¿Por qué Maduro insulta así a Santos?

Rafael Guarín, ex viceministro de Defensa de Colombia

¿Por qué Nicolás Maduro se da el lujo de recriminar a Juan Manuel Santos y acusarlo de que le dio una puñalada por la espalda al recibir a Henrique Capriles?

¿Por qué el presidente colombiano calla ante la violencia oficial contra la oposición en Venezuela?

¿Por qué no se pronuncia ante el incumplimiento de la palabra en UNASUR de Maduro con relación a una auditoría completa y transparente de los resultados electorales?

¿Por qué hace mutis por el foro ante los ataques demenciales que Maduro lanza al expresidente Álvaro Uribe?

¿Por qué su gobierno admite, con su silencio, que este ataque criminalice al “uribismo”, al punto de que sus palabras pongan en riesgo la vida y la integridad de sus líderes, mucho más cuando sabe que en Colombia operan clandestinamente sus organismos de seguridad?

¿Por qué Santos va mucho más allá de la prudencia con el régimen chavista, al punto de que su “solidaridad “obvia que viola las garantías democráticas y los derechos humanos?

¿Por qué decidió pasar de tener una relación de “nuevo mejor amigo” con el chavismo a una sólida alianza política y ahora recibe un portazo por parte de Maduro?

¿Por qué cuestionó a las instituciones paraguayas y avaló la idea de que en ese país hubo un golpe de Estado, cuando en realidad sabe que se aplicó rigurosamente la Constitución?

¿Por qué aceptó en privado al presidente Daniel Ortega de Nicaragua acatar el fallo de la Corte Internacional de Justicia, que despoja a Colombia de 100 mil kilómetros cuadrados de su territorio, a pesar de que él mismo lo calificó de injusto y contrario a derecho?

¿Por qué en la Cumbre de las Américas la política exterior colombiana se alineó con los países del ALBA y en contra de la posición sostenida por el presidente estadounidense Barack Obama?

¿Por qué la Cancillería baila al mismo ritmo del bloque del ALBA, a pesar de que Colombia no hace parte de esa organización?

¿Por qué decidió relegar a la OEA para dar toda la importancia a UNASUR?

¿Por qué Santos congeló en el 2010 la aprobación del Acuerdo de Cooperación Militar entre Colombia y Estados Unidos que impulsó cuando era ministro de Defensa?

¿Por qué decidió entregar a Chávez a Walid Makled, la caja de pandora de los vínculos de la revolución bolivariana con el narcotráfico, y no a Estados Unidos?

Muy sencillo:

Alvaro Uribe Vélez

Durante el gobierno de Álvaro Uribe la política exterior colombiana fue un instrumento orientado a servir de soporte al combate contra guerrillas y paramilitares. Ahora, el presidente Santos alineó toda su política exterior al servicio del proceso de paz que adelanta con las FARC.

Así como Uribe adoptó el discurso planteado por Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, Santos decidió sumarse en lo esencial al de la izquierda latinoamericana para conseguir condiciones propicias para el proceso de paz. Cambió la agenda internacional para abrir espacios de confianza con las FARC.

Belisario Betancur

Belisario Betancur hizo algo similar de 1982 a 1986. Afilió a Colombia al Movimiento de Países No Alineados y rechazó la presencia de asesores militares “gringos” en Latinoamérica. Betancur también consideró indispensable replantear la política exterior para ganar simpatía con la guerrilla.

Santos juzga que Venezuela y sus socios tienen capacidad de influencia en las FARC al grado de llevarla a un “acuerdo de paz”. En realidad, el ambiente de izquierda en la región es un elemento favorable para lograrlo, pero es ingenuo pensar que los vecinos tienen capacidad de presión efectiva sobre los grupos terroristas, al punto de obligarlos a desmovilizarse. No conocen a las FARC.

Más allá de eso, lo grave es que las decisiones del presidente Santos en materia de política exterior en el hemisferio dejaron hace rato de ser voluntarias.

El gobierno quedó atrapado y no se puede mover un ápice de los intereses de Venezuela y de sus socios so pena de afectar el proceso de paz, y con ello, su reelección. Su afán de llegar a un “acuerdo” con las FARC y haber apostado a una alianza con Hugo Chávez para ese objetivo, terminó dejándolo en las manos de cubanos y venezolanos.

