Venezuela, el país de las maravillas

Eduardo Salazar De Peñaranda

Erase una vez un territorio muy, muy cercano, del Nuevo Mundo, en el que la gente era muy alegre, hasta el Record Guinness por ello ostentaban. Desde lo más profundo de sus suelos brotaba el oro negro, lo que hasta hoy por hoy mueve al mundo: el petróleo.

Habitaban allí ciudadanos de todas las razas, de estatura mediana, y con una gran actitud ante la vida. Sus playas eran tan hermosas que llegaban turistas de todas partes del planeta, sin miedo.

La gente paseaba hasta altas horas de la noche por sus calles, desde las ciudades hasta los campos. No sabían qué significaban los robos, secuestros o asesinatos. Incluso, tenían actrices y misses, sí, reinas de belleza que disfrutaban de las milenarias montañas o los sinfines de las sabanas sin correr peligro.

En ese país impresionante, que nadie podía creer, tampoco existía el amarillismo de los periódicos, desconocían que en otras naciones había canales de TV, los cuales con desparpajo trabajaban la ironía para captar espectadores; en los que el desorden, la desidia y el peligro se parecían a Suiza, y la paz y la tranquilidad, por el contrario, los dibujaban como Trípoli o Bagdad.

Allí nadie jugaba a la desestabilización, no había elites “boli-burguesas” (bolivariano y burguesía) enriqueciéndose, ni familias adineradas imponiendo sus propias reglas durante décadas y décadas, siempre las mismas, tan desgatadas.

De hecho, por esas lides se hacía imposible que otros reyes de imperios extranjeros tuvieran injerencias en sus asuntos internos.

El poder era de todos, y los pobres sólo se veían en noticias foráneas. Allí prevalecía el bien común.

La amnesia colectiva

Algo muy particular de esa tierra llena de gracia era que las caras duras de los gobernantes, los rabos de pajas de líderes opositores de oficio, se constituían en ejemplos difíciles de ilustrar. Las mentes de estos ciudadanos eran sanas, y la amnesia colectiva una enfermedad muy lejana.

¿Quién pudiera creer que atroces homicidios, desfalcos, malversaciones de fondos públicos, inflación económica, especulación inescrupulosa de empresas privadas, etc, etc, pudieran olvidarse tan fácilmente… de un día para otro?

Nadie, en esta pintoresca República, no se olvidaba lo malo, no porque no existiera, sino porque buscaban mecanismos para solucionar los problemas, sin culpar a terceros, o lo que es peor, hacerse de la vista gorda.

Una nación hermanada con el resto, en la que no dominaba el Norte avaro y capitalista, pero tampoco se aliaban con  mandatarios bélicos o dictatoriales del Sur. En ese lugar todo funcionaba a la medida.

Los días no eran suficientes para vivir el mal y el bien, todo lo contrario, duraba  años en ver cosas insólitas.

Nunca se imaginarían sus habitantes que en otras partes, por citar casos espeluznantes, se apagarían las luces de varias ciudades y se culparían a iguanas. Eran fantasiosos pero no tanto. Con decirles que allí, habían mucho circo, pero también mucho pan…

Las gentes no tenían que hacer colas para comprar sus alimentos, gozaban de todos los productos de la cesta básica, poseían en sus anaqueles y posteriormente en sus alacenas al menos 2 kilogramos de harina o leche (por una familia pequeña), y mucho papel higiénico.

La única esperanza de volver a casa: ¡vivo!

En ese lugar fascinante los niños jugaban a los carritos y con muchos caramelos, a veces, algunos se preguntaban si tal como en las películas existían realmente barrios bajos en los que por las noches se dormía al ritmo de los balazos.

Que en lugar de casas de chocolates, había casas de barro con techos de zinc.

Películas en las que mostraban que los infantes perdían a sus padres antes de cumplir los 12, y sus hermanos mayores a los 23, las madres luchaban solas por sus pequeños, y ellos tenían que salir a las calles a jugarse la vida, sin ir a la Universidad, trabajando matando tigritos (haciendo lo que sea para subsistir y obtener alguna ganancia), sorteando todos los obstáculos del camino, mendigando, vendiendo flores, oliendo pegamento y con la única esperanza de volver a casa: ¡vivo! “Dios mío, qué escenas tan maléficas”.

