Manual para cuando te secuestren

 

Olga Krnjajsky, Noticiero Digital

El primer secuestro a mi familia ocurrió en 1998 cuando dos de mis hijas fueron a la panadería con el carro nuevo.

Que el carro fuera “regulado”, sin vidrios eléctricos ni otras virguerías significó que las “botaran” apenas una hora después a pocas cuadras de donde las atracaron.

El ladrón tuvo la cortesía de permitir que mi hija negociara con él la virgencita de su collar. Y luego tuvo el coraje de llamar a mi casa para pedir rescate por el carro y para “reclamarnos” que hubiéramos hecho la denuncia.

Creímos que eso era lo peor…

El segundo le ocurrió a otra de mis hijas cuando, iniciándose en Derecho Laboral, los sindicalistas de una planta, “secuestraron” al equipo de abogados, con ella incluida, durante varias horas.

El tercero ocurrió en 2009 y fue el pionero de la modalidad de “secuestros colectivos”. Es decir, un equipo completo de entre 15 y 20 personas secuestró completo al edificio. En aquella oportunidad escribí la crónica de la terrorífica experiencia en ¡Secuestrados!

Y este viernes 29 de mayo, a media cuadra de mi casa, exactamente a las 11.20 pm de regreso de una cena con unos amigos, fuimos bruscamente interceptados.

Del carro que nos interceptó por delante salieron dos individuos con armas largas, del de atrás no sé cuántos; nos sacaron y en menos de un minuto, en una operación flash, unos se llevaron nuestro carro y otros nos metieron a empellones en el otro carro, mi esposo y yo en el medio con cuatro secuestradores… y empezó la odisea.

Unos minutos más tarde, el cuarto secuestrador se mudó de carro a otro de la banda y quedamos tres secuestradores y mi esposo y yo.

No iré a los detalles del horror, del miedo, de la conciencia de absoluta indefensión. Solo compartiré lo que, para lo que pueda servirles, son datos útiles en la nada descartable opción que se vean en el trance.

Hoy mismo, ¡ya!, ahora

1. Establezca y acuerde los familiares o amigos a quienes contactarán en caso de ser secuestrados. Es probable que los secuestradores llamen a más de uno simultáneamente. Lo harán además desde los teléfonos de los secuestrados –el suyo- y el receptor de la terrorífica llamada sabrá que no es falso.

2. Los contactos que establezca deben tener a su vez los datos de los otros “contactables” para que puedan estar en comunicación entre ellos sin que los secuestradores sepan. Nunca más de dos. Diga que sus amigos son unos pelabolas. Que sólo el que le dio primero podría hacer algo. Si la presión es mucha, dé el segundo.

3. Preparen “el guión” que regirá la información sobre ustedes mismos y sobre sus contactos. Deben coincidir en TODO. Lo que diga usted y lo que digan sus contactables. Cualquier inconsistencia se traduce en amenazas, agresión y violencia para con los secuestrados. Estos datos son:

* Ocupación (de qué viven).

* Tipo de vivienda que ocupan usted y sus contactos (edificio con vigilante no         les resulta atractivo).

* Enfermedades que podrían dañar “la mercancía”. Sí… usted el secuestrado es la mercancía y sus contactables deben decírselo al negociador. Ten cuidado que el señor es cardíaco, o que acaba de salir de una operación… algo. Lo que acuerden.

* Les harán mencionar varios familiares o amigos.

Manténganlo simple

Cuanto más simple, mejor. Mejor la profesión que la empresa donde trabaja (ingeniero, economista, profesor). El vocabulario de los secuestradores es muy reducido y con él, su capacidad de razonamiento y entendimiento.

De las profesiones menos apetecibles, la de profesor, por razones tristemente obvias, resulta en una demanda de rescate baja.

Empleado también impone limitación de ingresos.

Jubilado… ¿tengo que explicarlo?

Por el contrario, la demanda de rescate aumentará si usted dice que tiene un negocio o que lo tiene su contactable. Téngalo muy presente.

4. Apréndase de memoria esos teléfonos. En mi caso ocurrió que mi teléfono se cayó en nuestro carro y ¡oh desgracia! , mal-acostumbrada a confiar en mi aparato no me sabía de memoria los teléfonos. Afortunadamente mi esposo sí y eso nos salvó.

Durante el secuestro

Sepa que los secuestradores también tienen su guión. Uno hace de malo, muy malo, otro hace de bueno (¿?) y el otro no quiere paja sino plata.

Este último es el negociador. Si son secuestrados en pareja, como nuestro caso, la emprenderán contra uno, para que el otro “colabore” ante las amenazas horribles que se repetirán durante “la película” como definen entre ellos el secuestro con sus secuaces.