Santos se convirtió en una ficha que se mueve en el guion que esos dos gobiernos tienen para expandir y consolidar el proceso revolucionario en la región. Quedó preso de su propio invento.

Se planchan orejas

Alberto Barrera Tyszka

Escuchar confesiones ajenas suele ser una experiencia estremecedora. En 1947, John Cheever publicó en The New Yorker el relato de una familia que compró un aparato de radio que, en vez de sintonizarse con las estaciones del dial, de pronto comenzó a transmitir escenas de la vida cotidiana de algunos de sus vecinos. Es una situación insólita. Enciendes la radio y no escuchas a César Miguel Rondón leyendo el país, sino a tu vecina del 7B amenazando a su marido con un divorcio. Te enteras de algo que no esperabas, de algo que posiblemente tampoco querías saber. A veces, la verdad llega de oídas, de retruque.

Mario Silva sólo necesitó 50 minutos para mostrarnos la vida privada de la revolución.

La conversación con Palacios fue más bien un monólogo.

Fue como escuchar un espectáculo unipersonal. El gordo se confiesa. Oyéndolo, podías imaginarlo. Sentado, tranquilazo, con la soberbia seguridad del poder, hablando desde la eternidad, diciéndole “hijo de puta” a Cabello, “sapo” a Arreaza; dejando a Maduro como un bolsa, sometido por la cuaima de su mujer; acusando de corrupción a medio mundo, develando el control de las instituciones por parte del gobierno, haciendo evidente la injerencia cubana en los centros de poder del país…

Sin guión y en confianza, Mario Silva le regaló al país una verdad. Un asco en el que la mayoría de los venezolanos podemos creer.

La respuesta del oficialismo fue tímida y errática. Empezando por el mismo Silva, quien se apresuró a escribir en Twitter que todo era un montaje del Mossad.

Pero, luego, la aparición de Maduro y de Cabello juntos, en el Palacio de Miraflores, lució forzada y áspera. Ya a esta altura, tanto ellos como sus asesores deberían saber que ninguno de los dos es un gran actor. No tienen ese don. Las declaraciones posteriores tampoco fueron afortunadas. Maduro habló de “guerra psicológica” y Cabello repitió una canción que no es suya: “Águila no caza moscas”. Lo demás fue hojarasca, formas diversas de eludir la realidad.

Sólo quieren que el tiempo pase. Su estrategia más efectiva es el olvido. Sólo esperan que nuestra memoria los perdone.

Pero el problema es que, aun a pesar de aquellos que ahora se esfuerzan en demostrar que Mario Silva no es un personaje importante dentro del chavismo.

El conductor de La Hojilla es también una de las representaciones más legítimas de la herencia de Chávez.

Ese espacio, transmitido en VTV cada noche, era el único programa de la televisión venezolana que, de manera reiterada, Chávez confesaba seguir. La Hojilla, además, era el espacio simbólico de la “verdad revolucionaria” en contra de la “mentira mediática”. A eso supuestamente se dedicaba cotidianamente. A “desmontar” la farsa noticiosa del adversario. A “desactivar” los embustes orquestados por el enemigo. Silva era la moral, la luz en contra de las sombras.

¿Qué pasa, entonces, cuando ese mismo personaje aparece diciendo que todo es una mierda, contándonos que la revolución es un fracaso?

No hay que olvidar, tampoco, que el mismo Chávez le alzó la mano a Mario Silva y trató de convertirlo en político, en candidato, en líder.

No es, pues, alguien que se puede descalificar fácilmente. Y eso también se delata en el monólogo.

Silva habla con autoridad. Sólo luce arrastradito cuando alude a Fidel Castro.

Pero del resto es una autoridad repartiendo juicios. No sugiere, no intuye, no propone. Silva sentencia. Pontifica hasta sobre el caudillismo y el papel de la mujer en nuestra historia. Convierte todas las especulaciones sobre la batalla entre Maduro y Cabello en una patética evidencia.

Desnuda al PSUV y lo saca en cueros al escenario.

Lo más sorprendente es que el oficialismo, encima, pretenda pasar agachado. Ahora quieren escapar de la historia.

