La mentira es un palo ensebado

Gerardo Semprún

En política y en asuntos de salud, las mentiras piadosas a veces tienen su lugar, cumplen una función defendible, calman al condenado al suplicio final, introducen un necesario margen de espera que pueda ser indispensable.

Las mentiras pías se diferencian de las otras, de las impías, en la intención. Lógrenlo o no, creen hacer bien, y por eso mismo la gravedad de su pecado podría disminuir o desaparecer, pero ¡ojo! siempre que sean eso, mentiras bienintencionadas, y no diabólicas enmascaradas. Desatadas bacantes, casquivanas envueltas en túnicas de seda.

Ahora, la oceánica mentira sobre la cual se ha montado la revolución que nos trajo el comandante inmarcesible, no es piadosa ni nada por el estilo.

Desde que esta gente llegó al poder no ha hecho sino faltar a la verdad hasta en las cosas más simples e innecesarias. Lo hacen por gusto pero además porque lo necesitan.

Después de tres lustros encaramados en el mando han conducido al país a un colosal desastre, y ya el mundo lo sabe. Todas las variables cantan el profundo fracaso del pomposo socialismo siglo XXI, más exacerbado si cabe, en la demencial fase madurista. Tal vez piensan que confesar su fracaso podría resultarles suicida.

La defensora del pueblo, en onda con su gobierno y su partido, dice que los principales culpables de las muertes de estudiantes y vecinos son ellos mismos, las víctimas, y no los colectivos y unidades militares que los cubren de plomo, gases y culatazos.

Maduro aseguró que los colectivos paramilitares de su régimen están para ayudar ancianitas a que pasen la calle y otros menesteres propios de Boy Scouts, lo que no le impidió ordenarles públicamente que destruyeran pacíficas y desarmadas manifestaciones totalmente legítimas y desarmadas.

Continúan con la lata de la invasión gringa, el magnicidio y el golpe, sin sentirse animados a presentar algún indicio, un papel, armas, nada. Pasan los años y siguen en lo mismo.

Todavía atribuyen –aunque su militancia esté perdiendo la inocencia- la deplorable crisis en que han sumido a Venezuela a una “guerra económica” desatada por el fascismo y el imperio.

No hacen, por cierto, lo más mínimo para ocultar el despliegue de sus paramilitares llamados colectivos, que copian al carbón los métodos –ellos sí- del nazi-fascismo y los del totalitarismo de izquierda, incluidos los de Castro en el Caribe y el imperio soviético, muerto en los albores de los años 1990 sin disparar no digo un misil, ni siquiera un triquitraque.

La mentira prospera en la sombra. Por eso el gobierno necesitaba imponer su hegemonía mediática, que un ilustre comunicólogo como el profesor Marcelino Bisbal, prefiere llamar dictadura comunicacional.

El problema es que olvidaron que vivimos en la era de las redes 2.0, con su hija predilecta, la revolución informático-comunicacional. Las redes son la más formidable invención al servicio de la comunicación. Bastó que el gobierno  impusiera la censura y la autocensura, para que armada de celulares la gente misma acabara con el reino de la mentira.

Aferrados a mentiras cada vez más absurdas, caen inexorablemente. Como quien se abraza infructuosamente a un palo ensebado.

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