Los más grandes, adolescentes y jóvenes, dejaban volar sus pensamientos a otras dimensiones en los que un “avance informativo” acelerara el corazón, erizara la piel y sudaran frío, pues la incógnita de lo que vendría les abismaba.

Vaya idiotez, reían a carcajadas después de imaginar semejante aberración.

Y otros, más aventureros, se adentraban en mundos de terror en los que para viajar a otros destinos había que padecer un control cambiario de divisas, con diversos nombres pero que al final se trataba de lo mismo.

80 % de “devaluación”

Los adultos divagaban sobre la desdicha de otros de ver cómo enviar remesas al extranjero, comprar por internet o viajar con tarjeta de crédito o cash era una tortura, para salir y para entrar.

Pero, lo que a estos ingenuos más les asombraba era que a vecinos  les devaluaran su moneda con eufemismos; que no es la Comisión de divisas tal, sino el Centro aquel. Que si esto, que si lo otro.

Que si le debían millones de dólares a menganito o a zutanito no le aprobaban para producir, que si entonces no se fiscalizaba, que si planes desestabilizadores.

Una vez se asustaron mucho cuando elucubraron sobre la posibilidad de que su dinero se desvalorizara un 80 %. Además, oyeron que cierto ministro de una tierra lejana, decía que  tomaban medidas drásticas o no tenían medicamentos.

Se alegraron eso sí, cuando cayeron en cuenta que en esa otra nación le pondrían la lupa a casos de corrupción, para que no hubiera fuga de capitales y poder normalizar la economía, pero desde su más peculiar inocencia, se preguntaron: ¿será verdad?

Todo lo anterior para este pueblo de héroes y conquistas, de mujeres guapas y de hombres trabajadores, de artistas y escritores famosos, de científicos laureados, no les importaba en gran medida, puesto que ellos no padecían males ni siquiera alegóricos a los mencionados. Vivían en una telenovela rosa.

El Metro (sistema de transporte masivo) funcionaba para miles y miles sin contratiempos, el agua nunca faltaba, el gas no suponía preocupación, había parques y vías para los ciclistas, los motorizados respetaban, los conductores cedían el paso a los peatones, los “buenos días” se oían sin cesar en ascensores, escuelas, restaurantes…

Estos ciudadanos mantenían una sonrisa en el rostro. Eran realmente felices… ese país de las maravillas se llamaba: Venezuela.

La buena noticia, es que con el transcurrir el tiempo, mucho ha cambiado, pero ese país del “erase una vez” sigue intacto esperando que la fantasía supere a la realidad, pero que ésta no sea un producto de la inventiva.

Venezuela necesita apagar las luces del circo y convertirse en un lugar en el que quepan todos, sin discriminación.

En el que la pobreza y la violencia sean quimeras post modernas inverosímiles. En el que se ajuste cada ciudadano al contexto, en el que no se regale el combustible, los macro servicios se cobren justamente, y en el que las empresas puedan producir de la mano del Estado, y en el que “las manos peludas” dentro de entes gubernamentales sean eliminadas y den paso a personas progresistas.

Es imprescindible que se dé rápidamente la apertura del sistema de divisas para todos por igual y para quienes se comprometan con el crecimiento de esta lastimada y vapuleada Patria.

Asimismo, se aclare el panorama y se detenga ya la desvalorización del bolívar con políticas bien pensadas que vayan al meollo del asunto y no sean simplemente paños de agua tibia. Más ricos algunos, más pobres los de abajo.

No se trata de tumbar gobiernos, sino de exigir respuestas y avances significativos. De aportar granitos de arena como ciudadanos, de que el Poder Ejecutivo y oposición trabajen en conjunto, pero con cuentas claras.

En el que no se meta gato por liebre. Y que Alicia (o Esteban, Virginia, Juan o María) no salga corriendo despavorida por la inseguridad; lo que en los últimos años ha desencadenado una fuga de cerebros en lugar de que los chicos y chicas apuesten por el sitio en el que nacieron. En Venezuela se cuenta con las maravillas, es hora de volverla posible.

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