Corrupción y censura

Luis M. Navarro D.

Si existen dos hermanas diabólicamente siamesas, que pugnan alimentándose la una de la otra para robustecerse, succionando a la vez e inescrupulosamente lo que necesita una mayoría empobrecida, aliadas con premeditación y sevicia a un poder corrompido y autocrático, estas son la corrupción y la censura.

Nacen del cordón umbilical del despotismo, necesitándose una a la otra para dominar a través de los tentáculos de la intolerancia, el miedo, la persecución y la represión; primas hermanas de las siamesas, ostentan igual y absoluto poder para destruir y aniquilar a todo aquel que asuma el riesgo de enfrentárseles.

En una sociedad sin transparencia en el manejo de los bienes de la República, sin rendición de cuentas por parte de funcionarios de distintos rangos, sin poderes independientes para juzgar y sentenciar, la corrupción no se amedrenta ante los haces de luz que provienen de medios de comunicación libres.

Y no se amilana porque los corruptos saben que cuentan con una red de cómplices: con medios de comunicación que hace rato perdieron el norte de su función social y mediadora.

Nacieron de la mano del envilecimiento en el poder, apoyándose en caga tintas como fieles aliados tarifados de sus tropelías y vagabunderías -el bozal de arepa-, atiborrándose en la olla mondonguera de la descomposición de un Poder Judicial que se despojó del atavismo de la imparcialidad y de la venda que una vez la hizo ciega para bailar al son del mejor postor.

Esta alianza devoradora de riquezas no persigue como fin único y último el enriquecimiento de manera ilícita, ni el monopolio del poder, en cualquiera de sus manifestaciones.

No, lo que pretende es exterminar lo que queda de democracia, a través de la insuflación del desaliento, desánimo y desesperanza entre quienes luchan por alcanzar y construir una mejor nación, decente, sin las máculas que arrastra desde la conquista y que ahora, en medio de esta barahúnda mal llamada revolución, se han exacerbados hasta paroxismo de “disfrutar” de un régimen que se refocila y sostiene en la descomposición del cadáver de un comandante supremo.

Nada ha de extrañarnos en medio de esa perversa mancomunidad de corrupción y censura. La primera, para seguir actuando impunemente, necesita de la imposición de la segunda, que tiene para sí el peso de ocultar las vilezas con la que actúan los más conspicuos usurpadores de un poder que nació bajo el sonido de las balas, el desgarramiento de carnes perforadas por proyectiles y ahogada en la sangre de seres inocentes; por lo que han intentando lavar sus pecados en un espectáculo que simula reivindicar a los más necesitados a través de las migajas que lanzan el par de sátrapas isleños, dueños y amos del festín que le han servido, sin ningún tipo de límites, los verdaderos traidores del pensamiento bolivariano.

Cuando no es la censura explícita o la autocensura, es el olvido el verdadero aliado de la Venezuela que han convertido en sinónimo de corrupción: Plan Bolívar 2000, Construcciones de la Dirección General de la Magistratura (Luis Velásquez Alvaray), empresas básicas, Pudreval, la usurpación de La Casona por quienes, legalmente, ya no deberían estar allí; asesinato de Danilo Anderson, las confesiones de Eladio Aponte Aponte y cómo desde la Vicepresidencia, todos los viernes, se decide a quién joder; Mackled, el Cártel de los Soles, las mafias de las cabillas, aluminio y el hierro; persecuciones, allanamientos, presidente de dudosa nacionalidad, el clan de los Flores, la banda de los enanos, el amo de Diosdado, etc., etc., etc.

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