¿Qué hay detrás del asesinato de Robert Serra?

Willy McKey, Prodavinci

“Déjenme presentarles a Caracas, la embajada del infierno, tierra de asesinatos y tiros. Cientos de personas mueren cada semana, ahora vivimos en guerra, la ciudad está llena de locos”. OneChot en “Rotten Town”

Han pasado varias horas desde que se difundió la noticia de que el diputado Robert Serra fue asesinado. Sin embargo, durante un buen tiempo va a ser difícil ponerle nombre a tanta muerte. Hoy, en mi país, en mi ciudad, los vivos somos linchados por desalmados sin rostro. No se trata de una persecución por diferencias étnicas o religiosas. Ni siquiera políticas.

Esta masacre la han llevado adelante los hijos de la impunidad y sus víctimas sólo debemos cumplir un requisito: estar vivos.

Hace más de dos años y medio, cuando le dispararon al músico OneChot, me tocó escribir en un post que quienes deben asegurarnos la vida ven llover sangre ajena, pisan nuestros charcos y se esconden detrás de sí mismos, como si el miedo fuera una estrategia.

“Mientras inventan una guerra en el espejo, afuera disparan consecuencias de la ineficacia. Mientras buscan a quien echarle la culpa, afuera toma forma la muerte cada noche. Mientras se distraen con himnos, su rabia nos imposibilita el concierto”.

Hace más de un año y medio, tras el asesinato del periodista Jhonny González, me tocó confesar en un post que “tenemos la defensa abajo, cansados los hombros. Han sido muchos golpes. Es la Muerte haciéndonos sonar la quijada con un golpe seco y recogiendo el brazo para rematarnos”.

Hace apenas nueve meses, tras el asesinato de Mónica Spear, me tocó gritar en un post esta pesadilla en la que estamos “cada quien convertido en espectador de una muerte violenta que lo ronda”.

Hace semanas me tocó soltar alguna hipótesis: debe ser que estamos muertos.

Y ahora toca escribir sobre el asesinato del diputado más joven del país, mientras en el canal de televisión del Estado el ministro Rodríguez Torres se sorprende porque no fue el hampa común la que cometió un asesinato “muy bien organizado”.

Así de tibio y así de contradictorio. Es uno más de quienes le echan la culpa de tanta muerte a un fantasma, a las sombras, a la nada.

Porque detrás del asesinato de Robert Serra, detrás de los asesinatos de cada venezolano que han muerto por la violencia de este siglo XXI que huele a sangre y papel moneda, hay un pogromo emprendido por unos malditos que ya están muertos por dentro.

Una manada asesina día tras día a víctimas anónimas que no han ganados curules ni alcaldías, ni protagonizado ficciones, ni grabado discos. Muertos que no han puesto su nombre en ningún otro titular que no sea el del último día de su vida, en la sección de Sucesos de algún diario ajeno a las comunicaciones oficiales.

Y, mientras eso sucede, los responsables de mantenernos con vida dentro de los límites territoriales de este desorden en que se ha convertido el mapa se dedican a sorprenderse en vivo y directo, a levantar banderas y pelearse consigo mismos entre el duelo y el fracaso.

Cualquiera de nosotros podría ordenar todos sus miedos (como dice el poeta Benedetti) por colores, tamaños y promesas.

Cualquiera podría dejar un rosario de nombres en orden alfabéticos de las personas asesinadas cercanas a sus afectos, a su cotidianidad, a su vida.

Cualquiera puede ordenar sus muertos demográficamente y marcar en el mapa los puntos de sangre que ninguna revolución va a devolverle haciéndose irreversible.

Cualquiera podría escupir sobre cada versión de cada plan de seguridad fracasado con los que el Ejecutivo Nacional nos ha prometido la limosna de mantenernos con vida.

Cuando la Muerte nos devuelva el país, quienes queden vivos van a tener que estarlo en serio. Seremos los testigos del asesinato como única norma, del espanto convertido en cotidianidad, del pogromo de los muertos contra los vivos. Y los responsables de que no se repita tanto dolor ni tanto miedo.

Porque hoy lo único que nos hermana a los venezolanos es este miedo a quienes dejaron de creer en la vida.

Y hemos llegado a un borde peligroso: hasta los voceros del gobierno esperan que se haga algo. Lo piden con la misma voz de las madres que lloran afuera de las puertas de la morgue de Bello Monte cada mañana: pidiendo que por una puta vez se haga justicia.

¿Qué hay detrás del asesinato de Robert Serra? Un país que se está acostumbrando a morir a manos de otros muertos.

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