El extraño caso de la arepa de los mil bolos

Esta fotografía no es de la arepa que realmente me comí con remordimiento y dolor de cartera. Es cortesía de la revista bienmesabe y la tomó Patrick Dolande.

Arnaldo Espinoza, El Estímulo

 Miércoles. 11 am. Saliendo de diligencias de la Universidad Central de Venezuela. No había desayunado. De repente, haciendo el camino mental a mi oficina pasé por Las Mercedes. ¡Una arepa!. Barata y resuelta. Al menos eso pensaba.

Al llegar al sitio fui, robóticamente, a la caja. He estado allí mil veces, nunca un miércoles y creo que nunca con sol. ¿Qué comprar? Es una batalla que llevaré hasta el final de mis días. Nada sabe tanto a mi infancia como una de queso de mano. Pero a medida que he ido ganando años, la “rumbera” (Pernil y queso amarillo) se ha ido llevando parte de mi corazón. Decido, basándome en que es mi des-almuerzo: el cochino gana la batalla.

Allí pasó algo que no me había imaginado. Al pagar me dijeron que eran 790 bolívares. ¡790 bolívares! Con el sueldo mínimo sólo podría comprar 9. Si lo calculo a dólar oficial son ¡125 dólares! Ni las arepas moleculares de Richard Blais cuestan tanta plata.

¿Qué pasó aquí, mi pana? Pregunto a los encargados. Que la harina de maíz ya no llega por los canales regulares, que los queseros les están subiendo el precio a la mercancía semanalmente, que el pernil es carísimo (siempre ha sido caro).

Pero me impactan más las diferencias: Una viuda (la arepa sola), cuesta 30 bolívares. Y de allí, un salto de garrocha que haría palidecer a Robeilys Peinado. La siguiente en la lista (la de mano, precisamente) son 450 bolos. 15 veces más cara.

La reina también pisa las 8 tablas y la de dominó ni siquiera está listada, no vaya ser que el kilo de caraotas a mil bolos pueda causar una reacción adversa en el estómago. Pido un favor raro, pesar la arepa: 200 gramos de relleno te encarecen el plato típico venezolano hasta a 30 veces su valor sin relleno. Menos mal que aún no cobran la mantequilla.

Es un fenómeno que he estado viendo desde hace tiempo. El valor de las cosas se volvió loco. Con lo que pago un refresco de lata, compro litro y medio de té pasteurizado.

Una lata de diablitos es más cara que una de atún regulado. Y, bueno, la típica comparación agua-gasolina, que se hace aún peor cuando, como en Caracas, no se consigue agua y el que la tiene te la quiere vender por lo menos al doble del precio “justo”.

¿Cómo hace una sociedad que no controla sus precios, que un teléfono celular de última generación te puede pagar un carro usado?

Ayer alguien me decía que en una isla de las Antillas donde no se consigue nada, realmente hay de todo, pero en dólares. ¿Será ese nuestro destino?

De bolívar fuerte a limosna nacional

Víctor Amaya, Clímax

Composición fotográfica: Mercedes Rojas Páez-Pumar

 Si un billete pudiera hablar, hace rato que los nuestros dirían: “sálvenme o mátenme”. Ahora no sólo la inflación y la devaluación arremeten contra los bolsillos sino una prohibición que prescribe los montos máximos a tener en efectivo.

Menos mal que los rostros impresos en los billetes de bolívar, aunque no sean del prócer a cuyo nombre y honra los bautizaron, no pueden mostrar emociones. Por eso son como estatuas, siempre regios, siempre con porte de trascendencia. Imagínense si pudieran adaptar su cara y ponerla de circunstancia.

Por allí ha corrido una imagen de un George Washington en el billete de dólar con mohín de escándalo visto el aumento del billete verde en el mercado negro. La crisis nacional se resume en colores, como para niños. Pero en realidad el independentista gringo pudiera es estar sonriente, porque va ganando la partida.

El que debería tener expresión de aquelarre es Bolívar, quien mantenía con su bigote en aquella orquídea de 500 la marca de la más alta denominación. Luego otro de sus rostros pasó a 1.000, y otro más identificó una nueva tirada de ese monto. Ahora es la faz del billete de 100.000 de los viejos, aunque sin tres ceros. Y aún así se queda corto.

Mientras piden que circule un papel que marce de nuevo 1.000 pero de los “fuertes”, al que le pudieran poner el figurín digitalizado y 3D del prócer, vemos cómo la vida se le hace agreste a cualquier ejemplar de nuestros papeles moneda.

1) Inflación: un Bolívar logró independizar a seis naciones, pero hacen falta 500  —si acaso— para hacerse de un cartón de huevos. En la batalla diaria de la gente por comprar lo que consiga se usa un auténtico ejército de bolívares, pacas enteras de papel sobre papel. Pobrecitos.

2) Devaluación: cuando lo bautizaron como “fuerte” dijeron que tendría músculo para equiparar a Washington. Pero no pasó mucho tiempo cuando los músculos comenzaron a enflaquecer. Algunos dirán que nunca estuvo entrenado, que la anemia venía “de atrás”, pero lo cierto es que terminó vapuleado por el imperialista y hasta dibujado por allí con un ojo morado. Pobrecito.

3) Ni Miranda ni “Negro Primero”: al billete de dos bolívares le pusieron un jovencísimo Francisco de Miranda, y menos mal porque si hubiese sido ya el héroe que combatió por medio mundo y conquistó a montón de mujeres y reinas, no se hubiese calado esa afrenta. Salir del catre de La Carraca para entrar al catre del Banco Central de Venezuela (BCV). Y además, por debajo del también devaluado “Negro Primero”.

A Pedro Camejo, nombre de pila, le debe doler que ya nadie lo nombre por su legendario mote. Ahora el negro es el dólar.

Guaicaipuro va por el mismo camino. Ya no alcanza ni para un pasaje urbano. Su único entierro no fue en el Panteón Nacional hace algunos años. Y no es que los demás, como doña Luisa Cáceres o Simón Rodríguez la tengan mejor, pero ellos sí compran, al menos, una chupeta. Pobrecitos.

4) De héroes a bachacos: Un billete de 100 bolívares se cambia en la frontera con Colombia por unos Bs 140. El bachaqueo de billetes consume papel moneda y lo intercambia por transferencias electrónicas.

El “cambiazo”, como lo conocen en la vía entre San Antonio del Táchira y Cúcuta, sirve para llenar las manos de quienes se dedican al contrabando, al facilismo de sacar productos baratos para vender caro en la nación de Santander, pagando en no pocas alcabalas el ínterin. Es una trata de blancas de los próceres numismáticos. Pobrecitos.

5) Corralito con patacón: En Zulia ya dieron la orden. Y Táchira quizá no se quede atrás, como aquello del chip de la gasolina. No se podrá sacar de los bancos montos mayores a 40 mil bolívares. Hace años las restricciones del cupo Cadivi hicieron a más de uno vociferar “¿pero si ese dinero es mío por qué no puedo usarlo?”.

En el 2015 el asunto es ya contra la empequeñecida moneda nacional. Además, ya se había impartido la indicación de dejar en taquilla billetes de 2, 5, 10 y hasta 20 bolívares, para poner los verdes chillones y marrones en los cajeros automáticos. Los billetes no pueden ser manoseados, ni aunque se quiera. Además, para ellos el “libre tránsito” no aplica. Pobrecitos.

Qué difícil es ser un billete bolivariano. Es decir, del cono monetario signado por el apellido de El Libertador. Pobrecitos.