La verdadera historia del Pan de Jamón

Miro Popic

Muchos creen que el pan de jamón se ha comido toda la vida en Venezuela y no es así.

Es más, aunque les duela a algunos Bolívar no comió pan de jamón. No pudo hacerlo porque en su época simplemente no existía.

Sobre el origen del pan de jamón existen muchas historias (la mayoría equivocadas debido a su carencia de rigor histórico e investigativo): desde su origen colonial y mestizo, hasta la de que fue el invento de un panadero italiano por allá en 1940 quien, en medio de una borrachera decembrina, le dio por confeccionar un cachito gigante.

Lo realmente cierto del origen del pan de jamón, es que no nació en la época colonial ni en el patio trasero de las casas de la época pues no existe registro histórico que lo avale.

No es entonces, una receta que se ha legado de generación en generación y que haya sufrido los cambios propios de su paso por el tiempo.

Es una creación de comienzos del Siglo XX, que poco a poco se fue transformando en una costumbre navideña hasta hacerse imprescindible cada diciembre.

Determiné que el pan de jamón fue creado en la panadería Ramella de Gradillas, por su dueño el médico Lucas Ramella.

Buscar el origen de este pan fue mi primera investigación en asuntos culinarios venezolanos, que culminó en “El libro del Pan de Jamón y Otros Panes”, editado por Ernesto Armitano, en 1986.

Por si no lo saben, el pan de jamón es exclusivo de nuestro país, se inventó aquí, se come sólo aquí y lleva el sello de nuestra identidad.

Una edición corregida, revisada y aumentada, salió en el 2014, en la colección Libros de El Nacional, con el título de “El Nuevo Libro del Pan de Jamón”.

El primer registro del pan de jamón es de diciembre de 1905. Apareció en un aviso de esa panadería, donde se ofrecía “pan con jamón”; y originalmente llevaba sólo jamón.

Al año siguiente, para la misma fecha, aparecieron similares ofrecimientos pero en otras panaderías de Caracas, como Montauban & Cía., y la panadería Solís, de los hermanos Banchs. Surgió luego la oferta de “pan de jamón” que, en ambos casos, solo llevaban masa de harina de trigo y jamón.

Se hacía con masa de pan sobado que se rellenaba con los restos del jamón de coleto que se planchaba luego de dejarlo remojando en una preparación que incluía vinos, clavos, piñas, canela, papelón, etc. Luego, las panaderías de la competencia, que eran muchas, imitaron esta creación y le fueron agregando pasas y aceitunas.

“Fue Ramella la que comenzó con el pan de jamón y luego siguieron las otras panaderías -me dijo don Luis Morales en 1982, cuando todavía era secretario de la Asociación de Industriales de Panadería, que él había fundado en 1955-. Este pan se hacía con jamón “Ferry”, que venía forrado en una capa que llamábamos “chapapote”. Después de los años 40 el pan de jamón comenzó a hacerse con jamón en lonja. Pero ya no era el mismo, ni la masa ni el relleno. Ahora todo es más industrial, tiene menos sabor, antes se hacía con verdadero arte”.

Otra panadería famosa era la “Solís” de F. Banchs & C.A., y algunos creen que fue allí donde se elaboró por primera vez y quien lo hizo fue el viejo Francisco Banchs, de origen catalán, llegado a Venezuela en 1890. Pero no es así. “Mi abuelo llegó de España en 1890 – me confesó su nieto, el Dr. Francisco Banchs- y era de profesión panadero, pero él no inventó el pan de jamón. Es más, en España no se conocía en esa época».

Panadería Solís

En la panadería de “Solís” comenzó a fabricarse a principios de siglo, pero no fuimos nosotros quienes lo inventamos, ya otra panadería lo había hecho antes, debe haber sido “Ramella”, como usted dice. Se hacía con jamón “Ferrys” y se picaba en cuadritos de un centímetro.

«Recuerdo muy bien porque yo era el encargado de cortarlo y pesarlo, yo era el pesador. Al pan de Bs. 1 se le ponían 30 gramos de jamón y 5 gramos de pasas, al de Bs. 2, 60 gramos de jamón y 10 gramos de pasas, y al de Bs.4, 120 gramos de jamón y 20 gramos de pasas. Eran panes por encargo».

«Recuerdo que todos los 24 de diciembre, entre las 4 y las 7 de la noche, la panadería se llenaba de gente buscando el pan de jamón. Hubo un año que cayó un tremendo palo de agua y muchos panes se nos quedaron fríos».

Normalmente las grandes recetas han nacido en las cocinas hogareñas y de allí han pasado a la cocina pública, a los restaurantes. Con el pan de jamón ocurre lo contrario. Desde sus orígenes fue un producto industrial que se transformó en tradición navideña.

La mayoría de la población se alimentaba con poco y solo en diciembre se daban el gusto de comer algo sabroso o de preparar las trabajosas hallacas.

El pan de jamón ha sufrido últimamente algunas alteraciones que van más allá de la receta original. Ciertas panaderías en vez de jamón de cerdo utilizan pavo, lo que es muy respetable en caso de aquellos que por cuestiones religiosas o prescripciones médicas, no pueden comer cochino.

Otros preparan versiones con masa de hojaldre, rica en mantequilla y más quebradiza.

También algunos lo hacen vegetariano.

He comido también panes rellenos con salmón ahumado, pero eso es ya otra cosa.

Para darle brillo, se pinta con huevo. Por mi parte, le pongo un melado de papelón cuando está dorándose en el horno. Le da ese toque dulzón que tanto nos gusta.

La primera prueba de que en Caracas existía el pan de jamón, la encontramos en el Nº 1826 del periódico “El Constitucional”, del 21 de diciembre de 1906, en un aviso a 3 columnas que dice: “Pan con jamón. Especialidades de la casa para los días de Pascuas, a 2, 4, 6, 8 reales, etc. Panadería de Sociedad Montaubán & C.A.”

No es sino a partir de los años ochenta, con la publicación de las primeras recetas en revistas y periódicos, que el pan de jamón comienza a hacerse en casa. En verdad no tenemos costumbre de preparar el pan en el hogar, salvo algunas familias andinas. Es más fácil adquirirlo en la panadería de la esquina.

Pero poco a poco esto ha ido cambiando y cada día son más los que se atreven a enharinarse las manos, entrarle de lleno a la cocina y hornearlo en casa justo el mismo día de la fiesta, para comerlo bien calentito, que sabe a gloria.

Para Juan Carlos Bruzual:

“…el pan de jamón es el único pan venezolano que recorre la fibra social de nuestro país, es decir desde las clases más pudientes hasta las más desposeídas o menos favorecidas comen pan de jamón en navidad, unos más costosos otros más económicos, pero todos los venezolanos comemos este pan en navidad, y así como recorre de arriba hacia abajo y se devuelve de abajo hacia arriba la fibra social, también atraviesa geográficamente de norte a sur y de este a oeste nuestro hermoso país, ese hecho en si mismo convierte al pan de jamón en un identificador de nosotros los venezolanos como pueblo, culturalmente el pan de jamón nos une en torno a una patria, a una nación con la que nos identificamos y de la cual nos sentimos orgullosos…”.

A los náufragos de Güiria no los mató el mar

Willy McKey / PRODAVINCI

«Alone», fotografía de Enrico Deputato | Flickr

Cadáveres flotando hasta las costas de Güiria. Uno. Dos. Once. Diecinueve. ¿Importa el número? Hasta la costa de la Península de Paria llegan cadáveres nuestros, muertos nuestros, flotando.

De ahí la corriente, mientras brazos anónimos los levantan en peso y los ponen a secar sobre las losas de concreto donde escurren de muerte ahogada, otra deriva los lleva hasta las pantallas de nuestros teléfonos, al WhatsApp, al cardumen que somos en las redes sociales.

Flotan.

No hay periodismo capaz de alcanzar el tamaño de la noticia.

Flotan.

Y aquello que flota se asoma porque no puede mantenerse oculto: sube, se pone a la vista, evidencia su volumen.

Muertos en el mar.

Nuestros muertos en el mar.

Muertos como los balseros cubanos del Período Especial. Muertos como los africanos que no sobreviven el paso final del Mediterráneo. Muertos y náufragos de una embarcación y de un país y de una esperanza que el mar transformó en duelo.

Muertos con sus caritas comidas por los peces y la sal, porque hay niños en este horror que indigna.

A los náufragos de Güiria no los mató el mar.

Huían de un país que los ahogaba, donde los hijos le dicen a los padres que tienen ganas de irse porque están flaquitos. Huían de un país que la política ha convertido en un peñero a la deriva y a punto de estallar contra la primera roca que lo hiera. Huían de un país donde no hubo lugar para vivir con la dignidad que alguien le prometió y ahora son alimento de los peces.

Ahora, en el paisaje de nuestra Historia contemporánea, tenemos niños muertos con sus caritas comidas por los peces.

A los náufragos de Güiria no los mató el mar.

Se lanzaron al agua buscando tan solo su derecho a una vida normal, atando esa misma vida a un hilo que ahora tiene que dolernos porque nos está apretando en la garganta, en el pecho, en las manos. En la culpa.

En una geografía de aguas inversa a la cubana, tenemos muertos que desde tierra firme intentaron alcanzar la isla que les quedaba más cerca, sin importar los problemas del idioma ni del desprecio, si aquello significaba poder comer y vivir honestamente del trabajo.

Y el gobierno de esa isla, con una crueldad que no podemos permitirnos olvidar, los devuelve al agua como quien se quita de encima un problema ajeno, convirtiendo la política exterior en una de esas planchas que en los barcos piratas equivalía a la pena de muerte.

A los náufragos de Güiria no los mató el mar.

Es una afirmación que debemos repetirnos como una oración, como un mantra, como un rito sonoro que nos ayude a soportar la pena de ver los cuerpos secándose a la intemperie, el día que en la Península de Paria se pescó la muerte de tantos.

Una península.

Viene a la memoria, de manera automática, la definición en tono escolar, con olor a tiza: una península es una porción de tierra rodeada de agua por todas partes, excepto por una que la une al continente.

Virgilio Piñera, poeta cubano, alguna vez se atrevió a definir las angustias de una isla como «la maldita circunstancia del agua por todas partes».

Hoy, después de los náufragos de Güiria, somos menos que ese verso de Piñera.

Caricatura de EDO: «Naufragio»

Somos una península a la que llegan nuestros muertos flotando y comidos por los peces.

¿Cuál es el brazo de tierra que nos mantiene pegados al continente, a eso que nos contiene?

¿Qué nos contiene?

¿Cómo se pide, en una mesa de redacción cualquiera, que se midan porcentajes de abstención o participaciones populares después de que estos muertos flotan hasta nosotros?

¿Cuál es la noticia que puede jerarquizarse por encima de este horror sin desenlace?

¿Que estamos muertos?

A los náufragos de Güiria no los mató el mar.

 

Una hamburguesa con Bayón

Germán Dam es un destacado periodista, especializado en la fuente más difícil de cultivar y de ejercer: sucesos.

Lleva 11 años desarrollando su profesión con éxito, al que ha contribuido su otro grado universitario como abogado.

Esa combinación periodista/abogado le ha permitido “morder” la noticia, hablar el lenguaje de la fuente que cubre, entender la estructura del sistema de justicia y los procesos judiciales, conocer la conducta criminal y descubrir las tramas cómplices del delito.

Por ello, habla y escribe con propiedad.

Recientemente, narró en su cuenta de Twitter .@GEDV86 una vivencia dura, peligrosa, valiente y audaz, inmersa en su diario trajinar del ejercicio profesional.

Pero también profundamente humana en su motivación.

Estas son sus líneas, forjadas en el crisol del periodismo de sucesos.

Una hamburguesa con Bayón

Corría el 2012, o 2013… ya no recuerdo. Era mediodía y estaba de guardia en .@CorreodelCaroni Iba a desglosar el material con el que trabajaría ese día, cuando recibo una llamada de “Zé Pequeño”.

Óscar José Mosquera Mina, alias “Ze Pequeño”.

«Hermanito, tenemos que hablar urgente«, me dijo.

Le pregunté sobre qué y respondió “debe ser personalmente”.

Me extrañó porque Zé Pequeño era mi fuente desde hacía muchos años y había extrema confianza entre ambos.

Acordamos almorzar en un viejo restaurante chino en Castillito, para tratar el misterioso asunto.

Llego al restaurante, paso a la sala principal y en la última mesa a la izquierda estaba esperándome el joven pran de Puerto Libre.

La comida estaba servida para dos; me dijo “comamos primero para luego hablar”.

Comimos arroz especial, lumpias y agridulce de cerdo.

Finalizado el almuerzo, “Zé Pequeño” -con cara de preocupación nunca vista- me explicó que «el jefe» había mandado a sacar del paso a mi amiga, mi hermana y compañera de trabajo .@MaisdulinY

La razón: «No le gusta como escribe de él. Se afinca mal«.

A .@MaisdulinY la conozco hace más de 15 años.

Estudiamos en la UCAB, luego fuimos colegas de Sucesos (ella en Nueva Prensa y yo en Correo del Caroní), después compartimos la fuente en el mismo medio.

