La escasez y sus consecuencias cognitivas y políticas

Angel Alayón, Prodavinci

Los venezolanos estamos desarrollando un superpoder.

Somos capaces de ver en la distancia qué lleva una persona en la bolsa de supermercado. Detectamos con nuestra mirada láser del siglo XXI si en ella se transportan los objetos de nuestros deseos: harina precocida de maíz, aceite, azúcar, café, leche. Lo hemos desarrollado desde la angustia.

Un superpoder que se alimenta de la vaciedad de los anaqueles y del instinto de supervivencia.

Además, la escasez nos ha convertido en seres capaces de preguntarle a cualquier desconocido ¿Dónde conseguiste eso? No se trata de que ahora los venezolanos seamos más sociables. Son interrogatorios de supervivencia, no de amistad.

Es el reconocimiento de que en la información que tiene el otro está la clave para obtener los carbohidratos, las proteínas y las grasas requeridas para nuestros cuerpos de cazadores-recolectores.

La escasez tiene mucho de pre-histórico

El economista Sendhil Mullainathan y el psicólogo Eldar Shafir publicaron el año pasado el libro Escasez: ¿por qué tener tan poco significa tanto? En él, Mullainathan y Shafir presentan evidencia de que cuando sentimos que los recursos disponibles son insuficientes para satisfacer nuestras necesidades, la escasez toma el control de nuestra mente.

“Y lo hace sin que podamos controlarlo. Lo hace inevitablemente y sin que nos demos cuenta”.

La ausencia de lo que necesitamos exige nuestra atención y lo hace a un alto costo. La escasez hace que nos concentremos justo en lo escaso. Si no hay leche, pensamos en la leche, en cómo y dónde conseguirla.

La escasez nos hace sufrir de tunneling: nos enfocamos en los temas relacionados con lo que falta, olvidando otros que pueden ser incluso más importantes.

Bajo este efecto, somos menos productivos, se deterioran nuestras capacidades cognitivas, disminuye nuestra capacidad para resolver problemas, retenemos menos información y perdemos capacidad de pensar en forma abstracta.

La escasez es más devastadora de lo que parece: nos hace ser menos inteligente de lo que realmente somos.

La escasez en Venezuela alcanza un nivel que es seis veces superior al que se considera normal para una economía. Eso que no-hay es tema de conversación permanente en los hogares y las oficinas. Las colas en los abastos y supermercados se encargan de recordarnos de que la demanda supera a la oferta en muchos productos que necesitamos.

Luego de leer las tesis de Mullainathan y Shafir, debemos preguntarnos: ¿y si los venezolanos estamos bajo el efecto del tunneling, impedidos de utilizar de forma efectiva nuestra disminuida capacidad de razonamiento y con la facultad de controlar nuestros impulsos?

Es inevitable pensar en las consecuencias políticas de esta hipótesis: ¿y si la escasez nos está distrayendo de tal forma que nos hace olvidar las causas de esa situación?

Si ante una situación de escasez disminuyen nuestras capacidades cognitivas, ¿cómo afecta la escasez a la atribución de responsabilidades de los problemas económicos?

¿Cómo se aprovecha el mercadeo político de esta circunstancia?

¿Es más fácil o más difícil imponer una narrativa oficial que explique a conveniencia las causas de la escasez bajo las actuales circunstancias?

Todas son preguntas inquietantes ante una situación que amenaza con agravarse en Venezuela durante los próximos tiempos y capturar algo más que nuestras mentes.

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