Cicatrices de una revolución

Elides J. Rojas L., El Universal

Primero veamos cómo definen “revolución” la mayoría de los textos, sin ánimo de entrar en grandes profundidades: Una revolución (del latín revolutio, “una vuelta”) es un cambio social fundamental en la estructura de poder o la organización que toma lugar en un período relativamente corto o largo dependiendo la estructura de la misma.

El proceso venezolano, visto públicamente por allá en 1992 con los golpes de Estado y elevado al poder por la vía democrática en 1998, en efecto ha hecho cambios fundamentales en la estructura del poder y también en la organización social.

Todo en nombre de la revolución social de izquierda, de inspiración cubana, más dañina y fracasada de la historia.

Imagen vía web.

No obstante, se puede afirmar, sin mayores riesgos, que el chavismo no dejará cambios positivos en la sociedad venezolana.

Deja, eso sí, montones de cicatrices, de heridas sin sanar, de navajazos lanzados por toda la piel del país.

Esa es la titánica labor que le tocará a la próxima generación: reconstruir este desastre, suturar las heridas, meterle curitas a los navajazos.

Con optimismo decimos que bastará una generación. Hay talento y recursos para que en solo 40 años Venezuela esté en el camino de un real y sostenido desarrollo.

Hagamos un recorrido por las profundas heridas que la revolución cubana, tirada a empujones sobre los venezolanos, deja para la historia:

Polarización política, división de clases, discriminación por militancia, odios hasta entre familiares, abuso de poder como forma de gobierno, irrespeto a las leyes, anomia instalada, pérdida de ciudadanía, la trampa y el ventajismo como forma primaria de actuar, mendicidad, vagancia, flojera en las escuelas, bachilleres aprobados a juro, admiración por la riqueza fácil, destrucción del respeto a instituciones fundamentales como las Fuerzas Armadas o los tribunales, criminalización de todo lo que huela a oposición.

Demolición de toda la economía. Quiebra y ruina del sector privado. La expropiación usada como una forma de asalto disfrazado de legalidad.

Aniquilación del bolívar como unidad monetaria. Provocar la más bestial inflación sufrida por los venezolanos en toda su historia. Instalar la miseria, la pobreza, el desabastecimiento, la escasez como forma de vida de un pueblo que desde hace 17 años los respaldó electoralmente hasta que descubrió qué clase de dirigencia lo acogota. Introducir la limosna política y la amenaza como fórmula de compromiso militante.

Imagen vía web.

Barrer con los símbolos de la patria hasta convertirlos en símbolos del partido de gobierno. Desintegrar el aparato productivo. Quitarles a los jóvenes la esperanza y la posibilidad real de crecer en el país, de comprar vivienda, de adquirir un carro, de hacer carrera, de tener familia con chance de un futuro mejor.

Convertir a Venezuela en objeto de burla de otros países de la región que sí encontraron un camino efectivo para ofrecer mejor calidad de vida a su gente. Haber militarizado todos los estamentos de la vida nacional. Permitir que el hampa se haya convertido en la autoridad en las calles y barrios. Instalar la impunidad como elemento característico de tribunales, policías y hasta contraloría.

Imagen vía web.

Haber dilapidado la bicoca de 1.300 millones de millones de dólares, sin dejar ni siquiera una autopista completa nueva. Y hay mucho más.

Hasta aquí aguanta la crónica. No será fácil. Una generación destruyó al país. A otra le tocará levantarlo de la ruina y curar las heridas.

Y lo harán bien. Seguro.

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