¿Dialogar o no dialogar?

Luis Vicente León, Prodavinci

La oposición o, mejor dicho, las oposiciones han jugado un rol relevante durante estas semanas de conflicto.

El clúster moderado, conformado por quienes buscan presionar legítimamente los cambios en el gobierno para que atienda los gravísimos problemas del país y respete los derechos políticos y ciudadanos, ha intentado canalizar la protesta por la vía firme pero pacífica, aunque sin mucho éxito operativamente hablando.

Han quedado opacados por lo sexy del discurso radical, que no es mayoría pero sí rimbombante.

El clúster radical, conformado por quienes buscan cambiar al gobierno sin elecciones invocando el artículo 350 de la Constitución, sin duda ha sido mucho más activo, operacionalizándose en las guarimbas y las barricadas focalizadas en zonas de clase media y alta de las principales ciudades del país, con excepción de la masificación del tema en San Cristóbal.

No se trata de una convulsión nacional que esté respaldada por las masas populares, sino de una expresión de una parte muy específica de la sociedad, algo que para nada disminuye su relevancia pero sí su capacidad para lograr el objetivo.

Además, la acción radical de calle la acompañan con una estrategia internacional de comunicación que busca impactar la imagen del gobierno negativamente, tomando ventaja de la respuesta represiva oficial a las protestas, que originalmente califiqué de torpe pero que ahora me confunde: no estoy seguro de si ha sido más bien una estrategia deliberada del gobierno para desviar de atención de los problemas económicos que pueden afectar de manera mucho más dramática su popularidad.

Por eso, da la impresión de que están alargando las barricadas como elemento distractor, porque no parecen representar a corto plazo un grave riesgo para su estabilidad, toda vez que luce anárquica y recibe el rechazo de más de 60% de la población total.

El gobierno ha jugado con varios estilos a lo largo de la crisis. Desde sus intentos iniciales de negociación y paz (bastante toscos y prepotentes) mezclados bipolarmente con el uso de sus colectivos armados (que no son más que malandros que usan para atemorizar adversarios), pasando por el uso de la fuerza del Estado con represión militar contra los manifestantes, violentos y pacíficos sin distinción.

Así las cosas, vamos directo al punto.

La protesta pacífica se ha desinflado y el liderazgo moderado quedó preso de los presos, desdibujado en su discurso y su acción.

No se atreven siquiera a mencionar, con nombre y apellido, a quienes consideran responsables del desaguisado en que estamos y, para evitar fracturas irremediables en el futuro de su propio mercado objetivo, se dedican a enviar indirectas que difícilmente puede entender la población masiva.

Por su parte, la protesta radical se ha focalizado en zonas muy particulares y la gente que ahí participa, quienes se están expresando de la única manera que han conseguido ante la rabia y la frustración que les produce la terrible situación del país, no son capaces de responder algunas preguntas fundamentales como quién es su líder o cuál es el plan para pasar de la etapa de trancar a sus vecinos y hacerles tragar humo de caucho a algo que camine realmente hacia el logro de sus objetivos, que obviamente involucran a Maduro.

Tampoco pueden responder si están en capacidad de convertir la desestabilización masiva que intentan producir (y que no existe en este momento, pues los barrios no acompañan este tipo de protestas ni se sienten identificados con ellas) en un cambio de gobierno que incluya una decisión militar en la que ese mismo sector (hoy con el control total del gobierno, las divisas, las importaciones y el país) decidirá poner a un opositor, que se supone aparecerá como Rock Star en el momento en que ya Maduro esté volando a La Habana, permitiendo recuperar la democracia y el equilibrio, lo que incluye fulminar el poder que han ganado esos mismos militares durante este gobierno. (¡Sí, hombre…!)

Los estudiantes se mantienen en pie de lucha, perdiendo clases, siendo gaseados y apresados, valientes y dispuestos, pero sin una respuesta concreta a otra pregunta relevante: ¿y ahora qué?

Pese al riesgo inherente a cualquier convulsión social, el gobierno parece no sentir temor de que la situación se les vaya la mano. Sorpresivamente, han hecho todo lo contrario a lo que el librito básico dice que haga para dejar que las protestas mueran de mengua.

Las reprime y azuza, pero lo hace con mira telescópica y sólo donde la agudización de la crisis por protestas y represión molesta principalmente a los vecinos de los protestantes. Pero sobre todo donde la oposición radical siente que se la está comiendo, aunque no puedan afirmar más que un “¡Tiembla, Maduro, que estamos rodeándonos nosotros mismos!”

En paralelo, el debate sobre la crisis económica pasa agachado. Se devalúa el tipo de cambio y nadie dice ni pío. Suben los precios de los productos esenciales, se debate sobre la gasolina, se habla de reformas tributarias y se anuncia la reducción de gasto público.

Es decir: se tiran un ajuste estructural encubierto (con el cual yo estoy de acuerdo, por cierto, pero que usualmente es muy difícil de aplicar por sus costos políticos) y el país centra la discusión en las bombas y perdigones tirados este fin en El Cafetal. ¡Una pelusa!

