Comenzó la transición

Ángel Oropeza

Si se entiende por “transición” –tal como la describe el diccionario–  la acción y efecto de pasar de un estado a otro distinto, o como un cambio en un modo de ser o estar, Venezuela vive ciertamente una etapa que puede calificarse con estricta propiedad como transicional.

En otras palabras, estamos en medio de un proceso innegable –aunque a veces no tan visible para todos– de cambio político.

Veamos brevemente algunas razones que sustentan esta afirmación:

1) El líder que personificó en exclusiva al único otro modelo político de dominación legitimado popularmente, distinto al de la democracia representativa post-1958, ya no está, aunque el gobierno se empeñe en una resurrección mediática que ha resultado inútil, a decir de los últimos estudios de opinión pública.

2) El gobierno legalmente constituido sigue teniendo hoy un problema serio de legitimidad de origen, dada las dudas que todavía existen en un importante sector de venezolanos, según las encuestas, sobre el verdadero resultado de las elecciones presidenciales del pasado mes de abril.

3) El 14 de abril, desde el punto de vista político, marca el fin del proyecto hegemónico oficialista tal como lo conocimos hasta ahora, dado que resulta muy difícil  la conservación de un modelo de hegemonía política con más de la mitad del país en contra, salvo que se recurra al uso de la represión y la fuerza.

4) La oposición organizada en la MUD, pasó a ser la primera fuerza política del país, con casi un millón de votos más que la tarjeta del PSUV.

5) La unidad opositora aparece hoy fuertemente consolidada, con un liderazgo visiblemente claro e incuestionado en la persona de Henrique Capriles.  Por el contrario, el otrora incólume liderazgo oficialista, centrado indiscutiblemente en la persona del presidente anterior, muestra hoy signos inocultables de fragmentación y dispersión interna.

6) El modelo económico de sustento del oficialismo, basado en la tesis del “socialismo petrolero”, se agotó, como le evidencia el caso único en el mundo de una nación que presenta simultáneamente decrecimiento económico, altísima inflación, y elevada escasez, a pesar de tener los ingresos petroleros más altos de toda su historia.

7) La polarización que venía caracterizando al país desde hace más de una década, comienza a ser revisada, sobre todo a partir de datos como la inesperada migración de más de 800 mil electores que sufragaron por Chávez el 7 de octubre y pasaron a votar por Capriles el 14 de abril.

8) El llamado “chavismo” es cada vez más una referencia histórica, pero que se desdibuja en el ejercicio presente de gobierno de la actual clase política. En sentido estricto, lo que hay es un “madurismo” en el poder que lucha contra otras facciones derivadas del anterior chavismo, todas en pugna por preservar lo que queda de la  herencia política del modelo precedente.

Todos estos síntomas conforman una situación imposible de predecir hace apenas unos meses, y que no sólo demuestran la importancia de huir de la visión determinista y linealmente predecible de la política, en la que todavía creen algunos, sino que permiten describir el momento actual como diametralmente distinto al que veníamos  observando los últimos años.

Por supuesto, una cosa es constatar que el país se encuentra en una situación de transición y otra poder afirmar el “outcome” de este proceso.

Existen varios escenarios posibles de resolución de la transición, desde una implantación progresiva y estabilización del madurismo (lo que constituiría una nueva etapa del mismo ciclo de autoritarismo con fachada constitucional de los años anteriores), hasta una crisis de gobernabilidad por acumulación de inviabilidades, la cual –al mismo tiempo– puede conducir desde la conformación de un nuevo pacto político para la preservación del poder por parte de sectores oficialistas, hasta un cambio de gobierno por vía democrática y popular.

Recordemos que en Venezuela los tiempos reales corren mucho más rápido que los tiempos constitucionales.  Sin embargo, lo importante es destacar que estos escenarios no son fijos, inevitables, azarosos, con igualdad de aparición, ni ajenos a lo que hagan –y dejen de hacer–  tanto los actores políticos en pugna (principalmente gobierno y oposición) como el resto de la población.

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