Era mi día a día, nos peleamos, nos reconciliamos. Éramos nosotros.

Yo tenía que impedir la ejecución de esa orden a como diera lugar y lo primero que vino a mi cabeza fue pedir una reunión con «el jefe»… que era nada más y nada menos que “Gordo Bayón”, quien junto a “Capitán” eran los delincuentes más peligrosos de Ciudad Guayana para ese entonces.

En ese momento no me importó nada… yo metía (y meto) las manos por mi amiga. En el fuego si es necesario.

“Zé Pequeño” cogió su teléfono, se paró y se alejó de la mesa e hizo una llamada corta. Al regresar me miró aliviado y me dijo: «Esta noche vamos a verlo y le explicas«.

Nos despedimos a eso de la 1:30 de la tarde tras acordar que lo buscaría en Puerto Libre a las 7:00 de la noche, sin falta y puntual.

Llegué al periódico y comencé a escribir la pauta del día. Las horas pasaban lento y en mi mente sólo imaginaba todos los posibles escenarios de la reunión.

Sin decirle nada a nadie -porque sabía que las respuestas me dejarían más asustado que valiente- salí de mi segunda casa y me enrumbé a Castillito.

Llegué a casa de “Zé Pequeño” y nos fuimos a la reunión con “Gordo Bayón”, en un barrio vecino: La Curva de Castillito.

Conduje hasta la cancha de futbolito, ubicada en lo más alto del cerro. Allí me indicó que estacionara. Nos bajamos y cruzamos la cancha, después de saludar de puñito a 2 jóvenes armados con ametralladoras.

Nos ubicamos cerca de una torre de alta tensión y esperamos.

La vista del río Caroní a esa hora y desde ese punto, era impresionante.

«Si algo malo pasa, por lo menos me iré con una bonita visión«, pensé.

No pasaron 10 minutos cuando llegó una Toyota 4Runner y se estacionó delante de mi camioneta.

De ella descendió un hombre alto y flaco, vestido con una camisa azul manga corta, bluyín y zapatos casuales marrones. Corte de cabello bajo y lentes.

En su espalda llevaba terciado un fusil Steyr AUG y en la cintura una Beretta F92. Llegó sin escoltas. Ese flaco era “Gordo Bayón”.

Saludó a todos con un choque de mano y luego de puños y se acercó hasta donde me encontraba. Mi corazón latía a mil -literalmente porque sufro de hipertensión- pero no podía, ni quería demostrar miedo.

Yorman Pedro Márquez Rodríguez, alias “Gordo Bayón”.

“Gordo Bayón” me dijo: «Querías hablar conmigo y aquí estoy«.

Sin titubear, sin gaguear, sin demostrar miedo, le expliqué que ni ella ni yo teníamos algo en su contra. Le expliqué detalladamente cómo los periodistas hacen su trabajo, cómo van a las fuentes, cómo llegan a la información que sale publicada en los medios.

También le cuestioné que tanto ella como yo escribíamos de él, su socio y su banda cuando tocaba hacerlo por equis o ye caso, pero que sus amenazas iban sólo contra ella y no contra mí.

Contra todo pronóstico, el entendió y me dio la razón.

Sacó su teléfono, hizo una llamada para frenar la orden contra Maisdulin y me prometió que nada le pasaría.

Como muestra de «buena fe», me pidió que cenara con él y su gente en el mismo sitio donde estábamos.

Comer para salvar a una amiga, ¿quién diría que no?

“Gordo Bayón” sacó un fajo de billetes y se lo dio a uno de los muchachos.

«Gordo Bayón»: «Como muestra de buena fe, cena conmigo».

«Compra todo eso en hamburguesas. Para mí, un refresco de uva y Coca-Cola para el resto«, ordenó.

Durante esa media hora hablamos de todo. “Gordo Bayón” me llamaba licenciado y yo le pedía tutearme.

Las hamburguesas llegaron. Especiales para él, para “Zé Pequeño” y para mí, y sencillas para el resto del grupo. Igual pasó con el refresco de uva y la Coca-Cola.

Terminamos la cena, cada quien cogió su camino y más nunca lo vi.

De eso ya 7 años, o 6… ya no recuerdo.

Gordo Bayón muerto, “Ze Pequeño muerto” y yo fuera de mi amada ciudad.

Esta es una historia que ni .@MaisdulinY sabe -hasta que lea este hilo- pero que mi memoria decidió sacar a flote hoy y coordinó con mis dedos, para traerla a ustedes.

NOTA DE SALA DE INFORMACIÓN

¿Quién fue “Gordo Bayón”?

Yorman Pedro Márquez Rodríguez, alias “Gordo Bayón”, fue un sujeto de 30 años con un extenso prontuario por homicidios, tráfico de sustancias estupefacientes, sicariato, extorsión, pranato minero y posesión de armas de guerra.

El 7 de mayo del 2012 fue ingresado a la nómina fija de Sidor, pese a tener orden de captura por triple homicidio y porte ilícito de armas de fuego.

En ese entonces el presidente de la siderúrgica fue el coronel Rafael Gil mano derecha del gobernador, general Francisco Rangel.

En Sidor, “Gordo Bayón” fue incorporado a la Alianza Sindical –dirigida por José Meléndez e identificada con el Frente Bolivariano de Trabajadores- corriente afecta al gobernador Rangel.

Fue representante de los tercerizados de Sidor y actuó como el enlace entre ellos y el gobierno de Chávez.

El 11 de mayo del 2012, “Gordo Bayón” –a solo cuatro días de haber ingresado a Sidor- se presentó ante el Ministerio Público por la investigación de un triple homicidio en Vista Alegre, San Félix, el 29 de febrero de ese año.

Fue llevado ante un juez de control, quien ordenó privativa de libertad y reclusión en la cárcel La Pica (Monagas).

Esa orden no se cumplió y quedó recluido en una comisaría en Puerto Ordaz.

El 2 de agosto de ese año, fue llevado de nuevo ante el Tribunal Tercero de Control, cuyo juez ordenó libertad bajo régimen de presentación y prohibición de salida del estado Bolívar.

Ese mismo día y a pesar de tener prohibición de salida del estado, viajó a Caracas para reunirse en Miraflores con Chávez. Fue atendido por el entonces vicepresidente, Elías Jaua.

Lo hizo en un avión Beechcraft B200 siglas YV 2452, que partió desde el hangar de la gobernación en Ciudad Bolívar, rumbo a La Carlota. Esta información nunca fue desmentida.

Gordo Bayón” y “Capitán”, fueron cabecillas de una de las bandas que supuestamente recibió más apoyo de parte de la gobernación de Bolívar.

Para el 2013 la banda tenía una gran organización logística y de combate, financiada por los ingresos de sus actividades criminales en Ciudad Guayana: venta de drogas y armas, y el robo de carros y bancos.

Estos delitos contaban con el apoyo de funcionarios de rangos altos, medios y bajos, según fuentes policiales y militares.

“(…) no hay cartuchos para los funcionarios policiales, pero existe un grupo dentro del gobierno regional que está armando a los delincuentes, entregándoles zonas de responsabilidad en los sectores populares”, denunció el entonces comisario jefe del Sebin, José Lezama.

“Gordo Bayón”

“Gordo Bayón”, fue asesinado en Caracas la noche del 02 de junio del 2014, luego de participar en una reunión que el Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Siderúrgica y sus Similares (Sutiss) sostenía con el gobierno, para discutir incumplimientos de la contratación colectiva de Sidor.

Su homicidio fue confesado por un jugador del Minerven Bolívar Fútbol Club, quien robaba bancos y comercios: Eduardo José Natera Balboa, alias “El Pelón”, quien se atribuye con orgullo el asesinato de “Gordo Bayón”.

Hoy lidera la Organización 3R o Fundación RRR, en Tumeremo y se encuentra entre los 10 más buscados por el Cicpc.

En entrevista para Transparencia Venezuela, confesó: “Yo quebré a “Gordo Bayón”.

Tras el asesinato de “Gordo Bayón”, el mando recayó en “Capitán” quien llevó las riendas de la banda los siguientes cuatro años, hasta que el 27 de octubre del 2018 fue abatido por funcionarios de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim), en el estado Miranda.

Recién regresaba al país después de hacer viajes de “negocios” a España y Guatemala.

Hoy la banda fundada por “Gordo Bayón” y Capitán”, la lidera Ronny Colome Cruz Yackson, alias “Ronny Matón”.

Según “El Pelón”, “Ronny Matón” controla el pranato minero “él solo tiene una parte en Guasipati y otra en El Callao; pero no más de ahí, porque hay grupos igual de fuertes y se lo impedimos”.

¿Quién fue “Capitán”?

“Capitán” amenazó de muerte al diputado Américo De Grazia.

Phanor Vladimir Sanclemente Ojeda, alias “Capitán”, quedó al mando de una de las bandas más grandes y peligrosas del estado Bolívar, cuando Yorman Pedro Márquez Rodríguez, alias “Gordo Bayón”, fue asesinado en Caracas.

“Capitán” tenía orden de captura por homicidios, tráfico de drogas, extorsión, sicariato y comercio ilegal de oro, amparado por las autoridades, según fuentes policiales.

“Gordo Bayón” y “Capitán”, otorgaban ingresos y despedían personal de Sidor y en sus empresas contratistas.

En Puerto Ordaz eran custodiados por Patrulleros del Caroní, la policía oficial de la alcaldía de Caroní (Ciudad Guayana).

En su momento, “Capitán” amenazó de muerte al diputado Américo De Grazia tras destapar la olla de la masacre de Tumeremo del 5 de marzo del 2016.

Ronny Yackson Colomé Cruz, alías “Rony Matón”.

La mañana del sábado 27 de octubre del 2018, funcionarios de la contrainteligencia militar dieron con “Capitán” en Miranda y lo mataron.

Con la muerte de los 2 «fundadores» de la banda -“Gordo Bayón” y “Capitán”- ahora el líder de la mayor banda en Bolívar es Ronny Yackson Colomé Cruz, alías “Rony Matón”.

El segundo al mando es el exfuncionario de la Policía del estado Bolívar, Plesklin Wladimir Gómez Beria.

¿Quién fue “Zé Pequeño”?

Óscar José Mosquera Mina, alias “Ze Pequeño”, fue un delincuente quien lideraba una banda cuyo centro de operaciones fue el sector Puerto Libre, en Castillito (Puerto Ordaz).

En su prontuario destacan varios homicidios, de ejercer el pranato en las zonas mineras del sur del estado Bolívar y de comandar un peligroso grupo de extorsionistas y sicarios.

Estuvo solicitado por los tribunales segundo y cuarto de control, por robo, extorsión y sicariato.

“Ze Pequeño” fue abatido por la policía en junio del 2017, en la calle dos de Puerto Libre.

Integraba la lista de los diez bandidos más buscados de Ciudad Guayana.

De izquierda a derecha «Gordo Bayón», «Capitán» y «Ze Pequeño».

La vida poco «comunista» de Karl Marx: criadas, deudas y despilfarro de dinero en alcohol y burdeles

Imagen tomada de biography.com e insertada por Sala de Información.

El comportamiento del pensador que clamó contra la opresión y defendió a las clases obreras más desprotegidas, fue muy poco coherente con las ideas que desarrolló.

I. Viana, Diario ABC (España)

Karl Marx es el pensador que, posiblemente, más ha influido en la historia y la política de los dos últimos siglos, imprescindible para configurar el mundo tal y como lo conocemos hoy.

Su obra es la responsable del surgimiento de ideologías tan importantes como el comunismo y el socialismo, que dio lugar a regímenes dominantes y longevos como la URSS de Lenin y Stalin, la China de Mao Tse Tung, la Cuba de Fidel Castro, la Camboya de Pol Pot, la Rumanía de Ceausescu o la Yugoslavia de Tito.

Desde su muerte, obviamente, se ha hablado y escrito mucho sobre sus ideas, pero no tanto sobre si estas han sido coherentes con su vida.

Resulta chocante pensar que el hombre que se alzó contra los obreros esclavizados e introdujo conceptos como la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la importancia del trabajo, llevara una vida de burgués; y fuera, durante su juventud, un estudiante aficionado a los burdeles, las borracheras y los suspensos.

Esa otra parte de su vida la recogen Malcolm Otero y Santi Giménez en «El club de los execrables» (Penguin Random House, 2018), donde cuentan el lado oscuro de otros de los personajes más idolatrados de la humanidad, como Churchill, Chaplin, Picasso, Hitchcock o Einstein.

El de Marx tiene lo suyo. No hay más que ver dónde gastó su estancia en la Universidad de Bonn, muy lejos de las aulas.

Se unió al Club de la Taberna de Tréveris, una asociación de bebedores de la que llegó a ser su presidente. Allí malgastó sus primeros meses con unos compañeros de batallas que, encima, lo describían como un juerguista violento e infiel, muy poco preocupado por su formación.

La situación tocó fondo cuando, en el primer semestre de 1836, las autoridades universitarias lo expulsaron por «desorden nocturno en la vía pública y embriaguez».

La solución de la familia Marx, una familia de clase media acomodada, fue matricularlo en Derecho por la Universidad Humboldt de Berlín y tampoco le fue muy bien.

