Les regalamos a Maduro

Eleonora Bruzual

Maduro es un presidente ilegitimo, eso está más que probado, pero además es un hombre infinitamente mediocre, sin capacidades de liderazgo, de mando y sin conciencia del ridículo.

Maduro por carambola está en la presidencia de Venezuela y desde ella -presidencia espuria- le está mostrando al mundo que no sólo tiene el don supra normal de hablarle a los pajaritos, sino que posee una capacidad ilimitada para el ridículo y ésta ya es impronta de su régimen fraudulento.

Maduro es un comisario político de tercer orden, condición que los tiranos Castro tuvieron muy en cuenta para recomendárselo a un hombre moribundo; y éste, con sus capacidades mermadas por la angustia y los estragos de la enfermedad, tomó en cuenta y lo nombró su heredero.

Maduro ha resultado como esos hijos bobos que heredan una gran fortuna y en un lapso muy corto la desaparecen. Como el fulano Reich de los mil años, la “Revolución bonita” que garantizaba manutención a cuerpo de rey para todos los grandes chulos de la izquierda y para los vivarachos mercachifles negocios, comisiones, petróleo regalado, una nueva colonia y un país que en 14 años pasó de ser una república a ser terreno, tierra invadida y arrasada.

“Casa grande”, nombre de burdel que ha terminado cuadrándole perfecto, dado que es guarida de narco guerrilleros, de terroristas y de antisociales que, como a panal de rica miel, se acercan y golosos posan sus patas en él.

Con Maduro tampoco hay nada muy nuevo. Con él, si acaso vivimos la exacerbación del horror agudizada por su mediocridad y por la de los caporales del caudillo muerto.

“Chávez logró que nuestro país sea una tierra dividida por el odio”

Aquí, mis apreciados lectores, nada es nuevo; seguimos transitando las mismas rutas desastrosas que caminamos desde hace más de 14 años, las rutas del odio, de la violencia, de la obstinada pretensión de unos vándalos empoderados de borrar toda disidencia e imponer el pensamiento único, la sumisión miedosa, la exclusión.

Mucho de eso lo logró el difunto o como ahora lo dan a llamar ellos, “El gigante”, gigante rojo sembrador de hambre y muerte, porque ni siquiera lo podemos comparar con el otro famoso gigante, el verde cultivador de habichuelas.

Chávez logró que nuestro país sea una tierra dividida por el odio. Una tierra donde la muerte violenta se hizo cotidiana y los cadáveres de las víctimas colapsan las morgues, pero nada pasa.

Sigue el odio, ahora instigado por Maduro un comisario político de tercera y el resto de una banda donde el único carismático, el único intuitivo, el único simpaticón, era el capo difunto. Y esto no es nuevo.

Esto no sucedió a partir del 8 de diciembre del 2012 cuando Chávez se fue a morir a su amada Cuba. No, ésta es la cosecha del gran cultor del odio, del golpista que intentó -en 1992- derrocar un gobierno democrático y legítimo, y asesinar al presidente constitucional, a su esposa y familiares. Porque pareciera que se les ha olvidado a muchos, quién fue Hugo Chávez.

Porque ese muerto, por muerto, no pasó a ser un santo ni tampoco un gran presidente. No podemos desconocerle la autoría. Con Chávez comenzó el horror, él entregó el país a los cubanos, a la izquierda chula.

Él fue un farsante con un discurso mentiroso y un hacer delincuencial. El instituyó el fraude, el robo al tesoro público. El convirtió la justicia en un remedo para sus planes; o por ejemplo, a la jueza Afiuni ¿quién la puso presa, y a los comisarios?

¿Quién convirtió al hampa en brazo armado para aterrar a los venezolanos?

¿Quién torturó a los niños y a los ancianos de Los Semerucos, un campo petrolero donde hace ya más de 11 años, una población indefensa y asustada conoció la garra letal de la barbarie empoderada?

¿Quién obligó al destierro a miles de venezolanos?

¿Quién entregó el Esequibo?

¿Quién nos convirtió en caja chica de una América Latina dominada por el ñangarato ladrón?

¿Quién permitió que asesinaran impunemente a la señora Maritza Ron, a las víctimas de la Plaza Altamira, incluida Keyla Guerra una niña masacrada por el tan respetado “Caballero” Gouveia, aquel portugués cegado por el odio quien fue brazo ejecutor del terror hecho estrategia?

¿Quién mandó a asesinar al joven abogado Antonio López Castillo?

¿Quién sembró el odio en nuestro pueblo, quién le abrió el país al terrorismo internacional?

¿Quién desencadenó el antisemitismo en Venezuela?

Chávez fue un truhan con carisma, pero un truhan al fin, que no se olvide nadie de eso.

Y ahora Maduro, un infeliz engolosinado con un poder ilegítimo, pone la guinda a la macro torta. Diosdado Cabello, un tenientico golpista quien es hoy el caporal de una Asamblea Nacional, lo secunda.

Capriles le ha puesto “un parao” al abuso, a que se sigan creyendo los dueños del país, a seguirse cebando en el fraude, la trácala y el abuso.

Ni las acciones asesinas de una pandilla roja en “funciones” legislativas, pararán esta fuerza libertaria de un pueblo que vuelve a ser bravo y sigue a un líder valiente.

Ni la complicidad rastrera de países cuyas poblaciones encontraron muchas veces en Venezuela el refugio seguro, el lugar para rehacer vidas y sueños, parará la vuelta a la democracia.

Realmente los venezolanos no les necesitamos. Nuestra historia reseña que somos un pueblo que lucha solo; y de esas luchas, logra la independencia de otros.

Quédense con sus complicidades y también con Maduro, un mononeurónico sin conciencia del ridículo, que quizá puedan entrenar para maestro de ceremonia de un circo que, si se descuidan, se llamará América Latina.

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