento a ser tenido en cuenta, a pesar de que aún ni siquiera ha comenzado el proceso de transformaciones interiores, que es la verdadera piedra fundacional del futuro potencial nacional de Venezuela.

Aunque constituya aún un fenómeno apenas incipiente, la nueva incidencia de Venezuela en el mundo es, en definitiva, uno de los aspectos sobresalientes del modelo vigente, y debería ser vista por los venezolanos como un triunfo de la idea de que la dignidad nacional, y no la dependencia nacional (que es sinónimo de humillación), es el verdadero motor del desarrollo.

(*) Norberto Rafael Ceresole nació en Buenos Aires en agosto de 1943. Estudió en Alemania, Francia e Italia. Es sociólogo, politólogo y autor de 30 libros en temas de su especialidad: estrategia, geopolítica y sociología militar. Fue un destacado dirigente de la guerrilla argentina en los años 70.

Es hoy el más importante referente intelectual del peronismo argentino resistente. Sobre el peronismo escribió un análisis en tres volúmenes entre los años 1969 y 1970. Ejerce una significativa influencia sobre numerosos oficiales de las fuerzas armadas en la Argentina y otros países de la América del Sur.

Entre 1969 y 1971 fue asesor del general Juan Velazco Alvarado, en el Perú. En años sucesivos fue interlocutor de Juan Domingo Perón, de Salvador Allende, y del ex jefe de la Inteligencia cubana comandante Piñeiro, entre otros.

Fue miembro de la Academia de Ciencias (Instituto de América Latina) de la ex-URSS. Mantiene actualmente estrechas relaciones con gobiernos y movimientos árabes y musulmanes.

Fue detenido el 15 de junio de 1995 por la DISIP, en aquellos momentos bajo fuerte influencia del Mossad israelí, y expulsado de Venezuela, luego de una intensa campaña de prensa en su contra, en la que se lo acusó de ser amigo del comandante Chávez, de Montonero, Carapintada, traficante de armas y «capo» terrorista internacional.

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