Victoria pírrica

Fernando Rodríguez, Tal Cual

Finalizó el proceso electoral municipal, por cierto muy corrupto; tanto, que el rector Vicente Díaz lo tildó de “la justa electoral más desequilibrada de toda la historia de este país“, que no es poco decir, y subrayó las innumerables y abusivas cadenas que el presidente Maduro utilizó para insultar y amenazar a los candidatos opositores y “el grosero y grotesco” ventajismo político que fue el decretar el día del amor y la lealtad al “Eterno” en la misma fecha de las elecciones, entre otros abusos.

Fue una jornada que resultó de las más pacíficas y ordenadas que se recuerden, pero terminó con un abominable espectáculo conducido por Diosdado Cabello que, justo en esos momentos en que suele acostumbrarse a llamar a la concordia y a la tarea en común, así sea retóricamente, utilizó su vulgaridad habitual y su verbo tartamudo para incitar al odio y al violentismo, cerrando así el círculo vicioso que se inició con la campaña pesuveca.

Así son, qué se hace.

Los resultados de un atiborrado primer y muy tardío boletín de Tibisay Lucena, favorecen globalmente al bloque oficialista en cuanto a número de votos y al número de alcaldías y concejos municipales.

Pero con respecto a lo primero y seguramente más significativo es muy probable que la distancia de unos 6 puntos con respecto a la MUD se complique con unos 8 puntos atribuidos a otros, muy probablemente opositores en su mayoría, ya se sabe que este régimen no hace aliados sino súbditos.

Pero no se puede dejar de mencionar que los demócratas acapararon prácticamente todas las grandes ciudades del país, incluso Caracas, incluso Maracaibo y Barquisimeto y Valencia y Mérida… y la Barinas natal del Comandante, justo el día establecido para serle leales y rendidos amantes.

Y la lista es bastante más larga. Lo que quiere decir que la Venezuela más ilustrada, moderna y productiva optó por la Mesa de la Unidad, mientras el PSUV intensificaba su ruralización.

Todo ello demuestra que la decadencia progresiva, cuantitativa y cualitativamente, de los pretendidos revolucionarios no hace sino acentuarse. Y en la hora presente eso significa la imposibilidad de afrontar, sin liderazgo sólido, sin las luces necesarias, sin consistencia moral después de años de depredación impune, la aterradora crisis que se cierne sobre el país y que su torpeza no hace sino agudizar.

Estos números no representan una victoria. Bien leídos son un nuevo escalón que se baja hacia el infierno de la historia. Y nada augura que tenga la necesaria lucidez de comprenderlo y enmendar el camino.

Y la tragedia no es para mañana, ya empezó hace un buen tiempo, quizás hace mucho tiempo.

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