En el cielo tampoco lo quieren

Gustavo Coronel

El difunto llegó a la antesala y se irritó al tener que hacer cola. “Villegas no avisó que yo llegaba. Tan incompetente como Izarrra y del mismo tamañito”, musitó.

Después de una moderada espera, sin fatigas o angustias que ya no existen a esas alturas, se encontró frente a la mesa principal donde se sentaban San Pedro, San Diego, San Rafael y San Nicolás, no exactamente de apellido Carreño, ni Molero, ni Ramírez ni Maduro.

Buenos días, hermano”, le saludó San Pedro. “Dígame en que podemos serle útil”.

– “Bueno. Vengo a quedarme con ustedes. Francamente pensé que ya estaban en cuenta. Ya hice mi primer milagro, logrando que nombraran un Papa argentino”.

“No tenemos nada que ver con eso, amigo. Esa selección le corresponde a los de allá abajo”, le contestó secamente San Pedro. “Dígame, pues, en que podemos serle útil”.

“Creí que ya ustedes sabían que vengo a ser parte del santoral. En Venezuela hay capillas con mi nombre y en las Iglesias se venden escapularios, rosarios y estampitas que llevan mi efigie. La gente llora mi ausencia. Sé, por un video que salió en Argentina, que aquí me esperan el Ché, Allende, Gadaffi, Maisanta y mi abuela Rosa. ¿No les ha llegado ese video?”. Y agregó: “He sido llamado el Cristo de los pobres de América por Nicolás, mi dilecto hijo y sucesor”. Y les dedicó una sonrisa, la misma que utilizaba cuando le daba dinero a Evo Morales por televisión.

Lo siento”, dijo San Pedro, “pero ninguno de esos caballeros que usted menciona está aquí. Su abuela sí está con nosotros, pero precisamente por haberlo soportado a usted cuando era niño. En lo que se refiere al video, aquí no vemos televisión”.

– “Está bien”, respondió el aspirante, un tanto amoscado por la frialdad de la recepción, “vengo a pedir entrada al cielo, basado en mi ayuda a los pobres, mi vida austera, mi siembra de armonía y misericordia entre ciudadanos y ciudadanas, mi apego a la verdad y mi valentía comprobada. Estoy seguro que ustedes, miembros del alba celestial, ya conocen mis credenciales”.

San Pedro no le respondió. En silencio abrió el libro, donde figuraban todas las acciones de cada aspirante. Su memoria ya no le bastaba pero el libro, elaborado por un staff de ángeles con trillones de años de experiencia, no se equivocaba nunca, era inapelable.

Y comenzó a leer: “La ayuda a los pobres que menciona el aspirante consistió en transferencias de dinero propiedad de la nación a la gente que lo seguía. No fue utilizado en programas que les permitieran educarse, emplearse e independizarse de la ayuda del estado. Vemos que uno de sus asistentes, un señor Giordani, promovió la tesis de que la consolidación del gobierno en el poder requería mantener pobres a los pobres, apenas dándole las dádivas que les obligaban a depender del estado, es decir, un sistema que los mantenía pobres y dependientes. Por tanto, ese primer alegato es considerado inaceptable. En lo que se refiere a su vida austera, no es esa la información que poseemos. El candidato que hoy se presenta ante nosotros compraba bienes personales con el dinero que no le pertenecía, en especial relojes costosísimos. Se vestía con los mejores sastres, llegaba a hoteles lujosos, en los cuales reservaba pisos enteros para su tren de acólitos. Viajaba en un avión comprado ilegalmente. Permitió que la familia y los amigos se enriquecieran de manera obscena. Repartía a manos llenas el dinero de su nación, a fin de lograr la lealtad de los beneficiados en su país y en el exterior, en aras de sus proyectos de engrandecimiento político. Por lo tanto, su segundo argumento es inaceptable”.

En lo relacionado con su “siembra de armonía y misericordia”, tenemos aquí al hermano Franklin Brito y al hermano Rosalio, quienes no fueron objeto de su misericordia. Su retórica en la Tierra fue incendiaria, agresiva, insultante, divisiva y no unificadora. Algunas de sus expresiones preferidas al referirse a sus adversarios fueron: escuálidos, pitiyankis, apátridas, frijolitos, plastas, freiremos sus cabezas en aceite, los aplastaremos, los haremos polvo, les sacaremos los tanques a la calle si ganan las elecciones, ni un centavo para las gobernaciones de los apátridas, no habrá luto por ese traidor CAP, los obispos son unos diablos con sotana, el crapuloso cardenal Castillo Lara…Hay mucho más de lo que aquí se menciona a título de ejemplo. Por lo tanto, dictaminamos que lo argumentado por el aspirante no tiene basamento en la realidad”.

Habla el aspirante a entrar al cielo, de su apego a la verdad y de su valentía. Pero sabemos que en su golpe de estado de 1992 fue acompañado de soldados a quienes – por admisión propia – llevó engañados. Les dijo que iban a un desfile militar y no a tratar de derrocar a un presidente electo constitucionalmente. Los condujo a la muerte. Y luego, lejos de liderarlos en batalla, se escondió en el Museo Militar. En ese golpe murieron civiles inocentes, incluyendo niños. Ellos están en cabeza de quien hoy nos pide entrada al cielo. Una vez en el poder prometió casas que nunca se construyeron, un engaño muy cruel para los millones de venezolanos quienes creían en él. Por ello no es admisible su alegato”.

Después de esta breve réplica de los auditores celestiales San Pedro lo miró fijamente y le dijo: “No eres un santo, pues ni siquiera has sido un buen hombre. Se te niega la entrada al mundo de los justos”.

Antes de que atinara a replicar, el candidato al cielo se encontró en un largo túnel débilmente iluminado por una luz que apenas le permitía ver el camino.

Desconsolado comenzó a caminar y, a cada paso, el túnel desaparecía a sus espaldas. A medida que avanzaba, el calor se acentuaba. Comprendió que pronto se reuniría con sus amigos.

4 pensamientos en “En el cielo tampoco lo quieren

  1. Muy bueno su relato señor, me encantaria leer la parte II. Si en realidad existe la justicia divina, a este personaje le toca vivir grandes consecuencias por su desempeño en este plano, una vez que llegue al final de ese tunel.

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