Sus estudios en leyes no le interesaron mucho (o nada), pero allí al menos comenzó a desarrollar su querencia hacia las ideas filosóficas de los jóvenes hegelianos.

Finalmente Marx se doctoró en la Universidad de Jena —conocida en el ámbito académico como un centro donde se conseguían títulos con relativa facilidad— con una tesis sobre el materialismo de Demócrito y Epicuro.

Más que los jóvenes millonarios

Marx nunca llegó a sentar la cabeza del todo. Durante su estancia en la Universidad de Berlín, donde pasó cuatro años y medio, fue encarcelado por alboroto y embriaguez y, además, fue acusado de llevar armas no permitidas.

Llegó incluso a batirse en duelo y en el diploma que le extendió la institución, constaba que había sido denunciado en varias ocasiones por no saldar debidamente sus deudas económicas.

En aquella época, fue frecuente que su padre le llamase la atención por el mal uso que hacía del dinero que la familia le enviaba para su manutención.

Karl Marx, junto a su mujer, en 1869 – ABC

Prueba de ello es la carta que este le manda preguntándole cómo era posible que, durante el primer año en la capital alemana, se gastara 700 tárelos, tres o cuatro veces más que cualquier otro estudiante de su edad. «Más que los jóvenes millonarios», le dijo.

Era casi lo que ganaba un concejal del ayuntamiento de Berlín.

«A veces me hago amargos reproches por haberte aflojado demasiado la bolsa y he aquí el resultado: corre el cuarto mes del año judicial y tú ya has gastado 280 táleros. Yo no he ganado todavía esa cantidad durante todo el invierno», añadió su padre en otra carta recogida por Antonio Cruz en «Sociología: una desmitificación» (Clie, 2002).

Después de aquello, Marx se volcó en el periodismo. Se trasladó a la ciudad de Colonia en 1842 y comenzó a escribir para el periódico radical «Gaceta Renana».

Allí expresó libremente unas opiniones cada vez más socialistas sobre la política, junto a unos compañeros de trabajo que lo describían como un hombre dominante, impetuoso, apasionado y con una confianza sobredimensionada en sí mismo.

Matrimonio aristócrata

Jenny von Westphalen. (Imagen tomada de Wikipedia e insertada por Sala de Información).

El pensador alemán ya se había casado con Jenny von Westphalen, una baronesa de la clase dirigente prusiana que rompió su compromiso con un joven alférez aristocrático para estar con él.

Otra cosa es que Marx le correspondiera con es debido.

Lo primero que hizo este fue pedirle que pagara las deudas que había contraído de sus de juergas y afición a las prostitutas. Y ni aún así detuvo sus excesos.

La dote de su esposa se esfumó rápidamente.

En la misma noche de bodas perdió una buena parte del dinero que le había regalado su suegra.

Obviamente no se habló de estas cosas cuando, en mayo, un manuscrito del pensador alemán fue vendido por 523.000 dólares en una subasta celebrada en Pekín.

Más de 1.250 páginas de notas que el filósofo de Tréveris produjo en Londres, entre septiembre de 1860 y agosto de 1863, como preparación para su obra cumbre, «El Capital», base de la ideología comunista.

Fue precisamente durante su estancia en la capital británica, y mientras su propia familia sufría calamidades, cuando se pulió su propia herencia a base de borracheras.

Durante esos años, Marx y su familia tuvieron que sobrevivir de las pequeñas ayudas que les brindaba su suegra millonaria y sus amigos.

Friedrich Engel.
(Imagen tomada de Wikimedia y agregada por Sala de Información).

El propio Friedrich Engel, con quien el filósofo alemán escribió su famoso « Manifiesto comunista» en 1848, tuvo que regalarles una casa. Y a pesar de ello, no consiguió que llegara a su hogar la estabilidad económica que tanto ansiaban su mujer y sus hijos.

Él lo confiesa en una carta a su amigo en la que reconoce que, a pesar de no tener que pagar ningún alquiler, sus deudas no paran de crecer.

Esto no impidió que Marx veraneara en los mejores balnearios ni que mandara a sus hijas a estudiar piano, idiomas, dibujo y clases de buenas maneras con los mejores profesores de Londres.

Todo ello, claro, pagado por Engels.

Un yerno de «mala» familia

Resulta sorprendente igualmente que el famoso pensador socialista, promotor de la lucha de clases, llegara a escribir otra carta en la que expresaba sus dudas sobre el marido de una de estas hijas.

La razón: no tenía claro que fuera de buena familia. Una actitud no muy propia de alguien que pregonaba contra la opresión y defendía a las clases obreras más desprotegidas y desfavorecidas.

Marx, en 1875 – ABC

Otra dato curioso es que, a pesar de las penurias económicas que arrastró, el autor del «Manifiesto comunista» tuvo una criada trabajando en su casa durante toda su vida.

Su nombre fue Helene Demuth y servía a familias ricas desde los diez años. Después de pasar por varias mansiones llegó a la de la baronesa Westphalen, la suegra de Marx.

Cuando la hija de esta se casó con el pensador, les regaló a su sirvienta, que tuvo que seguir al matrimonio hasta París y Londres aunque solo hablaba alemán.

Por su trabajo, Karl Marx no la pagaba ni un solo céntimo, a pesar que se encargaba de las tareas domésticas, de cuidar a sus siete hijos y de administrar los pocos recursos de la familia. Y por si no fuera poco, el filósofo mantuvo con ella una relación extramatrimonial.

Helene Demuth. (Imagen tomada de biography.com e insertada por Sala de Información).

En 1850 dejó embarazada a su mujer; y, aprovechando un viaje de esta a Holanda para conseguir fondos para la causa marxista, también a su criada. Él no lo reconoció, hasta el mundo de que le dijo a su esposa que el padre era su amigo Engels. Hasta le puso el nombre de su colaborador.

A causa de esto, la mujer de Marx no podía ver a Engels.

Marx mantuvo la mentira durante un tiempo, pidiéndole a su esposa que no le recriminara nada a su amigo, que no solo le regaló un piso, sino que asumió una paternidad que no le correspondía. Y cuando la señora von Westphalen por fin conoció la verdad, aquello se convirtió en una especie de herida familiar silenciada para los restos.

«No se hablaba del asunto, en parte porque el hecho les parecía escandaloso a la luz de la moral burguesa imperante en la época, y en parte porque no se ajustaba a los rasgos heroicos e idílicos propios de un ídolo de las masas. Se borraron, pues, todas las huellas de ese hijo y, sólo la casualidad, preservó de la destrucción una carta que aclaraba el asunto», escribió el filósofo alemán Hans Blumenberg, en «Karl Marx en documentos propios y testimonios gráficos» (Salvat 1984).

Pero ahí no acabaron las andanzas del fundador del comunismo.

Además de su afición por los prostíbulos londinenses, cuentan Otero y Giménez que, mientras su mujer estaba convaleciente con varicela, intentó abusar de su sobrina. Todo ello mientras su familia sufría un revés tras otro.

Imagen tomada de Verkami e insertada por Sala de Información.

De sus siete hijos, solo consiguieron sobrevivir tres hijas: Eleanor, Jenny y Laura. Jenny murió de cáncer a los 38 años y las otras dos se suicidaron.

Una de ellas, Laura, lo hizo junto con a su marido, Paul Lafargue, uno de los introductores del marxismo en España y autor del famoso «El derecho a la pereza».

Habían pactado hace años ya que se quitarían la vida cuando su salud no les permitiera mantener su independencia vital y lo cumplieron pasados los 60 años.

La otra, Eleanor, se envenenó a los 43 al descubrir que su compañero, el socialista Edward Aveling, se había casado en secreto con una amante.

Imagen tomada de biography.com e insertada por Sala de Información.

LA GENERACIÓN DEL HAMBRE

Nacieron en el 2013, cuando la crisis alimentaria se agravó en Venezuela. Tienen 5 años, están desnutridos, y el daño provocado a su salud es irreparable. El Pitazo en alianza con CONNECTAS recorrió ocho ciudades y, con ellas, ocho realidades distintas. Estas son las historias de los niños que crecen en desventaja por nacer en medio de la emergencia humanitaria que vive el país.

Una investigación de Johanna Osorio Herrera / Armando Altuve, María Vallejo, Sheyla Urdaneta, Jesymar Añez, Liz Gascón, Mariangel Moro, Rosanna Batistelli, equipo de corresponsales de El Pitazo, en alianza con CONNECTAS.

A Juan Luis se le pueden contar los huesos sobre la piel: está desnutrido. Su diagnóstico lo determinaron los especialistas del Hospital Materno Infantil de Tucupita, en Delta Amacuro —estado con una de las mayores poblaciones indígenas del país— donde estuvo internado en agosto de 2018 por diarrea crónica.

Es posible que no sea la única vez que esté hospitalizado durante el resto de su vida. Las secuelas del hambre antes de los cinco años, su edad, son irreversibles.

En su adultez, Juan Luis será más propenso que otros hombres a padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes; también a rendir menos laboralmente, o tener deficiencias intelectuales, todo como consecuencia del hambre que hoy padece.

Desde la concepción hasta los cinco años, especialmente los primeros 1000 días, cumplidos después de los dos años y medio de vida, se desarrolla 75 por ciento o más del tejido cerebral y su constitución. El esquema neuronal, que permite al ser humano percibir su entorno: ver, oler, escuchar y reaccionar ante los estímulos, queda definido en esta etapa: la primera infancia, de acuerdo con organismos internacionales vinculados al cuidado de la niñez, como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

El crecimiento de Juan Luis depende de lo que coma. Si se alimenta bien, su circuito neuronal será favorable para su adultez. Si no lo hace, el daño provocado a su cuerpo y su cerebro será irreparable.

Juan Luis no come bien, aunque su mamá intente remediarlo. No puede porque su familia es pobre, como 87 por ciento de las familias venezolanas, de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, realizada por universidades y organizaciones no gubernamentales.

Su historia no es la única; se repite en muchos niños de su edad. Hasta marzo de 2018, en Venezuela, sólo 22 por ciento de los niños menores de cinco años tenían un estado de nutrición normal, según el informe Saman, de Cáritas.

Comer de forma adecuada es uno de sus principales derechos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Juan Luis debería tener siempre “acceso físico y económico a suficiente alimento, seguro y nutritivo, para satisfacer sus necesidades alimenticias”. Es el Estado quien debe garantizarle el alimento, pero no lo hace.

De acuerdo a Encovi 2017, en 80 por ciento de los hogares venezolanos hay hambre (término que engloba la desnutrición en todas sus fases), o inseguridad alimentaria, como la denomina la FAO. Y, de acuerdo a lo que sugiere la FAO, esto confirma la emergencia humanitaria, alcanzada cuando un país “en un determinado año no puede colmar con sus propios recursos el déficit de alimentos provocado por un desastre y necesita, por tanto, ayuda alimentaria externa”.

En Venezuela, la desnutrición infantil es la prueba de la emergencia, específicamente, la desnutrición aguda global en niños menores de cinco años, como Juan Luis, nacido en 2013, año que Nicolás Maduro asumió la Presidencia de la República.

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) si 10 por ciento de los niños (menores de cinco) de un país padecen desnutrición —porque no han tenido una cantidad suficiente de alimentos y los que ha ingerido no tenía los nutrientes necesarios—, se deben activar protocolos de atención para crisis humanitaria. Rebasar el umbral de 15 por ciento indica una situación de emergencia de salud pública de carácter humanitario.

En Venezuela, la desnutrición aguda global en niños de esta edad alcanzó 10 por ciento en enero de 2017, y superó el umbral de 15 por ciento entre septiembre y diciembre, cuando llegó a 16 por ciento, según estudios de Cáritas Venezuela. La cifra subió a 17 por ciento durante el primer trimestre de 2018.

Los niños con hambre en Venezuela contrastan con el Plan de la Patria —la carta estratégica presentada por Chávez para su reelección y retomada por Maduro— que establece como uno de sus objetivos generales “lograr la soberanía alimentaria para garantizar el sagrado derecho a la alimentación”, y como meta estratégica “asegurar la alimentación saludable de la población, con especial atención en la primera infancia”.

Las cifras revelan una realidad que el gobierno se esfuerza en negar.

En Venezuela, desde septiembre de 2017, existe una emergencia humanitaria, que podría mejorar si se acepta ayuda alimentaria externa. Tiene su origen en las erradas políticas socioeconómicas tomadas desde hace 15 años por Hugo Chávez, y perpetuadas por su sucesor Nicolás Maduro, provocando una profundización de la desnutrición desde el 2013.

 

Lo que el hambre deja

 Valentina tiene 5 años, pero su cuerpo parece el de una niña más pequeña. Mide 86 centímetros y pesa 9 kilos, cuando debería medir un poco más de un metro y pesar el doble. No habla, se aísla, y las únicas sonrisas fáciles se las provoca Carmen Toro, la mujer que la cuida. Es exnovia de su papá, quien hace meses la abandonó, ya desnutrida, en el hogar de lata donde viven, en la pobre comunidad de Valles del Tuy, en las periferias de Caracas; seis meses antes, su mamá biológica también la abandonó, y la dejó con su padre.

