El país del escondite

Teódulo López Meléndez, Tal Cual

Quizás como nunca antes no tenemos un presente atrayente. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del venezolano, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora.

El deterioro de lo social-político refuerza al venezolano en la incertidumbre. El temor por el futuro colectivo se convierte otra paradoja en una angustia personalizada de auto escondite.

Seguimos viviendo sembrados en la trayectoria de lo pasado, una que conduce a ninguna parte. Hasta la forma de pensar sigue siendo la misma, en una especie de parálisis cerebral que nos impide comprender que debemos generar nuevos paradigmas que puedan producir una transformación de la realidad inmediata.

Estamos en una indefinición del porvenir. Es una auténtica contracción del futuro indefinido. Ante la intemperie el venezolano está tendiendo a sumirse en la simplicidad.

Es necesario producir un desgajamiento para el brote de una nueva cultura, pues han terminado las formas políticas.

Al futuro no se le pueden dar formas inmóviles. Al futuro se le da forma ejerciendo el pensamiento bajo la convicción de una voluntad instituyente en permanente movimiento.

Es mediante el pensamiento que se puede afrontar el laberinto propio del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el cabalgar fuera de dogmatismos.

Los escépticos arguyen que no hay respuesta colectiva y que la multiplicidad de criterios produce, en cambio, la inmovilidad y la falta de toma de decisiones o, al menos, la pérdida de su eficacia.

Los realistas arguyen que las decisiones nunca resultan neutras, que nada se logra si el colectivo no participa y, finalmente, ponen sobre la mesa el argumento de la autonomía moral; esto es, resulta inaceptable que otros tomen las decisiones que afectan nuestras vidas.

En otras palabras, la Venezuela de hoy desconoce una de las enseñanzas claves de la cuántica: la interrelación entre pensamiento y realidad.

Todos los experimentos neurológicos han demostrado que el cerebro no hace diferencias entre lo que ve y lo que imagina lo que quiere decir “fabricamos nuestra realidad” desde nuestras experiencias o, lo que es lo mismo, desde nuestras emociones.

Todo proceso histórico está lleno de coherencias y de incoherencias. Intentar la creación de bases de comprensión quizás sólo sea posible desde la incertidumbre y desde los asomos del caos.

El mundo no cambia sólo con la práctica, como tampoco lo puede cambiar el planteamiento teórico. La orientación de la práctica depende del concepto teórico y es allí donde se nota la falencia de este país.

Es imposible la prospectiva del futuro si no se sale de la mirada rutinaria.

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