La primera demanda de rescate es astronómica. A nosotros arrancaron pidiéndonos $50.000, joyas, Rolex (¿aun existen?). Sin descorazonarlos, debe establecer que esa cifra es simplemente inalcanzable pero creen que sus contactos “algo podrán conseguir”. Pero también debe decirles que no está al cabo de saber cuánto pueden recoger.

Mantenga la cabeza baja. SIEMPRE.

Cualquier movimiento debe ser anunciado ANTES (tengo que enderezarme un poco, voy a acomodarme… pida permiso antes de hacerlo).

No haga drama. Los asusta, los pone nerviosos y agresivos y eso no le conviene.

No haga bravuconadas. Ellos están al mando, armados, y lo superan en número y determinación. No aspiran a pasar de los 40 años. Usted sí.

Hable despacio y en frases cortas de lenguaje básico. El “hombre nuevo” no maneja las frases coordinadas.

Lo llevarán a recorrer la ciudad. De norte a sur, de este a oeste. Del Cementerio a Petare. La Libertador. La Cota Mil. La autopista. Y vuelta a repetir el circuito. Durante horas. Le dolerán músculos que no sabía que tenía por la postura antinatura que le obligarán a tomar. Les taparán la cabeza y respirar será una hazaña. Sí. También tendrá que pedir permiso para respirar cuando se sienta asfixiado.

A sus contactables los llamarán cada 15 minutos para darles tiempo a “recoger” el rescate.

A su vez, el contacto deberá pedir por usted para saber si están bien para seguir con la negociación.

Cuando le pongan a su amigo al teléfono, sea breve. “Sí Fulano, estamos aquí”. No invente argucias ni claves porque Venezuela no es Hollywood.

Hábleles a los secuestradores de la “condición” de su contacto. Es una persona mayor… está enfermo… a su esposa la operaron… Todo lo que les dé la tranquilidad de que su contacto no llamará a la policía o sobre todo de que él mismo sea una amenaza para ellos.

Cosas con las que deberá lidiar durante y después del secuestro

* La culpa: usted escuchará a los secuestradores amenazar y amedrentar a su familia o amigo. Sabrá a ciencia cierta que los contactados padecen con usted todo el secuestro pero a ciegas y sabe cuán injusto es que tengan que lidiar con el horror del temor a equivocarse y arriesgar las vidas de los secuestrados. Es decir, la suya. Adicionalmente, estará penosamente consciente del miedo que habrán de pasar para la entrega del rescate sin garantía alguna que el pago se traduzca en liberación.

Uno allí, con la cabeza tapada, sumará al suyo, el miedo por el amigo. Uno sintiéndose culpable por lo que los amigos están pasando por “culpa” de uno.

No es fácil…

* Dar las gracias: sépalo. No habrá forma que JAMÁS pueda usted agradecer a su familiar o amigo. En nuestro caso, sin familia aquí, fueron nuestros amigos. Una deuda de Vida. Literalmente. Saber que nuestros amigos tuvieron que recibir la llamada de madrugada que nunca significa nada bueno, llamando ellos a su vez a otros amigos, a sus hijos, a sus vecinos, a otros familiares para levantar la cifra. Sabiendo cuán injusto darles la carga de que nuestra vida estaba en sus buenos oficios.

100 dólares por aquí, 420 por allá, 310 más allá. 50 euros, 3.000 bolívares ¿Cuánto llevamos? El que no tenía nada sintiéndose aún peor por no tener nada que aportar. Suma. Suma. Esperar la llamada de los secuestradores. Temer lo peor si la llamada no llega a los 15 minutos.

Dato importante: la cifra NUNCA debe ser redonda para que los secuestradores entiendan que la colecta es de pequeños montos de mucha gente.

No. Jamás podrán agradecerles suficiente.

La llamada del secuestrador

¿Cuánto tienes?

– Llevo tanto.

– Busca más.

– No tengo de dónde.

– ¿Qué te pasa maric@? ¿Quieres que los mate? Porque los voy a matar. -A gritos-. ¿Me oíste mmg?

– Déjame hacer otra llamada… ya no sé a quién llamar… espera me falta una persona.

– Así está mejor. Te llamo en 15 minutos.

Esa negociación se repetirá con tantos amigos suyos como hayan contactado. (de ahí la importancia que sus contactables puedan comunicarse entre ellos). Usted las vivirá todas. Y escuchará a sus secuestradores “evaluando” si lo recolectado basta. Si su amigo miente, pichirrea, les toma el pelo o peor aún, si está contactando a la policía.

La evaluación del precio de su vida está en manos de unos secuestradores cuyo vocabulario no llega a 200 palabras.

Es una certeza arrechamente desmoralizante.