En cambio, Dayerlin es más extrovertida. Debe serlo, para poder comer: de día, la niña de 5 años mendiga dinero y alimento en Monagas, estado oriental del país; de noche, duerme con su madre y sus siete hermanos en un intento de casa, un espacio de 5 metros de largo por 6 metros de ancho, que es cuarto, cama y baño a la vez.

Según estudios de Cáritas Venezuela, un poco más de la mitad de los hogares de algunas de las parroquias más pobres del país recurren a contenedores de basura y a la mendicidad para conseguir comida. Y, de acuerdo a los registros de la emergencia pediátrica del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar, en Monagas, donde vive Dayerlin, muchos de los niños de esas familias pobres no alcanzan, siquiera, a crecer: 42 lactantes han fallecido durante 2018 por desnutrición, un promedio de 4,6 decesos al mes. 70 por ciento de esos bebés, es decir 28, vivían en la zona urbana de Maturín mientras que el resto en otros municipios.

A Valentina y Dayerlin las separan 485 kilómetros de distancia, pero las une la pobreza, el hambre, y sus consecuencias. Falta mucho para que sean mujeres, pero su adultez es predecible, por el hambre que han sufrido: enfermedades cardiovasculares, diabetes, hijos enfermos; discapacidad para aprender y facilidad para ser manipuladas; tendencia a la violencia y el uso de drogas.

El daño provocado por la desnutrición a los niños venezolanos —física, intelectual y emocionalmente— es irreparable, según los expertos en desarrollo infantil.

“Socialmente, el hambre en Venezuela ha generado un deterioro de las relaciones intrafamiliares. Hay peleas por la comida, hay niños robándose las loncheras entre sí, niños maltratados porque se comieron los huevitos que eran para el otro muchachito. Hay roles familiares invertidos, padres y madres que se suicidan porque no se sienten capaces de comprar la comida suficiente y, a nivel vecinal, el problema del hambre generó un quiebre entre nosotros enorme”, explica Susana Raffalli, nutricionista especializada en gestión de la seguridad alimentaria, en emergencias humanitarias y riesgo de desastres, integrante del equipo de investigadores de Cáritas Venezuela.

“Yo una vez vi el maltrato a una niña que se tomó un agua que era para una sopa, una niña wayuu. La madre fue y le pegó a la niña porque el único baldecito de agua que había era para hacer una sopa. Esa niña se tomó el agua porque tenía sed. Entonces, cuando asocias tus necesidades más básicas a maltratos y abandonos vas a ser un ser humano que va a crecer con un estado de vacío y desasosiego para toda su vida y ese daño afectivo del que pasas a la adultez con ese hueco adentro, va a generar para siempre problemas de adicción, problemas de estabilidad, estos son muchachos que están ahora de delincuentes insaciables”.

Las consecuencias de la desnutrición en niños, que ahora padece Venezuela, ya ha sido estudiada en países vecinos. Cuenta Raffalli que en 2012 se publicó un estudio hecho en una población rural en Guatemala, donde se siguió el desarrollo de un grupo completo de niños, hijos unos de madres desnutridas y otros no.

Al llegar a su adultez, se comparó a los campesinos de 20 y 30 años, que trabajaban cortando caña, y se contrastó su rendimiento en el corte de la caña. La diferencia fue hasta de 40 por ciento en la cantidad de caña cortada y, por lo tanto, del ingreso.

La nutrición en sus primeros mil días de vida determinó que, una vez adultos, unos fuesen 40 por ciento más productivos que otros. En el caso de las mujeres concluyeron que las niñas desnutridas tenían tres veces más posibilidades de parir niños de bajo peso, que las que fueron bien alimentadas en su infancia.

“Estás determinando, en ese momento, lo que va a pasar después (…).

Después de dos años de monitorear esto en parroquias pobres del país, vemos que el retardo del crecimiento subió de 18 por ciento en el año 2016, a 30 por ciento en 2018; es decir, que 30 por ciento de los niños que, incluso, rescatamos de la desnutrición y ya pesan su peso normal, tiene retardo del crecimiento.

Son niños que quedan en un rezago para siempre, no solamente biológico, sino cognitivo. Estos son niños que no vas a ver que se distinguen, no lo vas ni siquiera a notar. Estos son niños que aprenden a leer, a escribir, juegan, se ríen, van a ir al colegio, pero no van a llegar nunca a la universidad, no van a tener empleos de buena productividad”, asegura Raffalli.

La OMS considera que la proporción de niños con retardo en el crecimiento no debe superar el cinco por ciento. Otros países de América Latina lograron disminuir su índice de niños con retardo de peso y talla ofreciendo a las familias agua potable, vacunación completa, desparasitantes, dispensarios, suplementos nutricionales y raciones de alimentación familiar.

“Con todo eso, el promedio latinoamericano de disminución de la proporción de niños con retardo del crecimiento es de 1,5 puntos porcentuales por año. Entonces si ya lo tienes en 33 por ciento (como Venezuela), bajarlo al 5 por ciento que la OMS considera apropiado, te va a tomar 25 años. 25 o 30 años son tres generaciones”, advierte Raffalli.

“Esto compromete incluso pensamientos de libertad a futuro. Esos son niños que van a ser madres y padres de la pobreza, que van a volver a votar por un presidente populista. Esto se perpetúa. Esto tiene implicaciones generacionales, implicaciones para siempre. Esto significa muchos años de atraso, al menos tres generaciones”.

El 10 de septiembre de 2018, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet, dijo que el organismo ha recibido desde junio información sobre casos de muertes relacionadas con la malnutrición y enfermedades que se pueden prevenir en Venezuela.

Fue durante ese mes, junio, cuando la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (Acnudh) examinó la crisis alimentaria venezolana, recabó pruebas, entrevistó expertos y concluyó que: “el Gobierno se negó a reconocer la magnitud de la crisis sanitaria y alimentaria, no se habían adoptado las medidas y las reformas normativas que se necesitaban con urgencia para hacer frente a la crisis y sus causas fundamentales, no cumpliendo así su obligación internacional de hacer todo lo posible para asegurar el ejercicio de los derechos a la salud y la alimentación, incluso recurriendo a la cooperación y asistencia internacionales”.

El hambre en Venezuela es evidente

La FAO, que en 2013 premió al gobierno por “reducir a la mitad el porcentaje y el número de personas con hambre o subnutrición en el país antes de 2015”, calificó negativamente a Venezuela en 2017, por ser el país con la mayor alza en subalimentación, y lo responsabilizó de “la merma general del desempeño de la región en su lucha contra el hambre”: más de la mitad de las personas que engrosaron el número de subalimentados en América Latina, desde 2015, fueron venezolanos.

Un año más tarde, en noviembre de 2018, el panorama es aún más grave: el director de estadística de la FAO aseguró que la tasa media de subalimentación en Venezuela, entre 2015 y 2017, fue de 11,7 por ciento de la población, es decir, 3,7 millones de venezolanos comen mal, casi cuatro veces más que en el trienio 2010-2012.

La cantidad de venezolanos mal alimentados es superior a la población de Uruguay, que, según su último censo, no llega a tres millones y medio de habitantes.

Por su parte, en su último informe sobre el país, Human Rights Watch advirtió que “las personas afectadas por inseguridad alimentaria son menos propensas a cumplir con sus tratamientos médicos debido a que, con recursos limitados, deben atender diversas necesidades humanas”.

En Venezuela, donde 87 por ciento de las familias son pobres, la mayoría no puede suplir necesidades tan básicas como comida o salud. Niños y padres enfermos, desnutridos, y en medio de un contexto económico adverso, no pueden escapar del hambre.

“La desnutrición ya parece una epidemia, una enfermedad contagiosa”, asegura Ingrid Soto de Sanabria, pediatra y nutrióloga del hospital pediátrico J.M. de los Ríos. El hambre en Venezuela inició un ciclo difícil de romper.

La herencia de Chávez que Maduro agudiza

Maikel nació el 29 de diciembre de 2012 en Portuguesa, lugar que también es llamado el Granero de Venezuela. Fue uno de los 619.530 niños que nacieron ese año, la última cifra de natalidad publicada en el país.

El estado llanero, reconocido en otrora por su alta producción agrícola, y donde ahora escasea la comida, es el hogar del niño, que nació justo un día antes de que Nicolás Maduro, entonces vicepresidente de Venezuela, advirtiera en cadena nacional que Hugo Chávez estaba delicado de salud, después de someterse a una cirugía para intentar curarse del cáncer que padecía.

Nació, también, 21 días después de que el mismo Chávez se dirigiera al país, el 8 de diciembre, para pedir que, si ocurría algo que lo inhabilitara, Maduro fuese elegido como su sucesor en el poder. “Yo se los pido, desde mi corazón”, dijo. Tres meses después. el 5 de marzo, Maduro anunciaba al país la muerte de Chávez.

Al nacer, Maikel pesó 1,440 kilogramos, más de un kilo por debajo del peso mínimo adecuado (2,500 kg), según la OMS; y cumplía casi cuatro meses de vida cuando, el 14 de abril de 2013, como Hugo Chávez lo pidió, Nicolás Maduro fue electo presidente de Venezuela, y heredó el país, y sus problemas económicos.

En el 2002, una década antes de que Maikel naciera, la expropiación de empresas, emprendida por Hugo Chávez, inició la caída de la capacidad productiva del país.

La bonanza petrolera que vivió Venezuela desde 2004 hasta 2013 no fue aprovechada para estimular la producción nacional ni para el diseño y cumplimiento de estrategias económicas que mantuvieran estable a la nación en momentos de recesión económica.

El dinero se destinó a políticas populistas, entre ellas las misiones sociales, que fortalecieron la aceptación del gobierno, pero incrementaron 50,7 por ciento el gasto público. Esta estrategia fue admitida en 2014 por el ex ministro de Planificación y Finanzas Jorge Giordani, quien afirmó que era “crucial superar el desafío del 7 de octubre de 2012”, refiriéndose a las elecciones que ganó Chávez “con un esfuerzo económico y financiero que llevó el acceso y uso de los recursos a niveles extremos”.

El precio del petróleo, y el modelo económico venezolano, dependiente de este rubro, dio al gobierno una aparente estabilidad, pero las consecuencias del derroche fueron evidentes tras la baja de los precios del petróleo: los gastos del Estado comenzaron a ser superiores a los ingresos por exportación de crudo e impuestos (déficit fiscal), causando una creciente inflación y la caída del poder adquisitivo del venezolano.

Así, el hambre comenzó a dar sus primeros pasos. La llegada de Nicolás Maduro al poder en 2013, y su perpetuación de las medidas económicas iniciadas por Chávez, representó la profundización de la crisis económica y política: el contexto de la hambruna de los niños venezolanos.

“Cuando ya llega Maduro al poder en el año 2013, la situación económica de Venezuela era bastante precaria en términos de déficit externo e importaciones (…).

¿Qué decidió Maduro, en vez de ofrecer un plan de estabilización de la economía, de resolver este desequilibrio, de buscar financiamiento internacional?

Optó por una política de constreñimiento. Como tenía un hueco externo, lo que hizo fue reducir fuertemente el nivel de importaciones del país. El último año de crecimiento de la economía venezolana fue el año 2012, obviamente provocado por esa bonanza ficticia que ofreció el gobierno de Hugo Chávez, un poco buscando su reelección.

Se gastó lo que se tenía y lo que no se tenía, hubo un financiamiento brutal en términos de importaciones y fue el último año en el que la economía creció. En el 2013, la contracción empezó a crecer, primero con números bastante manejables. Estamos hablando de contracciones que no superaban el cinco por ciento.

Pero, con el paso del tiempo, el nivel de contracción de la economía venezolana fue ampliando”, explica Asdrúbal Oliveros, economista (Summa Cum Laude) de la Universidad Central de Venezuela y director de la empresa de análisis de entorno Ecoanalítica.

En las casas de Juan Luis, Valentina, Dayerlin y Maikel no hay neveras o, si hay, no funcionan. No las extrañan, pues tampoco tienen con qué llenarlas. Las neveras vacías, que se reflejan en lo pómulos pronunciados, clavículas expuestas y manitos delgadas de los niños venezolanos, fueron pronosticadas varios años antes, pero al Estado venezolano no pareció importarle.

En el 2013, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su estudio anual Perspectivas de la economía mundial, advertía el detrimento de la economía venezolana: “Se prevé que el crecimiento del consumo privado en Venezuela disminuirá a corto plazo tras la reciente devaluación de la moneda y la aplicación de controles cambiarios más estrictos”.

Ese año, el Producto Interno Bruto venezolano cayó de 5,5 por ciento a 1,3 por ciento, mientras el de América Latina y el Caribe se mantuvo en 2,9 por ciento.

Dos años más tarde, una vez más, el FMI advirtió la potencial crisis económica que se avecinaba.

En su informe mundial anual de 2015 señalaba: “Venezuela sufrirá, según las previsiones, una profunda recesión en 2015 y en 2016 (–10% y –6%, respectivamente) porque la caída de los precios del petróleo que tiene lugar desde mediados de junio de 2014 ha exacerbado los desequilibrios macroeconómicos internos y las presiones sobre la balanza de pagos. Se pronostica que la inflación venezolana se ubicará muy por encima del 100% en 2015”.