Cuando la mayoría oficialista niega la posibilidad de debatir este caso en la Asamblea Nacional, sólo está quedando mal frente al pueblo, sólo sigue restando votos. Es otra forma de imponerse, de callar a la gente, de tratar de tapar la realidad con golpes de silencio. En vez de enfrentar lo que ocurre con coraje y transparencia, miran hacia otro lado, hablan de otra cosa, esperando que la voz de Mario Silva se diluya. No hay ninguna postura públicamente crítica dentro del gobierno. No hay ni siquiera una pregunta.

Hacerse los locos también es una forma de mentir.

En “El suplicio de las moscas”, Elías Canetti deja caer una frase maravillosa en mitad de una página: “Un país donde se planchen las orejas”. Lo extraordinario de los aforismos es su brevedad y su enigma, la cantidad de posibilidades de lectura que ofrece una línea que flota sobre el papel. Siempre me ha fascinado esa imagen, la idea de lavar, limpiar y alisar los oídos. Como si fuera una reacción natural, la consecuencia saludable ante todo el ruido que escuchamos.

Se planchan orejas. Porque lo peor no es lo que se diga. Lo que se escuche. Lo peor es que después no pase nada.

Una manada de corruptos está por comenzar su estampida

Henrique Capriles Radonski

Los venezolanos tenemos demasiado tiempo esperando. Hoy, las instituciones siguen poniéndonos por debajo de las prioridades partidistas que quienes las encabezan y exhiben sin ninguna vergüenza.

Sin embargo, el pueblo ya no se deja engañar por esos enchufados, que ya empiezan a tener conciencia de que la justicia llega. Cada familia venezolana de cada pueblo y cada ciudad saben quiénes son los que quieren obstruir la justicia, el progreso y el futuro de Venezuela.

Lo que no esperaban desde los altos puestos del partido de gobierno es que sus bases, cada vez más decepcionadas, iban a mantener encendidas sus esperanzas en tener un mejor país, a pesar de la ineficacia y la corrupción.

Creyeron que iban a cansar a un pueblo que es incansable. Creyeron que a punta de violencia y bravuconadas iban a asustar a los millones que queremos que las cosas cambien. Creyeron que iban a hacer que el pueblo se acostumbrara a vivir en condiciones inaceptables. Pero el 14 de abril se llevaron una sorpresa que todavía no saben dónde esconder.

Ni la complicidad de un CNE secuestrado por enchufados partidizados, ni siquiera un TSJ que se hace el loco delante de lo que todos los venezolanos vemos con los ojos bien abiertos, ni con un monopolio mediático que los ha llevado al desespero de casi llevar más cadenas que días de gobierno.

Nada de eso ha logrado borrar de nuestros hermanos y nuestras hermanas la convicción de que este país cambió y de que quienes están cometiendo sus últimas arbitrariedades

son una manada de corruptos que está por comenzar su estampida.

Intentaron esconderse detrás de la esperanza de la gente y detrás del dinero que pertenece a los venezolanos. Pero se les acabó el estado de gracia y se pusieron en una situación comprometida: hoy la principal víctima de sus propias trampas es Nicolás. Y ahora no saben qué hacer con eso.

Durante 14 años engañaron a un pueblo prometiendo y disponiendo. Hoy simplemente han demostrado que no pueden gobernar un país y que, peor aún, son incapaces de asumir las responsabilidades de este desastre. Siguen buscando culpables como quien busca fantasmas, cuando todos sabemos que los culpables son esos que están mal gobernando el país.

Nos condujeron a una crisis económica por su ineficacia y ahora no saben cómo sacarnos de ella. Construyeron esta crisis política por estar aferrados al poder y ahora no saben cómo legitimar una farsa que ya ni su militancia les cree. Armaron las condiciones para que haya una crisis en la que no se respeta la vida de los venezolanos y ellos mismos han visto cómo se les escapa de las manos el asunto de la inseguridad con 20 planes que han sido un fracaso tras otro.

Eso no se oculta con cadenas, Nicolás. Eso no se oculta con violencia. Eso no se oculta inventando fantasías de conspiración que nadie cree.

