En Guayana la muerte se baña en oro

Clavel Rangel, Revista Clímax. Fotos: Germán Dam Vargas

En los últimos seis meses 41 personas han muerto en enfrentamientos por el control de las minas del sur del estado Bolívar. Mientras Minerven opera a un 16 % de su capacidad, delincuentes y mineros se ufanan de multiplicar por 10 la producción de la empresa estatal aurífera. Pero riquezas que, a juzgar por los datos del Banco Central de Venezuela, no se quedan en el país. Al cierre del 2013, el aporte del sector minero al PIB cayó 21%.

Esa noche celebraron como nunca. Cada balazo retumbó en las montañas de oro y los casquillos cayeron como una lluvia de granizo sobre la tierra de Caolín. El asesinato de Yorman Márquez, mejor conocido como el “Gordo Bayón”, el lunes dos de junio, se supo primero en las minas de Guasipati, al sur oeste del estado Bolívar, donde la señal telefónica es casi imposible.

A 15 horas de carretera desde Caracas, entre las minas Caolín y Cicapra, una llamada prendió la parranda en las galerías artesanales y, más aún, en la última barraca, loma arriba, en aquella alta guarida de madera y plástico.

“El Menor”, un minero ilegal, fue el primero en enterarse de la muerte de su último contrincante y rival en los negocios: Márquez, quien estuviera implicado en extraños tejemanejes en los sindicatos de la Siderúrgica del Orinoco Alfredo Maneiro, SIDOR, y con una causa penal abierta por homicidio.

“Le di hasta en la madre”, le aseguró “El Pelón”. El hombre que, en la avenida Francisco Fajardo, cerca del Hotel Alba Caracas, dejó sin aliento a Yorman.

“Bayón”, sospechoso de un triple homicidio y otros asesinatos más que la policía nunca registró, había intentado apoderarse de todos los yacimientos de oro que van desde Guasipati, El Callao y el kilómetro 88; filones que por el Decreto 8.683 pertenecen al estado venezolano —pero en los hechos el dueño es quien más se haga respetar.

Con su gente y a tiro limpio, “Bayón”, aquel flaco como una escoba, alto, moreno, de corte bajo y lentes de pasta, consiguió hacerse de la mina Las Vainitas, dejando a su rastro una rivalidad que en los últimos seis meses cobró más de 41 vidas y diversificó las vacunas en toda la cadena ilegal de explotación.

El incremento de los precios del metal en 500 por ciento en la última década atrajo no sólo a las bandas sino también a cientos de pobladores del centro occidente del país. Vieron en la minería de pico y pala la oportunidad de un mejor futuro —aunque eso a veces signifique quedar atrapado en la línea de fuego.

Los lugareños del sur de Venezuela calculan que fue hace un año cuando la delincuencia se apoderó de los pueblos.

“Esto está imposible. Pura matazón y nadie hace nada. Hace tiempo un alumno salió de la mina con tanto dinero que le dio para comprarse una finca y un carro del año”.

“El muchacho no pagó vacuna y ahora lo andan buscando”, cuenta Juana, una mujer dedicada a la artesanía que entre sorbos de café confiesa haber deseado nacer en otras tierras. “El oro es nuestra maldición”.

Y de esa guerra hay rastro hoy. Sobre la tierra color ladrillo decenas de casquillos dorados se confunden con la riqueza de ese suelo. Entre los arbustos del kilómetro 45, el sol tuesta la piel, como a una concha de naranja. Sobre esa montaña de Caolín, la brisa cálida entra por los agujeros que uno de tantos enfrentamientos dejó en los techos de cinc.

—Eso fue la última guerra, como dos horas de tiro trancao, varón —comenta “El Menor”.

“El Menor”, un hombre retaco, de 38 años, amarillo como un apio, conoció a Cristo cuando “le sembraron” dos kilos de cocaína. Desde entonces es adventista. Tiene casa por cárcel en Guasipati, pero este miércoles se estira sobre lo alto de la montaña para recibir a la visita.

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Se llega a Cicapra casi por casualidad. Sin una referencia sería imposible atravesar más de tres alcabalas que cercan los perímetros de al menos tres de las cuatro minas más populares del sur: Cicapra, Florinda, Caolín y Campanero. Atrás, en la plaza Bolívar de Guasipati, en el municipio Roscio, los vecinos esperan la pick up que los lleva. Doscientos bolívares hasta el río Yuruari, 800 ida y vuelta.