El pronóstico fue superado por la realidad. La economía venezolana inició una caída de cinco años consecutivos, que ya alcanza un 57 por ciento, y aún no se ha detenido. Es el deterioro más profundo que ha sufrido un país en los últimos 50 años, afirma Oliveros. “Además, destaca esta caída porque se da en un país que no tiene un conflicto bélico ni interno ni con sus vecinos, y tampoco ha pasado por un desastre natural. Es una caída cuya responsabilidad única es por el mal manejo de políticas económicas que ha reducido el tamaño de la economía venezolana en forma considerable”.

Los años de omisiones del Estado ante el detrimento de la economía, sumado a la baja de las importaciones, la falta de producción nacional, cierres de empresas, y negación de divisas para la adquisición de materia prima, desencadenaron una grave escasez e inflación, que afectó la disponibilidad y acceso a alimentos. Sin comida ni dinero para comprarla, la dieta del venezolano empezó a deteriorarse.

—¡Mamá, tenemos hambre!—, exclaman, piden, María Victoria y María Verónica.

—No tengo nada, vamos a acostarnos. Mañana veré que les doy—, responde su mamá, Dayana, desconsolada. Y mientras ellas obedecen y duermen, ella se desvela llorando.

Las gemelas, de cinco años, y sus dos hermanos, duermen con hambre la mayoría de las noches. De día, tampoco comen bien: su dieta es arroz, pasta, harina, azúcar y granos, alimentos distribuidos por el Estado en cajas que llegan cada 15 días al barrio La Batalla, de Barquisimeto, estado Lara.

La familia tiene cinco meses sin comer carne o pollo. Las gemelas, que nacieron el 5 de enero de 2013, pesan 14 kilos y miden 1,02 metros, cuatro kilos y seis centímetros por debajo del peso y talla adecuados para su edad. Su diagnóstico es el mismo de Juan Luis, Maikel, Valentina y Dayerlin: están desnutridas, como casi la mitad de los niños venezolanos de su edad. Son parte de la generación marcada por la crisis, la generación del hambre.

En su informe de marzo de 2018, Cáritas Venezuela concluyó que 44 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años estaban desnutridos, el doble de casos registrados en enero de 2017.

A la cifra se suma otro 37 por ciento de niños de la misma edad, que están en riesgo de padecer desnutrición. En marzo de 2018, sólo 22 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años se alimentaban adecuadamente.

El hambre de los niños de esta generación desnutrida va de la mano con la carencia de comida. Según el Observatorio Venezolano de Seguridad Alimentaria, el consumo de carnes y aves en niños menores de cinco años disminuyó de 41 por ciento a 22 por ciento, entre 2016 y 2017; la ingesta de pescado disminuyó de 24 a 12 por ciento, en el mismo período; el consumo de lácteos bajó de 59 a 26 por ciento, y el de los huevos —la proteína más económica— cayó de 47 a 29 por ciento.

De acuerdo a la empresa venezolana Econométrica, la escasez pasó de 68 por ciento en septiembre de 2017 a 83,3 por ciento en 2018. Los platos semi vacíos son la prueba del deterioro de la dieta.

—Antes no comíamos bien, así mucho, pero sí comíamos. A veces pollo, caraoticas, arroz, pasta con su salsita. Ahorita no—, se lamenta Dayana.

El 7 de marzo de 2018, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas, David Beasley, calificó como “catastrófica” la crisis alimentaria en Venezuela. Esa vez, no hubo pronunciamiento por parte del gobierno venezolano, quien acababa de conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Hugo Chávez.

Tres meses antes, el 26 de enero, fue desatendida también la advertencia que hizo Unicef sobre la desnutrición infantil en el país:

“Un número en aumento de niños en Venezuela está sufriendo de desnutrición como consecuencia de la prolongada crisis económica que afecta al país. Si bien no se dispone de cifras precisas debido a la data oficial limitada de salud y nutrición, hay claros indicios de que la crisis está limitando el acceso de los niños a servicios de salud de calidad, medicamentos y alimentos. La agencia de los niños hace un llamado para la implementación de una rápida respuesta a corto plazo contra la malnutrición”.

Aunque la preocupación de los organismos internacionales es reciente, la malnutrición no, afirma Marianella Herrera, nutricionista del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, directora de la Fundación Bengoa, e integrante del equipo de investigación de la Sociedad Latinoamericana de Nutrición:

“Esto tiene más tiempo del que parece. En lo particular, recuerdo que hicimos una investigación cuando existía la Misión Mercal, en Caracas. Lo que encontramos es que había una estrecha relación entre ser obeso, comprar en Mercal y pertenecer a un hogar con inseguridad alimentaria. La obesidad es hambre oculta. El programa ofrecía productos más económicos, pero pobre en nutrientes (…). Si lo vemos en el tiempo, esta crisis comienza alrededor del año 2011, 2012. Fue una crisis de inseguridad alimentaria de instalación lenta, por eso ha sido muy difícil convencer al mundo. Comenzó con la obesidad, y luego, cuando se acabaron las calorías, ocurrió este cambio drástico”.

El hambre y la caída de la economía van de la mano, asegura Herrera. “Cuando el Estado garantiza un ingreso digno, garantiza la adquisición de las necesidades básicas. La alimentación es una de esas. La crisis de la producción nacional, provocada tras la ley de expropiación de tierras, ocasionó la merma de productos locales (…). La radicalización del modelo socialista hizo que se perdiera la estructura económica”.

La mamá de Carlos no es experta en economía o modelos socialistas, apenas escribe su nombre con dificultad. Pero, esto no le hace falta para saber que sus hijos no se alimentan bien. Con 22 años y madre de cuatro niños, debe quedarse en casa a cuidarlos, mientras el padre trabaja. Lo que gana el esposo alcanza solo para comprar algún carbohidrato, como pasta o arroz, y un poco de queso, pollo o sardinas. Nunca todo, nunca suficiente.

No es la única familia que padece estas condiciones. De acuerdo con Encovi, en 2017, 89 por ciento de los hogares venezolanos, como el hogar de Carlos, no contaban con el dinero que necesitaban para comprar comida.

A pesar de que el Estado no ofrece cifras oficiales sobre pobreza por ingreso desde hace cuatro años, la data disponible en el Instituto Nacional de Estadística confirma que entre 2012, último año del mandato de Hugo Chávez, y 2014, año del último informe publicado, los hogares pobres incrementaron de 21,2 a 33,1 por ciento.

El aumento de la pobreza no para. “La canasta alimentaria del mes de agosto, anualizada, entre agosto de 2017 y agosto de 2018, presentó una inflación de 57.978,9 por ciento. Por primera vez, este país vive un problema de hiperinflación. Durante 21 años, entre 1951 y 1971, Venezuela tuvo una inflación de 1,5 por ciento anual, en este momento tenemos una inflación de 2,4 por ciento diaria”, afirma Oscar Meza, economista y director del Centro de Documentación de Análisis Social (Cendas).

La organización, fundada hace 41 años, contrasta, mensualmente, el salario mínimo venezolano con el costo de la Canasta Alimentaria, para evaluar su cobertura.

Entre 2008 y 2013 (al cierre del año), el salario mínimo pasó de cubrir 53 por ciento de la canasta alimentaria a 46 por ciento. Difiere del cálculo del gobierno: de acuerdo al costo de la Canasta Alimentaria publicado por el INE, con el salario mínimo se podía cubrir 91 y 89 por ciento de los alimentos requeridos, respectivamente.

Para 2014, el Cendas señalaba que cobertura de la Canasta Alimentaria se ubicaba apenas en 28 por ciento, y al cierre de 2017, con el salario mínimo sólo se podía comprar 2 por ciento de los alimentos. En este mismo lapso, el Estado no publicó el costo de la Canasta Alimentaria.

El venezolano se quedó sin comida, y sin dinero para comprar el poco y costoso alimento disponible.

La posición de Unicef Venezuela respecto a las causas de desnutrición infantil, evidenciada por organizaciones no gubernamentales, es neutral. Este ente se apega a las cifras oficiales, suministradas por el Estado.

Sin embargo, Dagoberto Rivera, especialista en nutrición y salud de Unicef Venezuela, admite que la falta de poder adquisitivo es parte de las causas de la malnutrición, aunque advierte que no la única.

“Cuando los precios suben y la capacidad adquisitiva disminuye, se restringe la posibilidad de tener acceso a una canasta completa. Esto afecta a todos los niveles de la familia.

Precisar en cuánto ha decaído sería arriesgado, pero sí, tenemos los signos que leemos a través de informes parciales, que nos indican que sí hay un deterioro y una tendencia hacia el deterioro, y por eso mismo estamos haciendo intervención. Estamos buscando colaboración, y concretando colaboración, no solo con el sector no gubernamental, sino también con instituciones del gobierno, específicamente con el Instituto Nacional de Nutrición.

Estamos apoyando una intervención para suplir con micronutrientes y algunos insumos adicionales de nutrición en los centros de recuperación nutricional, y en los programas normales, regulares, de Unicef. Esto es una realidad que estamos viviendo, ocasionada por esta situación de altos precios y la capacidad adquisitiva reducida, que queremos cambiar”.

Esa es la realidad que vive Juan Luis en el Delta, Maikel en Los Llanos, Dayerlin en oriente, las gemelas María Victoria y María Verónica en el centro, Carlos en el sur, Valentina en el Área Metropolitana: la realidad de todo un país, a la que se acercaron los corresponsales de El Pitazo en esta investigación, en alianza con CONNECTAS.

Al Estado no le gusta hablar del hambre

Jhender hubiese cumplido cinco años el 20 de septiembre de 2018, pero murió, como consecuencia del hambre, casi seis meses antes, el 7 de abril. El niño falleció en la madrugada, en el mismo hospital donde cinco años antes fallecía Hugo Chávez.

Aquel recinto, donde estuvo recluido el presidente durante sus últimos días de vida, no contaba con los insumos necesarios para atender la infección bacteriana que padecía el sistema digestivo del niño, agravada por su desnutrición. Jhender pasó, así, a integrar una estadística desconocida.

En Venezuela, el silencio del Estado es abrumador. Los Boletines Epidemiológicos del ministerio de salud, desde julio de 2015 hasta diciembre de 2016, publicaron con retraso de un año, en mayo de 2017. El Anuario de Morbilidad no publica desde 2015, cuando se divulgó el último informe de 2013. La última Memoria y Cuenta de MinSalud publicada fue la de 2015; las de 2016 y 2017 no han sido divulgadas.

El ministerio de Alimentación no publica las Hojas de Balance de Alimentos desde el año 2007, ni el Anuario del Sistema de Vigilancia Alimentaria y Nutricional desde 2008.

El Instituto Nacional de Estadísticas, adscrito al Ministerio del Despacho de la Presidencia, no difunde la Encuesta Nacional de Seguimiento al Consumo de Alimentos desde 2015.

Y el Anuario de Mortalidad, al que debería pertenecer Jhender, tienen cuatro años de retrasos: la edición del 2014 publicó en agosto del 2018.

“Lamentablemente, las cifras en Venezuela no se publican desde hace cuatro años aproximadamente. Hay un panorama bastante oscuro sobre las estadísticas. El Estado venezolano considera la información como un arma política y no las divulga, y esto ocasiona que toda la planificación y organización de políticas públicas se dificulte porque para los investigadores es vital saber dónde estamos parados para planificar a futuro”, señala Pablo Hernández, nutricionista del Observatorio Venezolano de la Salud.

El Estado tampoco da cifras sobre malnutrición y mortalidad infantil a Unicef desde hace una década, de acuerdo a las bases de datos difundidas en el Informe Mundial de la Infancia de este organismo.

Organizaciones civiles nacionales, como Cáritas Venezuela, Fundación Bengoa y Provea, y equipos de investigación de universidades venezolanas, han buscado mecanismos para indagar y mostrar resultados sobre desnutrición. Sin embargo, la irregularidad en el registro de las muertes de niños dificulta la generación de data sobre mortalidad.

“Hemos recibido denuncias de los médicos que comentan que no se les permite colocar la desnutrición como causa de muerte en el acta de defunción de los pacientes, pese a que la desnutrición puede estar asociada a una enfermedad de tipo infecciosa, generalmente. Es lamentable porque las cifras de desnutrición tienen que formar parte de las estadísticas y en el último boletín epidemiológico de 2016, publicado en 2017, no aparecen la mortalidad por desnutrición, especialmente en menores de cinco años”, señala Hernández.

El Anuario de Mortalidad de Venezuela de 2014 (publicado en 2018) registró que 153 niños, menores de 5 años, murieron por hambre; cinco niños más que en 2013, cuando murieron 148 niños.

El mayor incremento de defunciones ocurrió en los niños menores de un año: entre 2013 y 2016, la muerte de bebés aumentó 28 por ciento, de acuerdo a los Boletines Epidemiológicos del Estado. Aunque no existe data oficial, concreta y actualizada, sobre el hambre y las muertes de los niños generadas por ésta, desde hace varios años Unicef mide y proyecta estadísticas sobre registros viejos del Estado, y apunta que Venezuela tiene una mortalidad estable de niños menores de 5 años, que se sitúa en 17 por ciento, incluso por debajo del promedio de América Latina y el Caribe (21 por ciento).