Las crisis se resuelven. Los problemas se atienden. Los obstáculos se superan. Pero para eso tiene que estar al mando alguien que sepa lo que debe hacerse, con un equipo capacitado y una planificación verdadera. Los venezolanos estamos esperando soluciones y Nicolás y su equipo no dejan de demostrar que son unos incapaces.

Hoy en el gobierno central el único talento que se exige es la fidelidad a un proceso que se volvió puro humo.

La preparación, la honestidad y la sensatez han pasado a un segundo plano. Venezuela no merece que la siga gobernando una banda de incapaces que saben que llegaron ahí por repetir consignas y obedecer los caprichos de otro.

El pueblo lo sabe. Por eso el 14 de abril pasó lo que en Miraflores y en el CNE saben que pasó. Lo que nosotros sabemos que pasó. Lo que el Tribunal Supremo de Justicia sabe que pasó. Sin embargo, hoy los venezolanos estamos esperando una respuesta del TSJ, cuando desde hace rato se le vencieron los plazos para la admisión y el pronunciamiento.

Esos que creen que el poder dura toda la vida, terminan siendo castigados por la historia y por el pueblo porque el poder es un préstamo del pueblo, del electorado, de las familias a las que hay que cumplirles y servirles, hayan votado por uno o no. Ellos olvidan eso porque en su partido creen que una tolda política es el Estado, y se equivocan de cabo a rabo: el Estado hoy está siendo usurpado por la complicidad y la trampa.

Y, como dice la sabiduría de nuestro pueblo, la tramposería sale. Pero lo peor es que cada una de las decisiones equivocadas que toman afecta la vida y el futuro de los venezolanos y las venezolanas de bien.

¡Reconozcan que no pueden con el monstruo que ustedes mismos han creado, señores del partido de gobierno!

Es más que evidente que en su equipo de trabajo, ese donde los mismos enchufados cambian de puesto cada vez que pueden, no es la gente que sabe hacer las cosas bien.

Hoy están despilfarrando mucho más que el dinero de la nación, están derrochando las esperanzas y el futuro de los venezolanos, y ninguno de ustedes tiene el derecho de hacerlo. Basta del extravío en que tienen al país. Reconozcan que dejaron que el proyecto se les desgastara en las manos, revísense y dejen de impedir que a Venezuela llegue el futuro.

Es lo mejor, incluso para ustedes, al menos para que tengan la oportunidad de ver cómo un buen gobierno sí puede llevar este país hacia adelante. Ese buen gobierno que los electores exigieron el 14 de abril y que ustedes se niegan a entender, porque no sabrían qué hacer al bajarse del poder donde hoy se encuentran encaramados.

¡Dejen que el progreso y el futuro lleguen a la vida de los venezolanos!

Existe un nuevo liderazgo que sí sabe lo que hay que hacer para tener el país que merecemos. Somos millones y somos más, eso no podrán ocultarlo porque es una realidad palpable, no una fantasía más mostrada en televisión y en cadena nacional

Esta lucha que estamos llevando adelante es por la verdad, y la estamos ganando. ¡Que Dios bendiga a Venezuela!.

Humillación infinita (Ese diálogo de bandoleros)

El castellano de Venezuela es hoy una lengua muerta: la sociedad no tiene manera de decir basta. No hay, en el lenguaje o en algún sistema abstracto (incluidas las leyes y las instituciones), forma eficiente de detener esta degradación desenfrenada.

La conversación entre un coronel de las fuerzas armadas cubanas y Mario Silva, sicario de Hugo Chávez, a quien éste encargaba de perpetrar sus asesinatos morales, ha puesto a Venezuela frente a una realidad que el país intentó por todos los medios desconocer: hemos sido ocupados por una impotencia extranjera.

Los hijos de los libertadores del siglo XIX hemos sido colonizados por una islita hambreada, presa de una tiranía de más de medio siglo, destino turístico sexual de Europa e incubadora de un patético destino humano: la jinetera y su intrincada red de chulos.

Esta vergonzosa certeza se había mantenido elusiva, pese a la presencia indisimulada de agentes del castrismo en todos los estratos del poder, incluidos las fuerzas armadas, todos los ministerios, los registros mercantiles, las oficinas de extranjería y, naturalmente, los dos jefes del Estado que ha dado el chavismo cuya cautividad de La Habana es evidente en el acento antillano con que hablan.