Son casi dos horas hasta el río, que en temporada alta se atraviesa en balsa, y cuando comienza el verano en camioneta sin problema. Después de sus aguas, tres adolescentes con escopetas y pistolas automáticas arman la primera alcabala. Son parte de la base, un grupo de 100 hombres armados que custodian los perímetros de la mina.

Es también en ese camino, donde el asfalto termina, en el que decenas de cadáveres han quedado tiroteados o quemados. En noviembre del 2013, la policía halló dos cuerpos calcinados con balazos en la cabeza. El señor Vedy Chirinos apareció muerto allí, y su hijo tuvo que transitar esa trocha con el cadáver de su padre acuestas; porque “la base” no permitió la entrada ni de la policía ni del cuerpo de investigaciones.

—A los únicos que le dieron permiso de pasar fue a mí, a mi hijo y a mis dos hermanos. Varios hombres armados nos escoltaron hasta donde estaba mi esposo. Tuvimos que atravesar un río, envolver el cuerpo en bolsas negras, porque estaba muy descompuesto, cargarlo y caminar varios metros —contó Ligia, la esposa de Vedy, en noviembre de 2013.

“Ahora con la muerte de ‘Bayón’ la cosa está calmada”, desliza una de las hermanas de “El Menor” que, para la sazón, carga con cajas de margarina, aceite, cerveza, galletas y refrescos —productos que en la ciudad son escasos— para reabastecer su bodega en “la esquina”, entre las minas Cicapra y Caolín. Cree que no habrá otro líder que se alce sobre “Bayón”. “Lo que pasa es que no hay nadie que controle así como lo hacía él”, remata la muchacha.

Aun así, cada tantos metros, adolescentes aparecen en el camino sobre motocicletas con armas largas. Advierten de una incursión de grupos contrarios o del paso del Ejército que una vez al mes entra a quemar las máquinas, destruir campamentos y a cobrar vacuna.

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No hay, oficialmente, datos sobre la producción de la minería ilegal en el estado. En el 2011, el entonces Jefe del Comando Estratégico Operacional de la Fuerzas Armadas Nacional Bolivariana, general Henry Rangel Silva, aseguró que el gobierno había erradicado el 85 por ciento de la minería ilegal con el Plan Caura, uno de los últimos proyectos sucesores de la “Reconversión Minera” con que el gobierno del presidente Hugo Chávez intentó diversificar la actividad económica en los pueblos del sur.

La entrada en vigencia del Decreto 8.683, en el 2011, reservó la exploración, explotación y comercialización del oro al Estado. Convirtió en ilegal toda la actividad minera y revirtió todas las concesiones otorgadas a rusos, chinos y canadienses. Con la estatización, la actividad estatal decayó a niveles históricos. De acuerdo a la Memoria y cuenta del 2013, Minerven produjo 1.6 toneladas de oro, el 16 por ciento de su capacidad instalada.

Los mineros —que otrora soñaban un empleo en Minerven— ahora se ufanan de multiplicar por 10 la producción de la estatal en las minas ilegales. “Nosotros aquí producimos más dinero que la Ferrominera, que Sidor, que el aluminio, ¿entiendes?”, dice orgulloso Pedro García, un ex trabajador de la siderúrgica, que hace 30 años se dedica a la minería.

Ya cumplió dos meses sin salir de la selva que lo ha provisto del sustento para formar a sus tres hijos. Ahora le faltan los dientes y se inclina sobre el fondo de la tierra para mostrar unas piedras que consiguió y le pueden dar hasta 20 mil bolívares semanales.

Un 10 por ciento se lo queda el molino, pero “la pelota” la venden a compradores foráneos y la ganancia se la reparten entre todos.

“Cuando llega el Ejército corremos selva adentro, pa’ allá adentro. Eso es lo único malo de esto, que se meten y nos queman todos”.

Hace tres años el entonces ministro de Industrias Básicas y Minería, José Khan, señaló que el 50 por ciento de la producción de oro —entre 2008 y 2009— no fue reportado al Estado. Representó pérdidas de 385 millones de dólares. En 2010, sólo se reportaron el 29.4 por ciento de las toneladas de oro comercializadas a nivel internacional.

La industria estatal del oro ha sufrido un retroceso en su proceso de tecnificación. Pero en los yacimientos ilegales, los payloders y retroexcavadoras de los mineros no tienen nada que envidiarle a otras empresas del mundo.