¿Existe manera humana de corresponder el gesto más sublime de amistad de esos amigos que negociaron y salvaron tu vida?

No. No la habrá. Sepan que la Vida no les bastará para agradecerles la vida. Asúmanlo y honren la amistad.

El pago de rescate

Ese será otro episodio que le atormentará mucho…y por mucho tiempo. Una vez que los secuestradores estimen que no van a sacar más, indicarán a su amigo dónde ir. Lo harán identificar su vehículo y usted sabrá que lo están siguiendo y hablando de él.

Evalúan si están solos o si alguien los sigue.

Usted será mudo e impotente testigo de las órdenes que recibe. Le indicarán si acelerar o reducir la velocidad. Le indicarán el rumbo a seguir, la salida que debe tomar. Le dirán amenazantes.

– No vayas a colgar.

Le pedirán que baje los vidrios. Un momento de terror cuando nuestro amigo dice que sus vidrios de atrás no bajan. Usted imaginará a su amigo manejando y con el teléfono pegado a la oreja tratando de cumplir las órdenes.

– ¿Quién cñ está contigo, ah? ¿Quién es ese?

– Es mi sobrino, tranquilo.

– Avisaste a la policía, ah? ah?

Imagina a su amigo tranquilizando al secuestrador.

– Chamo, aquí hay dos patrullas.

– ¡Verga, hay patrullas!

– Sigue, no hagas nada raro (es una amenaza). Coge el canal de la izquierda. Pásate a la derecha. Suavecito… ¡te dije que suavecito wbon!

– ¡Párate! ¡Párate! Saca la funda con los reales y ten la mano estirada afuera.

Sentirá el acelerón desquiciado por un lado, sentirá simultáneamente el ruido del arrebatón con el golpe de aire que le entra, el negociador ordenando a su amigo marcharse acelerando y el grito de triunfo con el primer rescate en sus manos.

Se repetirá una escena similar con los contactos a quienes decidan llamar los secuestradores.

Usted se preguntará muchas veces cuando los van a dejar. Si los van a dejar salir con bien. Si el rescate los satisfizo.

Uno de los secuestradores contó billetes y puso 1.000 bolívares en el bolsillo de mi esposo “para que agarren un taxi”.

Créanme, a las cuatro de la mañana no hay taxis. Los protagonistas de la madrugada son otros.

Nos soltaron en La Campiña. Desorientados, mareados y asustados y sin seguridad que el tiro llegara por la espalda. ¡NO VOLTEES CARAJO! Caminamos hacia donde nos indicaron y resultó ser la Libertador. Vi llegar una camioneta y le hice señas. No culpo al conductor por acelerar y marcharse a toda prisa a pesar que me puse en la mitad de la calle.

Detrás de ellos llegó una moto con parrillero.

Una nueva angustia al pensar que si eran ladrones, no teníamos nada. Resultaron ser dos buenos hombres… o dos hombres que vieron que ya no había nada que quitarnos. Nos prestaron su teléfono para llamar a nuestro amigo que vive cerca.

Justo les estaba agradeciendo que fueran los ángeles de nuestra pesadilla cuando en su cara se pintó el terror. Corrieron a su moto. Cuando me giré, cinco individuos venían caminando hacia nosotros. Pensé en aquella cuña de Gillette “Lo que a la primera se le pasa, la segunda lo repasa”. Nos sentimos tan, pero tan vulnerables, tan a la buena de Dios…

Cuando se tiene miedo, no se tiene más nada. Solo miedo.

Resultaron ser cinco hombres que volvían de algún trabajo… tan asustados ellos de la noche, como nosotros de ellos. Nos cruzamos. Ni una palabra.

Miedo en estado puro.

Caminamos hasta Pdvsa La Campiña.

Nuestro amigo llegó unos minutos más tarde. Sentarnos en su carro es la experiencia más cercana de entrar al cielo que vaya a tener jamás.

A 48 horas del evento, estoy como si me hubieran vaciado.

¿Llorar? No he podido. Yo que soy de lágrima fácil, no he podido llorar. Pero tampoco puedo reír. Sonreír es un esfuerzo sobrehumano.

Le decía a una de mis hijas, que me iba a convertir en Amish. Así tendré leche fresca todos los días sin hacer cola, no tendré que recordar ningún número porque no usan teléfono, y en vez de carro, andaré en carreta. Pero lo más importante: no tendré miedo de mis semejantes.

Pero soy venezolana en Caracas. Ya no tengo carro, ni tengo teléfono, tengo miedo de mis semejantes y tengo una deuda inmensa con mis amigos. Espiritual y monetaria.

Lo otro que nos quitaron no queda a la vista como una herida que impresione a nadie. Es un roto por dentro.

Otra vez.

 

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