Lo teníamos delante. Era cotidiano, agobiante, abyecto e ignominioso. Y, sin embargo, se mantenía subterráneo.

Ese diálogo de bandoleros que tuvimos que tragar es la evidencia definitiva, la demostración concluyente que no podremos soslayar, de la deshonra que nos tizna.

A presenciarlo, con bombos y platillos, nos invitó la oposición democrática, a través de los reiterados mensajes de Henrique Capriles, quien voceaba en las redes sociales como quien empuña un megáfono para publicitar, en las calles de una aldea, la inminente función de circo.

Con innecesario y pueril suspenso, la grabación fue anunciada como si se tratara de un logro de la oposición, del país, de algún venezolano, de algo positivo que por fin hubiera ocurrido.

Muy lejos de eso, era el reventón de un pozo séptico que en su estallido no sólo dejó pringado al presidente de la Asamblea Nacional, cubierto de insultos y de imputaciones, al Ejército de Venezuela, a muchos altos oficiales de la Fuerza Armada, al Consejo Nacional Electoral, al partido de gobierno, a ciertos directivos de VTV, al Presidente de la república impuesto por el CNE, a la primera dama… no sólo enterró a estos en una montaña de vituperios, sino, lo más importante, es que aplastó al pueblo venezolano al restregarle en la cara su subordinación a los Castro y su soldadesca.

Lo más prominente del monólogo de Silva es la constatación, por boca del gran vocero del chavismo (después de Fidel Castro y Hugo Chávez), de que en Venezuela no se mueve una hoja sin aprobación de los Castro y sin que suponga un beneficio para su régimen.

Los recursos de Venezuela, sus instituciones, sus tradiciones democráticas, culturales y espirituales, la dignidad de los venezolanos, lo más sagrado de la república, todo es leña para la hoguera que mantiene tibios los cadáveres insepultos de los Castro.

Nuestro país es bodega para el saqueo cubano, con la connivencia, naturalmente, de sus cómplices locales. El Presidente es un bobo que ellos naricean. La industria petrolera es botín que ellos controlan.

No es la primera vez que la tiranía cubana pone en riesgo sus intereses de ultramar por esa necesidad de jactarse del dominio que ejercen sobre otros países. Mucho de eso ocurrió en la isla de Granada, donde se cebaron como garrapatas e hicieron exhibición de su asalto hasta extremos intolerables…

O en el Chile de Allende, donde Fidel Castro no sólo distribuyó sus comisionados sino que se instaló por tres semanas, recorrió el país, se permitió manifestar su escepticismo frente a la vía pacífica de Allende y, en el acto de despedida del Estadio Nacional, insultó a la oposición chilena.

Por algún vericueto de su perversa psicología, a los cubanos no les basta ejercer su hegemonía, necesitan aún prendas de vejación. Ya las tienen. No nos han ahorrado afrentas.

Tanto se han llevado que también nos han dejado sin las palabras necesarias para consolar el alma lacerada y dar inicio al relato que contribuya a suturar el país malherido.

Este es un país normal

Alberto Barrera Tyszka

Me estrenó el día un vecino que me atajó en el pasillo con un codazo y media sonrisa socarrona:

¿Y entonces? ¿Cómo te preparas para el domingo?”, me preguntó, como si fuera mi entrenador deportivo personal. Luego me dio dos palmadas en la espalda y me ofreció su mejor mueca de complicidad: “Vas a escribir sobre el papel tualé, ¿no?”.

El hombre también tenía ideas. Alguna cosilla creativa se le había ocurrido después de escuchar el anuncio oficial de la importación de 50 toneladas de papel de baño.

Por ejemplo: “Podrías decir que esa es la mejor prueba de que el país está como el culo, ¿no te parece?”. Y se rió, feliz, orgulloso de la frase. Me acompañó un rato comentándome lo importante que sería relacionar la famosa “soberanía alimentaria” con nuestra precaria situación de papel higiénico, hablar de la obra del Gobierno como una letrina: “¡Sin pudor! ¡Dales duro, Barrera!”.

Pasé el resto del día pensando en esa capacidad tan nuestra de someter los conflictos con humor, de aflojar y digerir la realidad a punta de picardías, ingenios y chistes.

Siempre encontramos una vuelta para convertir la risa en una forma de indignación.