Sin embargo, Maduro no sale ileso. No logra parar la tendencia de caída en su popularidad, que por cierto ya estaba cantada desde antes sin ninguna guarimba ni barricada. ¡Cuidado y si éstas, más bien, no amortiguaron la caída!

La imagen de la represión, incluso focalizada, es demoledora para el maquillaje de amor y paz de la revolución. La polarización del país siempre les ha convenido, pero hay presiones, políticas e internacionales para que el gobierno se siente a negociar. Y por supuesto que lo intentará con la idea de manipularla.

La oposición, por su parte, también necesita negociar: si no lo hace, mostrará una vez más que cuando no sabes para dónde vas, corres el terrible riesgo de llegar ahí.

Ambos grupos tienen estímulos para negociar. El 65% de la población siente que es vital que esto ocurra, algo muy importante para empezar a hacerlo. Pero la oposición debe tener incuso más interés que el gobierno. Los moderados porque siempre han pensado que el final de su protesta es una negociación, así que lograrla y obtener algo en la mesa sería un éxito.

Los radicales también porque, guarimbeando alrededor de sus propias casas, empiezan a entender que las barricadas no las van a quitar ni los colectivos ni la GNB, sino sus propios vecinos, hartos de una situación masoquista y anárquica que no tiene posibilidad de éxito y sólo es aprobada por el 10% de la población total.

El argumento de que no es posible sentarse con un asesino/dictador (del lado opositor) ni con un golpista/terrorista (del lado oficial) es simplista e inadecuado.

Las negociaciones políticas durante las crisis ocurren entre actores que desconfían totalmente entre ellos y, sin embargo, ha sido vital para resolver problemas en conjunto, tras ceder de parte y parte para rescatar la paz. Y en esas circunstancias es irrelevante si el otro es malo o peor, porque es lo que hay.

Lo clave en una negociación no es tener confianza en la otra parte (algo que nunca ocurrirá) sino que ambas confíen en el mediador. Esa mediación no la puede hacer alguien de un solo lado, pues el otro simplemente la rechazará. Habrá que buscar lo que no hay en las instituciones del país: gente que resulte decente y confiable para todas las partes. UNASUR sola no es un actor válido, pues la oposición, con muchas razones, tendrá desconfianza en ella por su relación oficial con el gobierno.

La Iglesia Católica local tampoco funciona, pues el gobierno la ubica plenamente en el clúster opositor. Habrá que trabajar con una mezcla en la que se incorporen los países aceptados por todos y el Vaticano directamente.

Las partes tratarán de poner sobre la mesa sólo lo que les interesa a cada una. No más. Pero la realidad es que no puede haber negociación alguna sin incorporar los elementos políticos fundamentales, dentro de los cuales cabe mencionar la amnistía de los presos políticos (incluyendo a Simonovis, Leopoldo López y los estudiantes detenidos), el desarme efectivo de los colectivos (que en realidad es una decisión oficial de que las fuerzas del “orden” ya no les permitirán hacer lo que les da la gana para acometer el trabajo sucio que no hacen los uniformados), renovar las autoridades de los entes que conforman el Poder Moral con un mínimo de equilibrio para rescatar la confianza institucional perdida, sacar de la agenda política la estrategia de “La Salida” que por definición resulta golpista al gobierno, y levantar las barricadas y las guarimbas sine qua non.

¿Todo eso se puede lograr? Ninguna negociación en crisis ha sido fácil, pero ése será la única forma de avanzar. Después de todo, también existe el campo en el que la creatividad de las partes podría cambiar el futuro o la falta de ella podría ratificar y empeorar el presente.

Claro que hay que negociar, pero eso no significa sacrificar la lucha por un país decente y mejor. Resulta obvio que hay que sentarse con los adversarios, porque plantear un conflicto existencial del tipo “Existes tú o existo yo”tiene más probabilidades de dejar al que lo plantee más débil.

Y sin duda van a intentar manipularla, pero el éxito real en esa negociación será que sean capaces de triangular ese intento y conseguir mucho más de lo que la gente imagina que obtendrá.

Por supuesto que la apertura de la negociación será tímida al principio y no estarán todos los que tiene que estar, pero la sola construcción del espacio de negociación ya sería un avance. Así como la incorporación posterior de actores claves será una consecuencia natural.

Finalmente, está cantado que los radicales de ambos lados intentarán bombardear cualquier acuerdo y raptar a la mayoría de la población en su intento. Esta batalla por la racionalidad no sólo incluye lidiar con el adversario externo, sino especialmente con el interno, cuyos estímulos para copar los centímetros por columna de los medios parecen mucho más importantes que los de representar a las grandes mayorías y buscarle una solución al problema.

En este momento están dadas las condiciones para que no haya que agregar una nueva pancarta a la protesta que rece: “el olvido que seremos”.

La historia no recuerda a nadie por no estar, sino por lo que hizo estando.

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