Maduro, el comandante que ha perdido todas las guerras

David Morán Bohórquez, La Patilla

Comprendo la cobardía. Es propia de pusilánimes, de los que no tienen capacidad ni valor de enfrentar las situaciones adversas. Que se animan a achacarles a otros sus propias ausencias, sus desánimos.

Cuando los cubanos fidelistas que mandan, y mucho, en el gobierno nacional, percibieron desde el año 2012 que era imposible seguir ocultando las consecuencias de “el legado” ordenaron al sistema de propaganda roja utilizar su última “bala retórica”: La Guerra Económica, el remake de El Bloqueo cubano, pero más amplio, de alcance nacional-internacional y con múltiples actores, la derecha, apátridas, terroristas, oligarcas, imperios, poder mediático mundial, egoístas, empresarios, en fin, un saco genérico y brumoso, donde caen todos los que no son puros y altruistas revolucionarios.

Discutir si hay guerra económica o no, guerra mediática o de cualquier tipo es inútil. Es intentar que el cobarde deje de serlo. Que asuma, que se anime, que se cargue de valor. No lo hará, está en su naturaleza.

El “comandante” que pierde todas las guerras

Entendamos la guerra como una oposición de una cosa con otra, como una lucha o combate aunque sea simbólica. Los jefes cubanos fidelistas, cobardes como ya comprenden, la plantearon como la de un “comandante” (Maduro, “hijo” de otro comandante, Hugo Chávez, a su vez heredero de otro comandante, Fidel Castro) al frente de una poderosísima unión cívico-militar dotada de una descomunal petrochequera, de miles de empresas estatales, centenares de medios de comunicación, de la mayoría de las gobernaciones y alcaldías del país, de consejos comunales y con control absoluto del resto de los poderes públicos: Legislativo, Judicial, Electoral y Ciudadano, versus cualquiera, desde bachaqueros hasta imperios.

Es difícil pensar que perdieran alguna guerra. Aún más difícil que las perdieran todas, como ha sucedido.

La guerra contra la corrupción, a pesar de haber contado con una ley habilitante que lo dotaba de las más amplias facultades, pero no de voluntad para ganarla. Hoy Venezuela es, con base a realidades, uno de los países más corruptos del planeta, desde ladrones de cuellos rojos hasta roba gallinas.

La guerra contra la inflación, es vergonzosa. Con una inflación de 808% anualizada a julio de 2015, según los cálculos del profesor Steve Hanke, el país es el único país con hiperinflación en el Siglo XXI, un fenómeno monetario que se creía desaparecido a finales del Siglo XX, porque se pensaba que ningún gobierno falsificaría su propia moneda emitiéndola sin respaldo alguno.

Maduro y el BCV han demolido el poder de compra del bolívar fuerte.

La delincuencia arrebata la vida a 24 mil venezolanos anualmente. Más que todos los años de la guerra de Estados Unidos en Irak. Las megabandas han crecido antes los ojos de la unión cívico-militar-policial y dominan a su antojo vastos territorios del país. El tráfico de drogas está instalado en todas las ciudades del país, desde pequeñas hasta la capital.

Atracos ocurren ante los ojos de todos, a pleno día, en todas partes. La guerra contra la delincuencia la perdió. Por eso no publican las cifras oficiales de sucesos.

La guerra eléctrica la perdieron, el comandante y su unión cívico militar. Los cortes, interrupciones hasta apagones generales se han hecho comunes, a pesar de una caída en la demanda por la crisis socio económica. Esta guerra la ganó una iguana. Como consecuencia de su derrota, ya no publican los datos de energía generada y transmitida.

La guerra contra la escasez la perdieron hace años. Por eso impiden que el BCV publique el índice de escasez oficial. El país padece ausencias de todo: medicamentos, artículos de higiene, repuestos, químicos para la producción, alimentos básicos como leche, arroz o pastas. Las colas humillan diariamente al pueblo venezolano.

En la guerra del acero y el aluminio fueron arrasados. Sidor, la acería emblemática nacional, que cuando era privada entregaba 200 millones de dólares anuales de dividendos a sus accionistas Clase B, hoy en manos de la unión cívico-militar-sindical arroja pérdidas anuales de 1.200 millones de dólares, que le arrebatan al pueblo pobre de Venezuela.

Sidor, las otras acerías estatales y las empresas estatales del aluminio, no publican sus estados de resultados.

La guerra del petróleo ha sido inaceptable y bochornosa. Simplemente molidos. Pdvsa ha liquidado (vendido) más de tres millones de barriles diarios de capacidad de refinación que tenía en el mundo. Tiene casi un millón de barriles diarios de petróleo hipotecados a los chinos.

Ha multiplicado por 6 su nómina mientras produce 1 millón de barriles de petróleo menos que en 1999. Su deuda asciende a 47 mil millones de dólares, tres veces el total de reservas internacionales del país. Los precios mundiales del petróleo se han derrumbado a su mínimo en 6 años. Pdvsa publica sus estados de resultados con años de retraso.

Las guerras de la harina de maíz, del café, de las caraotas, del aceite, de la soya, del cloro, del ensamblaje de carros y tractores, del agua, del arroz, del cemento, de las cabillas,  también las ha perdido, pesar de contar con centenas de empresas propias y miles de empleados para ellos.

La guerra del salario mínimo es lamentable. El trabajador venezolano tiene hoy un salario mínimo mensual de 44 dólares, (a una tasa de Bs. 170 por dólar) que es 8 veces menor al salario mínimo de Bolivia, 8 veces inferior al de Colombia, 12 veces inferior al de Ecuador y 14 veces inferior al de Argentina.

La guerra del Psuv la perdió y feo. El que fuese un poderoso y nutrido partido político, fue secuestrado por el comandante y su unión cívico-militar. Hoy es una corporación mercantil de rent-seekers (capturadores de renta) sin ideas ni propuestas. Que le alquila el prestigio a artistas y atletas para lanzarlos como candidatos o para ubicarlos en cargos públicos. Donde se compran oportunistas políticos.

Luego de contar con el 40% de apoyo popular en el año 2008, hoy el  PSUV tiene apenas el 19%, perdiendo un tercio de su militancia en los últimos tres años.

La guerra por la credibilidad electoral, aquella permite la “legitimidad” de origen, ya la pierde por adelantado.

Se necesitan dos condiciones para negar la observación internacional de una elección: Ser una tiranía o ser una minoría.

Las guerras también son una decisión moral.

Maduro, renuncie. Permita que el país pueda superar sus derrotas.