Se trata de un método natural para sobrevivir. Es probablemente nuestra mejor terapia cotidiana. Por eso alguien como Laureano Márquez es casi nuestro Freud particular. La indignación sigue ahí, tensa, creciendo, pero el humor nos ayuda a administrarla, nos ayuda a creer que todo lo que ocurre es, de alguna manera, normal.

Pienso que la noción de normalidad podría ser un gran indicador de lo que pasa en el país. Una forma, una ruta para rastrear e indagar sobre este proceso.

Tal vez, una historia menuda y atenta de las variaciones y mudanzas de lo que consideramos “normal” podría darnos una versión de lo que ha pasado en nuestra sociedad durante todos estos años.

Cualquiera podría hacer una lista, el ejercicio de mirar cómo, en el tiempo, se ha ido constituyendo un nuevo orden de lo natural.

Es normal sospechar que tu teléfono puede estar pinchado. Es normal pronunciar la palabra dólar en voz baja.

Es normal tener un guardadito en efectivo, escondido en un lugar de la casa, por si acaso a ti o a alguien cercano le toca un secuestro express.

Es normal hacer colas en el supermercado y preguntar qué cantidad de kilos de arroz o de paquetes de harina puedes llevar.

Es normal que el Presidente encadene todas las radios y televisoras cada vez que le da la gana.

Es normal no salir de noche. Y haber tenido que ir alguna vez a la morgue, por desgracia, también es normal.

Imponer una hegemonía implica imponer una identidad, una nueva lógica, con un sentido común diferente, con una versión distinta de lo absurdo.

Ahora es normal que Diosdado Cabello quiera dar un golpe de Estado en la Asamblea Nacional.

Es normal que les quite la palabra y los cargos, que amenace con quitarles también los sueldos, a los diputados de oposición, diputados que -por cierto- sacaron más votos que los diputados oficialistas en las últimas elecciones parlamentarias.

Es normal, entonces, que un militar, abusando de su poder, desconozca y traicione la voluntad de la mayoría del pueblo.

Que el Presidente insulte públicamente a cualquier ciudadano es supernormal.

Que los ministros pasen más horas en la televisión que en sus lugares de trabajo también es normalísimo.

Que te asalten en el Metro, en un cine o en un entierro no tiene nada de raro.

Es normal que seamos un país rico y que tengamos una de las inflaciones más altas del mundo.

Es normal que Globovisión deje de ser un canal crítico y que el gobierno proponga que la Fuerza Armada tenga también un canal de televisión.

Es normal que cualquiera se vista con la Bandera Nacional. Es normal que todo el mundo hable de Dios.

Es normal que el Estado sea la propiedad privada de un grupete, que los cubanos se encarguen de nuestras cédulas de identidad, que los periodistas vivan bajo sospecha y que un animador de televisión demande acciones legales en contra de quienes no son sus fans.

En su primer mes de gobierno, Maduro ha denunciado varias conspiraciones, un apartheid mediático destinado a “invisibilizarlo”, dos o tres proyectos de golpes de Estado, un nuevo plan de magnicidio, más de un complot internacional y algunas guerras de cuarta o de quinta generación. Todo esto en solo treinta días. Normalito, pues.

Maduro ha hecho lo imposible por ganar legitimidad pero no lo logra. Pareciera que no sólo estamos ante una crisis de un liderazgo sino también de un modelo, de un sentido de la normalidad que quizás empieza a hacer agua.

A la semana de ser apresuradamente juramentado como presidente, Nicolás Maduro viajó a La Habana y firmó un acuerdo de cooperación por 2.000 millones de dólares. Eso también es normal.

Tan normal como, pocos días después, anunciar la importación de las benditas 50 toneladas de papel de baño. A veces mi vecino tiene razón: ya todos sabemos cómo está el país.

Rescate en TV (Así fue como el Mossad grabó a Mario Silva)

Laureano Márquez

Te la vi a las 4:45 a.m., enero 20, 2013

Un avión militar israelí F-4 Phantom marca Nighthawk, despega de la base militar David Ben Gurión. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, despierto inusualmente a esta hora por lo delicado de la operación que estaba a punto de iniciarse, observa desde los hangares la maniobra de despegue.