La cifra es irreal, porque se basa en datos desactualizados.

La falta de cifras de mortalidad infantil no es la única irregularidad del Estado venezolano. El método utilizado para medir la desnutrición —de la que tampoco hay cifras oficiales— está obsoleto, respecto al usado por el resto de la región.

En 2006, tras un estudio multicéntrico hecho en los cinco continentes, la OMS generó y estableció nuevos patrones de referencia de niños bien nutridos. El patrón de los años 70 y 90 señalaba que un niño estaba desnutrido cuando su peso estaba tres veces por debajo de lo que debería pesar, y que estaba desnutrido agudo, severo, cuando se desviaba cuatro veces del patrón.

En cambio, el patrón aprobado en 2006 corrió el punto de corte. A partir de estos patrones, la cuentas sanitarias de los países pueden asegurar que un niño está gravemente desnutrido si está dos medidas por debajo del peso o de la estatura ideal para su edad.

“Cuando tú mides a 600 niños aquí, y comparas sus mediciones con los patrones obsoletos, resulta que te pueden dar 48 niños desnutridos porque resulta que esperas que estén muy severamente desnutridos para empezar a contarlo, para que ese niño tenga un peso en las cuentas públicas sanitarias de un país.

Mientras que con el patrón del 2006 puede ser que los cuentes y te vayan a resultar no 48, sino 78 u 80 niños desnutridos. Entonces la diferencia es que con los patrones obsoletos te dan menos niños desnutridos”, explica la nutricionista Susana Raffalli, a cargo del informe Saman de Cáritas Venezuela.

“Desde que se aprobaron esos patrones de 2006, casi todos los países los asumieron como sus patrones para evaluar a su población infantil y Venezuela es de los pocos estados en los que eso no se ha asumido.

Los formatos que el Instituto Nacional de Nutrición deja para captar la información en los centros de salud siguen con los puntos de corte de los patrones pasados, que se resume a esperar que un niño esté gravemente desnutrido para que cuente dentro de las cuentas nacionales de la desnutrición.

Y esto es gravísimo porque la desnutrición es uno de los indicadores que se usa por excelencia para asumir y reconocer que hay una emergencia de salud pública en un país. Entonces, pudiera ser que tengas que esperar que el niño se desvíe cuatro veces de lo que debería pesar y ya esté en el pellejo, que lo tengas que hospitalizar, para entonces decir que hay una emergencia de salud pública”, advierte.

—¿Cómo lo mando al colegio con hambre? ¿Cómo va a entender lo que le explican si no se está alimentando? ¿Cómo va a entender, si tiene hambre?—, se pregunta desesperada Katiuska, tía de Alexander.

Viven en el estado Zulia, al occidente de Venezuela, en la tierra donde la bonanza de la explotación de crudo le dio al país opciones de crecimiento y desarrollo, pero que hoy tiene al municipio más pobre del país: Guajira. En su casa, un rancho de zinc, viven hacinados 11 niños y 12 adultos. La preocupación de Katiuska está bien fundamentada, aunque para ella sea solo una sospecha.

En Venezuela, la falta de cifras oficiales no se limitan solo a las mediciones antropométricas de los niños (cuánta pesa, cuánto mide y la circunferencia del brazo izquierdo). De acuerdo al Informe Mundial de la Niñez, desde 2008, Venezuela no registra el alcance de la cobertura de vitamina A, tampoco el consumo de sal yodada.

La carencia de estos minerales es la principal causa de la desnutrición por micronutrientes, razón por la que en el país se decretó la yodación de la sal en 1993, y la fortificación de la harina de maíz con vitamina A en 1994. Hoy, esos decretos siguen vigentes, pero de nada sirven ante un país con hambre.

Uno de los principales síntomas de la carencia de yodo es el bocio, una enfermedad tiroidea que estaba erradicada en el país desde hace más de 30 años, y que reapareció sin que las autoridades tomen medidas al respecto.

Desde 2017, el estado Portuguesa ha registrado un incremento de casos de esta enfermedad y, aunque no existen estudios que lo certifiquen, la reaparición de la afección podría evidenciar irregularidades en la cobertura de este micronutriente, afirma el doctor Gerardo Rojas, endocrinólogo y actual presidente de la Sociedad Venezolana de Endocrinología, capítulo centro-occidental.

“Para el año 2017, la cifra en Portuguesa asciende a tres mil casos. Quisimos hacer una mesa de trabajo, pero nunca pasó de una reunión, porque a nivel central la Gobernación de Portuguesa no permitió avanzar más. Se tomaron biopsias en unos casos, y en otros se hicieron estudios de laboratorios.

Sin embargo, debido a los altos costos de los exámenes, estas muestras no fueron procesadas todas y hay unas que están congeladas, aparentemente. No tenemos certeza de cuál fue el resultado, lo que se dijo fue que (el bocio) era carencial, es decir, que el brote estaba asociado a la falta de yodo.

Actualmente, y entre muchas teorías, se asume que está asociado al déficit de alimentos, por la falta de proteínas, como la carne y el pollo, en la dieta diaria, y al uso aumentado de alimentos bocígenos, como la yuca, y el resto de los tubérculos. Hace muchos años, en Venezuela, todas las sales se yodaron precisamente para evitar este trastorno.

El problema es que ni siquiera hay sal en el país. Algo tan común como la sal, ahora es muy difícil de conseguir, y algunas sales vienen de fuera y no están yodadas”.

Esta carencia de yodo, evidenciada por la reaparición del bocio, marca de forma irreversible a esta generación de niños con hambre. No consumir yodo causa lesiones cerebrales durante la infancia. Sus efectos más devastadores incluyen la alteración del desarrollo cognitivo y motor que influye en el rendimiento escolar del niño, y la pérdida de hasta 15 puntos en el coeficiente intelectual.

En su edad adulta, serán menos productivos y, por lo tanto, tendrán menos capacidad de encontrar empleo. Les será más difícil generar ingresos para sus familias, comprar los alimentos que necesitan, estar bien nutridos, vivir bien: romper el despiadado ciclo del hambre.

El hambre de los niños venezolanos también está asociado a la corrupción. Los alimentos foráneos, comprados por el Estado para distribuirlos a través de las cajas Clap (los Comités Locales de Abastecimiento y Producción) —y cuya compra está vinculada a grupos económicos cercanos al presidente, según una investigación del medio local Armando.Info— podrían ser la causa, también, de las carencias de vitamina A.

Tampoco hay estudios ni cifras oficiales que muestren un panorama sobre la cobertura de este micronutriente en los últimos años, pero su déficit se hace evidente en la decoloración del cabello, afirma la nutricionista Marianella Herrera, quien explica que la harina precocida venezolana está enriquecida con vitamina A, pero que no se tiene garantías de la fortificación de las marcas importadas por el gobierno.

Además de la decoloración del cabello, también conocida como síndrome de la bandera, la deficiencia de vitamina A debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de que el niño contraiga infecciones como el sarampión y enfermedades diarreicas, afecta la salud de la piel y, en extremo, puede provocar ceguera.

“En Venezuela estamos viendo esta alteración de la coloración del cabello (…). Esto ya ocurrió en Cuba durante el período especial, cuando muchas personas quedaron ciegas”.

Aquellos mechones castaños, un poco más claros que el resto, que se ven en las cabezas de las gemelas larenses María Verónica y María Victoria, podrían evidenciar entonces que, además de peso y talla, ambas están también desnutridas por falta de micronutrientes.

Si es así, podría significar, también, que sus sistemas inmunes son y serán más débiles que el de otros niños de su edad. Pero, aunque el daño a su salud se detenga, su futuro es casi una certeza: los daños provocados por el hambre son irreversibles.

En su libro Destrucción masiva, Jean Ziegler, ex relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, sostiene que el hambre y sus responsables asesinan en medio de la abundancia:

“Cada cinco segundos, un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado”.

Desde 2004 hasta 2013 —año en el que nacieron Juan Luis, Maikel, María Victoria y María Verónica, Carlos, Dayerlin, Valentina, Alexander y Jhender— Venezuela vivió la mayor bonanza petrolera de toda su historia.

Pero el Estado no destinó los recursos necesarios para protegerlos de la miseria. Ahora, el gobierno de Maduro niega la existencia de la emergencia humanitaria y no acepta la ayuda ofrecida por la región.

En cambio, su falta de acción garantiza que estos niños, y miles más de su edad, crecerán en desventaja, serán adultos enfermos, y padecerán toda su vida las consecuencias del hambre a la que fueron sometidos por la irresponsabilidad gubernamental.

Pero Jhender, el niño que murió de hambre, no pudo siquiera averiguar qué sería de su vida. Reposa en una tumba sin lápida, en un cementerio pobre de una comunidad pobre, como lo fue su hogar desde el día que nació hasta el día que murió, o fue asesinado, de hambre.

El Pitazo, en alianza con CONNECTAS, solicitó entrevistas a los siguientes organismos oficiales para contrastar los datos y señalamientos difundidos en esta investigación:

Instituto Nacional de Nutrición.

Ministerio de Alimentación.

Ministerio de Salud.

Consejo de Protección del Niño y el Adolescente (municipio Libertador).

Instituto Nacional de Estadística.

Director de Comités Locales de Abastecimiento y Producción.

Ninguna petición fue atendida.

El extraño caso de la arepa de los mil bolos

Esta fotografía no es de la arepa que realmente me comí con remordimiento y dolor de cartera. Es cortesía de la revista bienmesabe y la tomó Patrick Dolande.

Arnaldo Espinoza, El Estímulo

 Miércoles. 11 am. Saliendo de diligencias de la Universidad Central de Venezuela. No había desayunado. De repente, haciendo el camino mental a mi oficina pasé por Las Mercedes. ¡Una arepa!. Barata y resuelta. Al menos eso pensaba.

Al llegar al sitio fui, robóticamente, a la caja. He estado allí mil veces, nunca un miércoles y creo que nunca con sol. ¿Qué comprar? Es una batalla que llevaré hasta el final de mis días. Nada sabe tanto a mi infancia como una de queso de mano. Pero a medida que he ido ganando años, la “rumbera” (Pernil y queso amarillo) se ha ido llevando parte de mi corazón. Decido, basándome en que es mi des-almuerzo: el cochino gana la batalla.

Allí pasó algo que no me había imaginado. Al pagar me dijeron que eran 790 bolívares. ¡790 bolívares! Con el sueldo mínimo sólo podría comprar 9. Si lo calculo a dólar oficial son ¡125 dólares! Ni las arepas moleculares de Richard Blais cuestan tanta plata.

¿Qué pasó aquí, mi pana? Pregunto a los encargados. Que la harina de maíz ya no llega por los canales regulares, que los queseros les están subiendo el precio a la mercancía semanalmente, que el pernil es carísimo (siempre ha sido caro).

Pero me impactan más las diferencias: Una viuda (la arepa sola), cuesta 30 bolívares. Y de allí, un salto de garrocha que haría palidecer a Robeilys Peinado. La siguiente en la lista (la de mano, precisamente) son 450 bolos. 15 veces más cara.

La reina también pisa las 8 tablas y la de dominó ni siquiera está listada, no vaya ser que el kilo de caraotas a mil bolos pueda causar una reacción adversa en el estómago. Pido un favor raro, pesar la arepa: 200 gramos de relleno te encarecen el plato típico venezolano hasta a 30 veces su valor sin relleno. Menos mal que aún no cobran la mantequilla.

Es un fenómeno que he estado viendo desde hace tiempo. El valor de las cosas se volvió loco. Con lo que pago un refresco de lata, compro litro y medio de té pasteurizado.

Una lata de diablitos es más cara que una de atún regulado. Y, bueno, la típica comparación agua-gasolina, que se hace aún peor cuando, como en Caracas, no se consigue agua y el que la tiene te la quiere vender por lo menos al doble del precio “justo”.

¿Cómo hace una sociedad que no controla sus precios, que un teléfono celular de última generación te puede pagar un carro usado?

Ayer alguien me decía que en una isla de las Antillas donde no se consigue nada, realmente hay de todo, pero en dólares. ¿Será ese nuestro destino?

Así es el fraude eléctrico venezolano

Un exempleado de la compañía norteamericana ProEnergy coloca a la luz pública miles de comunicados, presupuestos y órdenes de compra-venta de una presunta operación fraudulenta que involucraría a la empresa Derwick Associates

Nicolás Robles Lecuna, Newsweek

No es un email filtrado. No hablamos de alguna correspondencia sobre un pequeño “chanchullo”, de esos típicos venezolanos. No es “me contaron” o “escuché”.

Aquí, de ser cierto, nos referimos a algo monumental. Algo masivo. Algo descarado, escandaloso: un insulto a la nación. Documentos tras documentos tras documentos… facturas encima de facturas y más facturas… precios que se alteran.

Compras de equipos eléctricos usados como si fueran nuevos. Por situaciones como ésta, entonces se entiende un poco más sobre la situación del caótico sistema eléctrico nacional.