“Tenemos una manera de samplear —de ubicar el oro. Agarras un ‘samplecito’ como una ‘bateita’, y allí lavas un poquitico de tierra… ¿y sabes cuánto paga eso? Ya nosotros sabemos que esto paga, que esto no paga, que esto sí. Donde hay más metemos un detector, un 5 mil y allí varón, eso es tremendo, eso jala, jala duro y lejos”, explica “El Menor”.

Con la grama a 2.250 Bs. en el pueblo y 3 mil en “los colombianos”, ya nadie pelea un puesto en la única empresa del estado de la zona que, por cierto, hace tres años que no discute contrato colectivo.

Un salario mínimo es el equivalente a dos gramos de oro que un poblador cualquiera puede sacar cargando 10 sacos de tierra con material aurífero en Guasipati o El Callao. En zonas de alto tenor —cantidad de oro por tonelada— un grupo de mineros puede llegar a moler hasta siete kilos en una noche, el equivalente a un apartamento de dos habitaciones en una buena zona de Alta Vista en Ciudad Guayana y un carro.

—A mí me quedaron mil 100 gramas. Y de allí yo tengo que darle a todo el mundo, al Ejército. Tengo que pagar todos los gastos de aquí y todavía no he pagado el azogue —mercurio que en Mercado Libre se consigue a 16 mil Bs. el kilo— que le debo a la flaca, medio kilo a los rusos y 200 gramas por allí. A esos muchachos, los valencianos, le tocan tres gramas a cada uno vale, esos muchachos tienen tres días aquí” —reclama “El Menor”.

Si es verdad que están legales ¿por qué el Ejército se mete?

—Porque yo no les puedo pagar vacuna a ellos, hermana. ¿Sabes por qué? Si otras minas le pagan es porque se metieron malandros… y ellos nunca en su vida han sido mineros. ¿Y sabe qué? En todo este terreno yo dificulto que haya una mina que tenga más oro que esta, porque esta no tiene gasto. No tiene agua y es blandita porque es puro Caolín —vuelve “El Menor”.

Hay quienes dicen que el negocio compite con el narco, pero con menos riesgo. Hay quienes entran a la montaña y nunca salen porque un alud de tierra los tapió. También por quedar atravesado en la línea de fuego o porque fueron interceptados en el camino para quitarle el oro como a los últimos tres que mataron en Cicapra en el mes de abril.

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La noche que en Cicapra, Campanero y Caolín supieron que el “Gordo Bayón” estaba liquidado, celebraron con tiros al aire el comienzo de la venganza. “El Menor” y sus aliados se apertrecharon y una semana después fueron por el resto de sus rivales en la mina Las Vainitas. Hace dos meses, sus enemigos buscaban al “El Chileno”, hermano de Jhonatan, quien es uno de los sobrinos de “El Menor”. Dos hombres se metieron en un pool con un AR15 y dispararon una ráfaga contra más de 30 personas.

—¿Si ve que el Señor es grande? Sólo a una chamita le volaron la cabeza. Hubo como 10 heridos. Dijeron que era algo pasional y quedó allí —dice “El Menor”.

En Campanero oscurece y se encienden los bombillos de los campamentos de plástico. “El Menor” recorre las minas en una Autana blindada que un propietario de máquinas le dejó a cambio de favores.

“Caracas”, el chofer que llevó a estos periodistas hasta Cicapra y Caolín, espera en una pickup verde a tres mujeres que se repartieron “La Pelota” y salen de las minas con más de un kilo de oro en los bolsillos.

—Ta pendiente “Caracas”, si no está el Gobierno por allí. Ve preguntando, que llevo un “orero” en los bolsillos —dice una ellas. Es hermana de “El Menor”. La familia de este último va nerviosa en la parte trasera de esa camioneta. Cambiaron al comandante del Core 51 y no han tranzado con la Guardia.

—La última vez me metieron presa y me llevaron pa’ la comandancia —suelta otra de las mujeres de la transacción.

El motor de esa camioneta verde retumba en medio de la selva. Los sobresaltos de los baches tienen a la tripulación con los nervios de punta y el dedo en el gatillo.

Hace unas semanas unos mineros fueron interceptados para robarle el oro. Maelo Ruíz interpreta una canción del momento y en el camino, un letrero despide en el kilómetro 40: “Que no te encuentre la muerte sin antes conocer a Jesucristo”.

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