Una operación ultra-secreta está a punto de iniciarse. Ni siquiera los tripulantes saben bien a dónde se dirigen. Solo que desde hace algunas semanas recibieron una extraña instrucción de entrenamiento: “¡no se rasuren, cero hojillas!”.

Jerusalén (una semana antes, a golpe de 11:30 a.m.)

En la zona árabe de Jerusalén, en una panadería que está como quien viene del Santo Sepulcro hacia el barrio armenio (armenio que la hayan expropiado) cruzando a la izquierda, un fraile franciscano de los custodios de los Santos Lugares compra 10 shekels de pan de a medio shekel, recibiendo en total 20 panes.

Al interior de uno de ellos, se encuentra un microchip de ultra-grabación sonora satelital con edición automática de sonido de rebote polar. De la nada, un comando palestino provisto con gorras de la bandera venezolana (de las de Henrique Capriles, para confundir) le corta camino al supuesto franciscano, que es en verdad un agente encubierto del Mossad (nombre clave Noel M, alias papá Noel).

Éste, rasgando su hábito, como el Sumo Sacerdote el día del interrogatorio de Jesús en el Sanedrín y dejándolo atrás, corre ­provisto de braga negra y lentes oscuros y ametralladora en mano que le lanza desde una venta de recuerditos un comerciante­ abriéndose paso entre peregrinos cargados de cruces, hacia la Puerta Dorada para escapar por ella hacia el monte de Los Olivos, donde se encuentra la iglesia Dominus Flevit (que recuerda el llanto del Señor ante la ciudad de Jerusalén).

Solimán el Magnífico, también conocido como “El Cierra Puertas”

Se ve que este agente no es jerosolimitano, pues la llamada Puerta Dorada, también conocida como Puerta de la Misericordia o Puerta de la Vida Eterna, permanece cerrada desde 1541 por orden de Solimán el Magnífico (también conocido como “El Cierra Puertas”) para evitar la entrada del Mesías, que según la tradición entraría por ella.

Al hallar cerrada la puerta, el agente del Mossad sube por las escalinatas de la muralla y un helicóptero lo rescata.

El microchip de ultra-grabación sonora satelital con edición automática de sonido de rebote polar, está a salvo. El agente saca el microchip del pan, aprovecha de untarlo con humus de garbanzos (al pan, naturalmente) y se dispone al mossad. Su misión ha sido un éxito.

Caracas, abril y mayo 2013 (horas de la noche)

Un avión de placas desconocidas sobrevuela Los Ruices todas las noches.

Los vecinos de la zona afirman que al pasar sobre el llamado canal de todos los venezolanos el avión se relenta. Expertos en audio de edificios vecinos dan fe de que un micrófono direccional del tipo alfa K”27 de fabricación belga, apunta cada noche hacia los estudios de grabación cada vez que el avión pasa, sin que ningún radar de nuestra Fuerza Aérea lo detecte, recogiendo cada noche registros sonoros reconstruidos vía reprogramación robótica de voz y pensamiento, un nuevo sistema de los servicios de inteligencia japonesa.

San Bernardino, Caracas, mayo 20. 3:45 a.m.

El diputado Ismael García intenta entrar a orar a la Sinagoga, pero el vigilante de guardia le advierte que no puede entrar sin kipá. Ismael advierte que Kipá no pudo venir porque anda en viaje secreto a Washington por encargo de la MUD. Inmediatamente le pregunta al vigilante si no le dejaron un CD con una grabación de audio. El vigilante le interroga: ­¿Cómo es que me dijo que se llamaba usted? ­Ismael García…

­Ah sí, aquí tengo un sobre pero no dice para quién es… solo pone “grabación secreta del programa VTV”.

­Sí, ese es, dice Ismael, mientras un escalofrío le recorre la columna vertebral. No por la emoción del éxito de la operación, sino porque recibe un mensaje de texto anunciándole que está llegando Harina Pan al Plaza’s de Lomas de La Lagunita y él está en San Bernardino. Ismael piensa por un momento en abortar la rueda de prensa convocada para ese día.

Al momento resuelve el dilema existencial: la patria estará siempre por encima de la arepa.