Tras varias semanas de intenso estudio por parte del equipo de analistas de Newsweek En Español Venezuela, la conclusión es una sola: alguien se salió con la suya… y no fueron los ciudadanos venezolanos, quienes sufren de apagones a diario.

Esta historia es narrada en primera persona por Daniel Rosenau, norteamericano quien trabajó como ejecutivo de ventas de una compañía llamada ProEnergy, con base en Sedalia, Missouri.

Un mal día, este señor descubrió –usando no más que la lógica- que la compañía para la cual trabajaba en ese entonces tenía prácticamente un solo cliente: Derwick Associates, de Venezuela, fundada por Alejandro Betancourt López y Pedro Trebbau López.

Entre el 2009 y el 2012, ProEnergy facturó a Derwick más de 2 billones de dólares.

Cuando intentó buscar información sobre Derwick en Google, pues se dio contra una pared. Las páginas estaban bloqueadas por el departamento de tecnología de su propia empresa. Ahí comenzó a pensar que algo estaba pasando… y esto fue lo que descubrió.

A continuación, el testimonio público de Daniel Rosenau

“Estoy dolorosamente consciente de la malversación de fondos y sobrefacturación que se relaciona con el sector energético de Venezuela, dado que hasta hace poco fui empleado de la compañía ProEnergy Services, ubicada en Sedalia, Missouri.

ProEnergy fue la contratista responsable de la construcción de una docena de plantas de energía, mediante tratos que involucraban sobrefacturaciones en bruto, múltiples transacciones offshore, y una turbia asociación con Derwick Associates, un grupo venezolano sin experiencia alguna en la construcción de plantas de energía.

Estoy haciendo público y disponible más de 10 GB de material; documentos que provienen directamente del disco duro de la empresa. Los metadatos de cada documento se pueden conectar directamente a las computadoras de Pro-Energía. Mi esperanza es que los datos adjuntos permitan exponer este fraude multimillonario.

”Entre los años 2009 a 2012, ProEnergy facturó prácticamente a un solo cliente una suma aproximada de 2 billones de dólares. El cliente es Derwick Associates.

Nuestra compañía vendió más de 1 billón de dólares en turbinas (la mayoría de ellas usadas o reconstruidas, pero vendidas como nuevas) para Derwick, que –apenas horas más tarde- las revendió al gobierno de Venezuela, a través de entes como el Ministerio de Energía, la Corporación Venezolana de Guayana (CVG). PDVSA y SIDOR.

Además de las ventas de turbinas a Derwick, ProEnergy construyó las centrales eléctricas que Derwick mercadeaba como de su propia fabricación, y por las cuales ambas compañías sobrefacturaban al gobierno venezolano por cientos de millones de dólares.

Según el diario The Wall Street Journal, Derwick se encuentra bajo investigación criminal por autoridades federales, además de autoridades locales en New York (Esto condujo a que Derwick contratase inmediatamente los servicios de Adam Kauffman, antiguo jefe de la división de investigaciones de la Fiscalía de Manhattan, quien ya representa a varios funcionarios del gobierno venezolano, que presuntamente malversaron cientos de millones de dólares).

Trabajando en el departamento de ventas de ProEnergy, me di cuenta de que la compañía había incursionado en negociaciones “sucias”, cuando un grupo de venezolanos con buenas conexiones, decidió ignorar y no comprar a fabricantes de equipos originales (OEM, siglas en inglés) como Rolls Royce, Pratt & Whitney, y General Electric. En cambio, usaron ProEnergy como un intermediario. En otras palabras, un intermediario utilizando otro intermediario.

Inexplicablemente, el departamento de Información y Tecnología de ProEnergy había bloqueado el acceso a sitios de Internet que pudieran referirse a la empresa Derwick.

Cuando busqué en Google “Derwick” y “corrupción”, las páginas estaban bloqueadas. Esto agitó mi curiosidad y por eso exploré el disco duro compartido de la computadora de la compañía, en busca de información relacionada con el término “Derwick”.

Lo que encontré allí me impactó: docenas de propuestas de venta para Derwick; generadores, plantas de energía, mejoras a estas plantas. Era realmente extraño, dado que ProEnergy NUNCA ha construido una planta de energía en los Estados Unidos (ProEnergy no cumple con los estándares americanos, por lo que tiene oficinas en lugares como Angola, Argentina, Pakistán y Venezuela).

Sorprendentemente, las propuestas de ProEnergy reflejan un margen de ganancia que va desde 20 hasta 74%. En mi sector, el margen de beneficio por lo general oscila entre el 2 y el 5%. Estos precios reflejaban que alguien estaba siendo estafado. ProEnergy sobre facturaba a Derwick.

Mi sensación de incredulidad aumentaba mientras leía. Descubrí documentos, borradores en papel membretado de Derwick. ProEnergy estaba redactando las propuestas y la preparación de las facturas que Derwick envió a clientes venezolanos por el mismo equipo descrito en las propuestas a Derwick de ProEnergy. Esto incluyó las facturas reales de Derwick a las empresas estatales de Venezuela como PDVSA.

Todas estas facturas, todos estos documentos y archivos con los que Dewrick negociaba, eran escritos y preparados por ProEnergy en Sedalia. En algunas de las facturas de Derwick, las instrucciones de pagos vía transferencias fueron a cuentas bancarias pertenecientes a ProEnergy. Algunos para el banco offshore Davos International y otros a JP Morgan en Nueva York.

Cuando me enteré de que los propietarios de Derwick apenas habían salido de la universidad y eran amigos del hijo del ministro de Energía Eléctrica, entendí por qué ProEnergy había preparado las facturas de Derwick: porque nuestros clientes venezolanos de Derwick (veinteañeros en su mayoría) sencillamente carecían de conocimientos técnicos.

Después de todo, ¿cómo puede una persona redactar una factura por un producto sin ningún conocimiento sobre el tema en cuestión?

Sorprendentemente, estos documentos preparados por ProEnergy -y supuestamente de Derwick- también revelaron descomunales márgenes de ganancia, muy por encima de los precios que ProEnergy le cobra a Derwick.

Así, un artículo como un conjunto de tres turbinas FT8 Swift Pac, comprados por ProEnergy a Pratt y Whitney, por $67.5M se vendieron un día después por $78M a Derwick, que luego las vendió -dos días después- a estatales venezolanas por $97.5M.

Y así, en cuatro días, un artículo con un precio de venta de $67.5M tenía un sobreprecio de $30M añadidos por ProEnergy y por Derwick Associates.

En otro caso, tres turbinas Rolls Royce Trent 60, adquiridas originalmente por $66M, fueron vendidas a Derwick por $79.3M, que a su vez las revendió horas más tarde por $97.5M, añadiendo otros $ 31M de lucro para Derwick y ProEnergy.

Al igual que estas operaciones hay decenas de transacciones inimaginables, que van de desde piezas de repuestos, presupuestos de construcción de turbinas, generadores, transformadores; costos de transporte y entrenamiento de personal. Detuve mi cuenta de todas las facturaciones al llegar a los 2 billones de dólares.

Un colega me dijo que el FBI había visitado ProEnergy en varias ocasiones. Fue como una tortura, semana tras semana, sabiendo que ProEnergy estaba robando una nación donde la pobreza y la delincuencia están desatadas. Pasé noches sin dormir pensando qué hacer. Pero una serie de despidos en toda la empresa resolvieron mi dilema inmediato.

La verdad es que sin la entrada de dinero proveniente de Venezuela, ProEnergy sufrió una fuerte crisis de liquidez. Tanto es así que la compañía Acon Investments de Washington DC, realizó una inyección de capital a ProEnergy. Acon está dirigido por Bernard Aronson, designado por Obama para América Latina.

Pasaron los meses y compartí información con el periodista venezolano César Batiz, quien verificó el material y permitió que un blogger publicara algo del material en Scribd.

Las revelaciones acerca de las actividades de lavado de dinero de los funcionarios de Venezuela en la  explicarían por qué los funcionarios estatales venezolanos acordaron sobre pagar a Derwick y ProEnergy.

Es desalentador que los ejecutivos del sector energético estadounidenses se muestren con tal avaricia que rápidamente han tomado parte en el saqueo a Venezuela.

Mi esperanza es que al salir públicamente con esta información, otros de mis antiguos colegas den un paso al frente y alerten sobre este escándalo internacional que involucra a Venezuela y también a Missouri.

Me han informado que Derwick Associates ha presionado a numerosos bloggers en Venezuela y fuera de sus fronteras, además de periodistas reconocidos”.

Manual para cuando te secuestren

 

Olga Krnjajsky, Noticiero Digital

El primer secuestro a mi familia ocurrió en 1998 cuando dos de mis hijas fueron a la panadería con el carro nuevo.

Que el carro fuera “regulado”, sin vidrios eléctricos ni otras virguerías significó que las “botaran” apenas una hora después a pocas cuadras de donde las atracaron.

El ladrón tuvo la cortesía de permitir que mi hija negociara con él la virgencita de su collar. Y luego tuvo el coraje de llamar a mi casa para pedir rescate por el carro y para “reclamarnos” que hubiéramos hecho la denuncia.

Creímos que eso era lo peor…

El segundo le ocurrió a otra de mis hijas cuando, iniciándose en Derecho Laboral, los sindicalistas de una planta, “secuestraron” al equipo de abogados, con ella incluida, durante varias horas.

El tercero ocurrió en 2009 y fue el pionero de la modalidad de “secuestros colectivos”. Es decir, un equipo completo de entre 15 y 20 personas secuestró completo al edificio. En aquella oportunidad escribí la crónica de la terrorífica experiencia en ¡Secuestrados!

Y este viernes 29 de mayo, a media cuadra de mi casa, exactamente a las 11.20 pm de regreso de una cena con unos amigos, fuimos bruscamente interceptados.

Del carro que nos interceptó por delante salieron dos individuos con armas largas, del de atrás no sé cuántos; nos sacaron y en menos de un minuto, en una operación flash, unos se llevaron nuestro carro y otros nos metieron a empellones en el otro carro, mi esposo y yo en el medio con cuatro secuestradores… y empezó la odisea.

Unos minutos más tarde, el cuarto secuestrador se mudó de carro a otro de la banda y quedamos tres secuestradores y mi esposo y yo.

No iré a los detalles del horror, del miedo, de la conciencia de absoluta indefensión. Solo compartiré lo que, para lo que pueda servirles, son datos útiles en la nada descartable opción que se vean en el trance.

Hoy mismo, ¡ya!, ahora

1. Establezca y acuerde los familiares o amigos a quienes contactarán en caso de ser secuestrados. Es probable que los secuestradores llamen a más de uno simultáneamente. Lo harán además desde los teléfonos de los secuestrados –el suyo- y el receptor de la terrorífica llamada sabrá que no es falso.

2. Los contactos que establezca deben tener a su vez los datos de los otros «contactables» para que puedan estar en comunicación entre ellos sin que los secuestradores sepan. Nunca más de dos. Diga que sus amigos son unos pelabolas. Que sólo el que le dio primero podría hacer algo. Si la presión es mucha, dé el segundo.

3. Preparen “el guión” que regirá la información sobre ustedes mismos y sobre sus contactos. Deben coincidir en TODO. Lo que diga usted y lo que digan sus contactables. Cualquier inconsistencia se traduce en amenazas, agresión y violencia para con los secuestrados. Estos datos son:

* Ocupación (de qué viven).

* Tipo de vivienda que ocupan usted y sus contactos (edificio con vigilante no         les resulta atractivo).

* Enfermedades que podrían dañar “la mercancía”. Sí… usted el secuestrado es la mercancía y sus contactables deben decírselo al negociador. Ten cuidado que el señor es cardíaco, o que acaba de salir de una operación… algo. Lo que acuerden.

* Les harán mencionar varios familiares o amigos.

Manténganlo simple

Cuanto más simple, mejor. Mejor la profesión que la empresa donde trabaja (ingeniero, economista, profesor). El vocabulario de los secuestradores es muy reducido y con él, su capacidad de razonamiento y entendimiento.

De las profesiones menos apetecibles, la de profesor, por razones tristemente obvias, resulta en una demanda de rescate baja.

Empleado también impone limitación de ingresos.

Jubilado… ¿tengo que explicarlo?

Por el contrario, la demanda de rescate aumentará si usted dice que tiene un negocio o que lo tiene su contactable. Téngalo muy presente.

4. Apréndase de memoria esos teléfonos. En mi caso ocurrió que mi teléfono se cayó en nuestro carro y ¡oh desgracia! , mal-acostumbrada a confiar en mi aparato no me sabía de memoria los teléfonos. Afortunadamente mi esposo sí y eso nos salvó.

Durante el secuestro

Sepa que los secuestradores también tienen su guión. Uno hace de malo, muy malo, otro hace de bueno (¿?) y el otro no quiere paja sino plata.

Este último es el negociador. Si son secuestrados en pareja, como nuestro caso, la emprenderán contra uno, para que el otro “colabore” ante las amenazas horribles que se repetirán durante “la película” como definen entre ellos el secuestro con sus secuaces.

