Un país palúdico

Gustavo Linares Benzo, El Universal

El mayor riesgo de esta crisis económica es que nos acostumbremos a ella. En otras palabras, que deje de ser crisis. Que no tenga consecuencias, que no pase nada y continúen la escasez, la inflación y el estancamiento.

El gobierno apuesta cada vez más desembozadamente a esa posibilidad, Maduro no hace nada. Anuncia medidas y no las toma, sale de los ministros pero no sale. Su popularidad baja, el gobierno es una comiquita, ni sus más incondicionales enemigos saben cómo defenderlo. Pero nadie se mueve, solo se anuncia un nuevo negocio a lo Smartmatic, alguien se va a ganar un realero con las captahuellas.

Se ha dicho mucho y bien sobre esta nueva tropelía, que en esta democracia protagónica se decidió sin consultar a nadie, se impone desde las vísceras como casi todo, contando con el supuesto apoyo de quienes no tienen nada que perder o lo que tienen es prestado por Chávez y se lo quitan ante el más mínimo pestañeo.

Es la misma presunta clientela que se creería que toda esta penuria se debe a una guerra económica dirigida por Mickey Mouse y que ya fue debidamente adoctrinada sobre que la Suprema Felicidad Social es un pollo de Mercal.

Listas, censos…

En realidad, esa clientela se formó sobre el miedo a la represalia, a las listas y censos, a las captahuellas de Tibisay Lucena que ahora amenazarán desde abastos y bodegas. Y a un carisma bien respaldado por un millón de millones de dólares, alcahuetas de la ineptitud galáctica y del saqueo a los fondos públicos.

Con ese realero hasta los ridículos eran simpáticos, todos los chistes daban risa y hasta cantaba bien joropo. Pues ahora no hay dólares, los chistes son malísimos y solo cantan los pajaritos. Ahora hay que gobernar, ya no hay chequera para taparear sinvergüenzuras y negligencias, ni para suplir estudio y experiencia a realazos.

Pues esta crisis, este momento que debería ser de cambios, tampoco llega para el gobierno. El insólito caso de un gabinete que renuncia pero se queda es la peor señal imaginable: o Maduro no quería cambios y se los impusieron y ahora logra aferrarse a los suyos; o al revés y los cambios que quería no se los dejaron aplicar.

Entonces el tercer jefe de la Sundde, en seis meses, sigue hilvanando tesis económicas que más bien son tesis cómicas más propias de un gobierno que tiene semanas en el poder y no décadas.

El Banco Central no publica cifras desde mayo, lo que produce que industriales y comerciantes tengan que adivinar imaginando lo peor, 80 o 100 % de inflación, escasez de 90 % en productos esenciales.

Control

La respuesta es la que media humanidad daba hasta 1989, control férreo y centralizado de una economía en transición al socialismo, toda iniciativa privada es torva y perversa.

Ahora esa respuesta no la da nadie, hasta la potencia comunista emergente aplica el mercado como sistema de distribución de recursos y ya nos hizo su colonia. Resultado, que ya sufrió media humanidad hasta 1989, muchedumbres apáticas o parásitas del Estado, incapaces de emprender proyectos de cualquier especie, retrasadas con respecto a sus pares de países vecinos y no tan vecinos.

Las captahuellas son malas aunque sirvieran para regalar carros: hacen del ser humano un esclavo del poder.

Nadie crea que de lo que se trata es de un debate nacional sobre el modelo económico. Es superar una verbena de incompetencia que además cree que los demás le creemos, que miente pero sin el glamour del Gigante Eterno y sin las migajas que repartía de lo que hubiera sido una bonanza en manos de cualquier otro gobierno.

Nos prometieron el Mar de la Felicidad y llegaron unas captahuellas. Regresó el país palúdico, que ahora es azotado por el dengue y la chinchuya o como se llame, sencillamente porque el Gigante Eterno y su mentor galáctico convencieron a buena parte de la población de que unas inyecciones de Diclofenaco y un par de Atamel eran las nuevas fronteras de la medicina; se dejó de vacunar, de fumigar y de operar, mientras estas boticas de ladrillito servían para financiar la satrapía caribeña.

Frente a la carestía, biometría. El hambre se quita con miedo. El contrabando no requiere de complicidad pública, es algo privado, que ocurre frente a los ojos inocentes de los paladines de la seguridad nacional. Después de quince años de gobierno, los males todavía se deben al pasado cada vez más remoto. O a un enemigo externo o interno, o al clima o al Niño o la Niña.

Los ministros renunciaron. Es el momento de la crisis, de una solución, buena o mala. Como dijo Jorge Roig, que el gobierno decida, al menos para atenernos a algo.

Pero el rumbo de mantenernos a la deriva no es bueno, aunque se llegue a las elecciones parlamentarias con algo de popularidad, o con suficiente miedo en la población para que confundan las captahuellas de la harina con las del voto.

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