Ismael se retira picando cauchos rumbo a la Cota Mil. El vigilante de la Sinagoga levanta el rostro de su escritorio, su celular repica y un nombre aparece en la pantalla: Netanyahu. El custodio responde con un mensaje de texto: “operación exitosa… saludos, Papá Noel”.

El resto de la historia es conocida. Ese día supimos cosas que nunca nadie se habría imaginado.

“Entonces, Mario Silva, te sacaron del aire”

Esteban Rojas

Adiós a La Hojilla. Al fin hubo alguien dentro del alto gobierno que no te perdonó. Se fue Chávez el que te mantenía y te apoyaba y hasta te consintió a placer en su deleite.

¿Te das cuenta, Mario Silva, cómo son las cosas?

¿Cuándo no hay un líder que se respete y ponga orden con autoridad, cualquiera manda?

Y vaya usted a saber de quién fue la orden. A lo mejor yo sí sé. Te agarró –Mario- un Gx fuera de base y sin oír tu defensa: dictaminó: donde manda capitán no manda marinero y, es que ese supuesto capitán a donde llega hace de las suyas con un poder que ninguno de nosotros le ha dado.

Nada es eterno y como tal hay que acogerse al refrán: El amor y el interés se fueron al campo un día y más pudo el interés que el amor que tenía. Recuerda Mario, hoy por ti y mañana por él. No hay nada escrito sobre el particular. Y, el que te traicionó es un vendido. Te confiaste. Y eso que tú creías que vivías en revolución y en revolución vives. Vaya casualidad.

Entonces, Mario Silva, sólo te queda, pedir como cualquier ciudadano: un crédito e irte al campo a sembrar rencores que a lo mejor recoges buen fruto.

Coño, Mario, te aplicaron la consigna de Rómulo Betancourt: Disparen primero y averigüen después con algo de severidad que si metimos la pata qué más da.

Y así fue. Te jodieron.

La vesícula de tus agallas se las llevó Ismael García con el diagnóstico preciso: muere callado y, todo lo que puedas decir, será tomado en tu contra y, de vez en cuando distráete con Chávez cantando el Himno Nacional que a lo mejor te da la fuerza moral que necesitarás en lo adelante.

Todo el tiempo que duró el programa, La Hojilla, el lunes en la noche y parte de comienzo del martes siguiente: estuvimos pendiente de la llamada de apoyo que el señor presidente Maduro, hijo de Chávez, te haría como un desagravio al compañero –supuestamente-implicado en la grabación difundida por la oposición y, cuando finalizó él mismo te dije,

adiós, Mario Silva, eres un cadáver sin La Hojilla,

y fue más importante esa noche, la entrevista primero con Gustavo Cisneros de Venevisión, cuyo personaje no ha dejado de conspirar contra los chavistas y, es una de sus compañías la encargada de montarle en el país los espectáculos al ahora vago-fascista-asesino Capriles y, después le correspondió a Omar Camero de Televen.

Qué de recuerdos le pudieron haber pasado por la mente al presidente Maduro al estar frente a esa gente que siempre odió a Chávez. Eh, Mario Silva, has un ejercicio de precaución a ver qué te imaginas y, qué le pudo haber dicho Sancho a don Quijote en tal caso.

¿Por cuánto le saldrá al país esas dos entrevistas si esos son hombres de negocios como buenos capitalistas que son?

Acaso soy temerario. Alguien, Mario Silva, sabe o puede explicar con lujo de detalles lo tratado –recuérdese que estamos en democracia revolucionaria. Y el pueblo chavista está ávido de motivos revolucionarios aleccionadores.

Vendrán muchos amaneceres –amigo, Mario Silva- y, ojala no te pierdas en el camino, mira que el camino está allí y, aunque hay muchas corrientes buscando desahogo que se mueven dentro de los chavistas que en cualquier momento parece sr que se han dado cuenta que el único líder que siguen los chavistas es a Chávez, aunque esté reposando en paz en el Cuartel de la Montaña.

Se sabrá algún día quién fue el responsable de sacar a Mario Silva y a La Hojilla del aire y por orden de quién. Creo que deberían decírnoslo de una vez antes que Mario se internalice vesicularmente de superfluo.

Y, ahora quién podrá defendernos de tantos ataques cómplices, nacional e internacionalmente, de la canalla mediática.