Lo anormal es lo normal

Carolina Jaimes Branger

Vuelvo a escribir sobre el tema de la costumbre. Y es que cada vez me preocupa más que aceptemos como normales las cosas que no lo son. Entiendo que por cuestión de mera supervivencia no podemos sufrir por todo lo que pasa aquí todos los días. Pero tampoco irnos al otro extremo y dejarnos de horrorizar.

Me tiene consternada la muerte de la enfermera de la Maternidad Concepción Palacios, asesinada a golpes por dos mujeres a quienes les reclamó porque estaban dañando el ascensor.

También por el asesinato de un joven en la puerta de una farmacia, porque le pidió a un hombre que estaba orinando en el jardín del local que no lo hiciera. El hombre se montó en su carro, le dio la vuelta a la manzana y le metió dos tiros al muchacho.

Solo estos dos acontecimientos en la Venezuela en la que yo crecí hubieran sacudido a la sociedad durante meses.

Ahora, pasan varios a la semana y la mayoría sigue impertérrita. ¡Estamos enfermos!

Hace unos diez años la periodista Nelly Aguilera me contó la historia de un muchacho sobre quien había hecho un reportaje. Él murió asesinado frente a un quiosco de revistas. La dueña, quien conocía a los malandros de la zona, le dijo a Nelly que “al principio, cuando mataban a alguien, se ponía muy nerviosa, cerraba y se iba para su casa.

Pero como los asesinatos se hicieron habituales, ahora lo que les pedía era que no los mataran tan cerca, porque le salpicaban las revistas de sangre y ésas la gente no las compraba.

Al cantante Onechot casi lo matan por haber denunciado esta patética realidad en la canción “Rotten town” (ciudad podrida).

¡Nos hemos acostumbrado vivir entre asesinatos y sicariatos!

Los delincuentes sueltos y nosotros entre rejas.

Vemos impávidos cómo Iván Simonovis, María Lourdes Afiuni y tantos otros cuyos nombres desconocemos, están condenados a morir de mengua simplemente porque

nos hemos acostumbrado a que no haya justicia.

Nos hemos acostumbrado a convivir con corruptos y corruptores. A la matraca, a la cayapa, a los abusos de autoridad. Nos hemos acostumbrado a la violación de la privacidad, a la pérdida de libertades, a estar en constante zozobra. A los atropellos, al insulto, a la descalificación.

Lo anormal es lo normal…

nos hemos convertido en una sociedad que acepta como “normales” los instrumentos de su propia destrucción.

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