La primera demanda de rescate es astronómica. A nosotros arrancaron pidiéndonos $50.000, joyas, Rolex (¿aun existen?). Sin descorazonarlos, debe establecer que esa cifra es simplemente inalcanzable pero creen que sus contactos “algo podrán conseguir”. Pero también debe decirles que no está al cabo de saber cuánto pueden recoger.

Mantenga la cabeza baja. SIEMPRE.

Cualquier movimiento debe ser anunciado ANTES (tengo que enderezarme un poco, voy a acomodarme… pida permiso antes de hacerlo).

No haga drama. Los asusta, los pone nerviosos y agresivos y eso no le conviene.

No haga bravuconadas. Ellos están al mando, armados, y lo superan en número y determinación. No aspiran a pasar de los 40 años. Usted sí.

Hable despacio y en frases cortas de lenguaje básico. El “hombre nuevo” no maneja las frases coordinadas.

Lo llevarán a recorrer la ciudad. De norte a sur, de este a oeste. Del Cementerio a Petare. La Libertador. La Cota Mil. La autopista. Y vuelta a repetir el circuito. Durante horas. Le dolerán músculos que no sabía que tenía por la postura antinatura que le obligarán a tomar. Les taparán la cabeza y respirar será una hazaña. Sí. También tendrá que pedir permiso para respirar cuando se sienta asfixiado.

A sus contactables los llamarán cada 15 minutos para darles tiempo a “recoger” el rescate.

A su vez, el contacto deberá pedir por usted para saber si están bien para seguir con la negociación.

Cuando le pongan a su amigo al teléfono, sea breve. “Sí Fulano, estamos aquí”. No invente argucias ni claves porque Venezuela no es Hollywood.

Hábleles a los secuestradores de la “condición” de su contacto. Es una persona mayor… está enfermo… a su esposa la operaron… Todo lo que les dé la tranquilidad de que su contacto no llamará a la policía o sobre todo de que él mismo sea una amenaza para ellos.

Cosas con las que deberá lidiar durante y después del secuestro

* La culpa: usted escuchará a los secuestradores amenazar y amedrentar a su familia o amigo. Sabrá a ciencia cierta que los contactados padecen con usted todo el secuestro pero a ciegas y sabe cuán injusto es que tengan que lidiar con el horror del temor a equivocarse y arriesgar las vidas de los secuestrados. Es decir, la suya. Adicionalmente, estará penosamente consciente del miedo que habrán de pasar para la entrega del rescate sin garantía alguna que el pago se traduzca en liberación.

Uno allí, con la cabeza tapada, sumará al suyo, el miedo por el amigo. Uno sintiéndose culpable por lo que los amigos están pasando por “culpa” de uno.

No es fácil…

* Dar las gracias: sépalo. No habrá forma que JAMÁS pueda usted agradecer a su familiar o amigo. En nuestro caso, sin familia aquí, fueron nuestros amigos. Una deuda de Vida. Literalmente. Saber que nuestros amigos tuvieron que recibir la llamada de madrugada que nunca significa nada bueno, llamando ellos a su vez a otros amigos, a sus hijos, a sus vecinos, a otros familiares para levantar la cifra. Sabiendo cuán injusto darles la carga de que nuestra vida estaba en sus buenos oficios.

100 dólares por aquí, 420 por allá, 310 más allá. 50 euros, 3.000 bolívares ¿Cuánto llevamos? El que no tenía nada sintiéndose aún peor por no tener nada que aportar. Suma. Suma. Esperar la llamada de los secuestradores. Temer lo peor si la llamada no llega a los 15 minutos.

Dato importante: la cifra NUNCA debe ser redonda para que los secuestradores entiendan que la colecta es de pequeños montos de mucha gente.

No. Jamás podrán agradecerles suficiente.

La llamada del secuestrador

¿Cuánto tienes?

– Llevo tanto.

– Busca más.

– No tengo de dónde.

– ¿Qué te pasa maric@? ¿Quieres que los mate? Porque los voy a matar. -A gritos-. ¿Me oíste mmg?

– Déjame hacer otra llamada… ya no sé a quién llamar… espera me falta una persona.

– Así está mejor. Te llamo en 15 minutos.

Esa negociación se repetirá con tantos amigos suyos como hayan contactado. (de ahí la importancia que sus contactables puedan comunicarse entre ellos). Usted las vivirá todas. Y escuchará a sus secuestradores “evaluando” si lo recolectado basta. Si su amigo miente, pichirrea, les toma el pelo o peor aún, si está contactando a la policía.

La evaluación del precio de su vida está en manos de unos secuestradores cuyo vocabulario no llega a 200 palabras.

Es una certeza arrechamente desmoralizante.

¿Existe manera humana de corresponder el gesto más sublime de amistad de esos amigos que negociaron y salvaron tu vida?

No. No la habrá. Sepan que la Vida no les bastará para agradecerles la vida. Asúmanlo y honren la amistad.

El pago de rescate

Ese será otro episodio que le atormentará mucho…y por mucho tiempo. Una vez que los secuestradores estimen que no van a sacar más, indicarán a su amigo dónde ir. Lo harán identificar su vehículo y usted sabrá que lo están siguiendo y hablando de él.

Evalúan si están solos o si alguien los sigue.

Usted será mudo e impotente testigo de las órdenes que recibe. Le indicarán si acelerar o reducir la velocidad. Le indicarán el rumbo a seguir, la salida que debe tomar. Le dirán amenazantes.

– No vayas a colgar.

Le pedirán que baje los vidrios. Un momento de terror cuando nuestro amigo dice que sus vidrios de atrás no bajan. Usted imaginará a su amigo manejando y con el teléfono pegado a la oreja tratando de cumplir las órdenes.

– ¿Quién cñ está contigo, ah? ¿Quién es ese?

– Es mi sobrino, tranquilo.

– Avisaste a la policía, ah? ah?

Imagina a su amigo tranquilizando al secuestrador.

– Chamo, aquí hay dos patrullas.

– ¡Verga, hay patrullas!

– Sigue, no hagas nada raro (es una amenaza). Coge el canal de la izquierda. Pásate a la derecha. Suavecito… ¡te dije que suavecito wbon!

– ¡Párate! ¡Párate! Saca la funda con los reales y ten la mano estirada afuera.

Sentirá el acelerón desquiciado por un lado, sentirá simultáneamente el ruido del arrebatón con el golpe de aire que le entra, el negociador ordenando a su amigo marcharse acelerando y el grito de triunfo con el primer rescate en sus manos.

Se repetirá una escena similar con los contactos a quienes decidan llamar los secuestradores.

Usted se preguntará muchas veces cuando los van a dejar. Si los van a dejar salir con bien. Si el rescate los satisfizo.

Uno de los secuestradores contó billetes y puso 1.000 bolívares en el bolsillo de mi esposo “para que agarren un taxi”.

Créanme, a las cuatro de la mañana no hay taxis. Los protagonistas de la madrugada son otros.

Nos soltaron en La Campiña. Desorientados, mareados y asustados y sin seguridad que el tiro llegara por la espalda. ¡NO VOLTEES CARAJO! Caminamos hacia donde nos indicaron y resultó ser la Libertador. Vi llegar una camioneta y le hice señas. No culpo al conductor por acelerar y marcharse a toda prisa a pesar que me puse en la mitad de la calle.

Detrás de ellos llegó una moto con parrillero.

Una nueva angustia al pensar que si eran ladrones, no teníamos nada. Resultaron ser dos buenos hombres… o dos hombres que vieron que ya no había nada que quitarnos. Nos prestaron su teléfono para llamar a nuestro amigo que vive cerca.

Justo les estaba agradeciendo que fueran los ángeles de nuestra pesadilla cuando en su cara se pintó el terror. Corrieron a su moto. Cuando me giré, cinco individuos venían caminando hacia nosotros. Pensé en aquella cuña de Gillette “Lo que a la primera se le pasa, la segunda lo repasa”. Nos sentimos tan, pero tan vulnerables, tan a la buena de Dios…

Cuando se tiene miedo, no se tiene más nada. Solo miedo.

Resultaron ser cinco hombres que volvían de algún trabajo… tan asustados ellos de la noche, como nosotros de ellos. Nos cruzamos. Ni una palabra.

Miedo en estado puro.

Caminamos hasta Pdvsa La Campiña.

Nuestro amigo llegó unos minutos más tarde. Sentarnos en su carro es la experiencia más cercana de entrar al cielo que vaya a tener jamás.

A 48 horas del evento, estoy como si me hubieran vaciado.

¿Llorar? No he podido. Yo que soy de lágrima fácil, no he podido llorar. Pero tampoco puedo reír. Sonreír es un esfuerzo sobrehumano.

Le decía a una de mis hijas, que me iba a convertir en Amish. Así tendré leche fresca todos los días sin hacer cola, no tendré que recordar ningún número porque no usan teléfono, y en vez de carro, andaré en carreta. Pero lo más importante: no tendré miedo de mis semejantes.

Pero soy venezolana en Caracas. Ya no tengo carro, ni tengo teléfono, tengo miedo de mis semejantes y tengo una deuda inmensa con mis amigos. Espiritual y monetaria.

Lo otro que nos quitaron no queda a la vista como una herida que impresione a nadie. Es un roto por dentro.

Otra vez.

 

Cubanos en Venezuela: los persigue la revolución

Más allá de la cifra de 46.000 cubanos que el gobierno exhibe orgulloso como servidores públicos, ¿qué hay de las historias humanas? ¿Cómo son sus condiciones de vida? ¿Cuáles han sido las dificultades que han enfrentado para adaptarse a la cultura local? Estos inmigrantes temporales lo que sí tienen claro es que su futuro es tan incierto como el de la revolución.

John Manuel Silva, Clímax

El 30 de octubre del 2000, el ex Presidente Hugo Chávez Frías firmaba el Acuerdo Integral de Cooperación Cuba-Venezuela. Se estaba concretando así una vieja simpatía ideológica que el fallecido líder de la revolución bolivariana siempre tuvo hacia la dictadura comunista de Fidel Castro, desde sus tiempos golpistas y más atrás, desde que protagonizó en el Samán de Güere una folklórica reedición del juramento de liberación de la Patria de Simón Bolívar.

Los temores de cierto sector opositor, que acusaba al gobierno bolivariano de querer instaurar en Venezuela un régimen similar al que en la isla prosperaba desde 1959, parecían al fin tener base concreta, ya que hasta ese momento las relaciones entre la recién iniciada revolución venezolana y la jurásica antillana se mantenían dentro de cierta simpatía inofensiva, que no iba más allá de encendidas proclamas públicas y fanfarronadas retóricas, bañadas de esa cursilería estrambótica que indefectiblemente caracteriza al discurso izquierdista. Sería ese el primer paso tangible de una larga cooperación mutua que, con el tiempo, fue profundizándose hasta establecer una sólida alianza estratégica.

El puente fraterno ha llevado a que funcionarios de la isla controlen sectores medulares de la Nación como los puertos, aeropuertos, administración tributaria y hasta departamentos fundamentales de la policía política, y de los organismos de espionaje del Estado venezolano.

“En principios estábamos muy vigilados y se nos había advertido que no debíamos mezclarnos mucho con los médicos de acá, sino que nuestro trabajo estaba ligado a las comunidades y con ellas debíamos tratar”, dice Marta, quien pide antes de iniciar la conversación en un pasillo del Parque Residencial Los Helechos de San Antonio de los Altos, donde está ubicado el Centro de Diagnóstico Integral (CDI), para el que trabaja, que por favor le cambie el nombre.

Ella es una de los 46 mil cubanos que el gobierno exhibe orgulloso como servidores públicos en Venezuela, según cifras sugeridas por Venezolana de Televisión en un artículo publicado el 30 de octubre de 2014 a propósito de la conmemoración de los 14 años de la firma del Convenio Cuba-Venezuela. Continúa en voz baja y echando ocasionales miradas hacia la recepción, que en esas horas de la tarde sabatina está casi vacía de pacientes y personal.

“Pero claro, al final uno se compenetra. Son tres años de servicio los que uno pasa aquí y es imposible que solo sea trabajo. Me gustan los venezolanos. Se parecen un poco a los cubanos en lo dicharacheros, jodedores como dicen aquí”, dice y su rostro refleja una cierta cordialidad.

Ella es amable. Pero a los pocos minutos entra en temas más escabrosos y su amabilidad torna en alerta.

“A varios los han robado. A un colega aquí le quitaron un celular que se había comprado cuando estaba en Los Teques. Eso se oculta. Nos ordenan no decirlo. Cuando ese médico le contó a quien nos coordina aquí en Miranda, éste le dijo que lo olvidara y que no lo hiciera público, porque eso afea la imagen de la misión y le da armas a los enemigos”.

Rogelio Polanco, quien sustituyera al célebre Germán Sánchez Otero como embajador de Cuba en Venezuela, declaró en noviembre de 2012 que más de 100 médicos cubanos habían muerto en el país desde que se inició el convenio. La mayoría, aseguraba el diplomático, de causas naturales o en accidentes.

No quiso comentar los incómodos casos de Rosa María Christy Labañino, quien recibió un tiro en Cumaná el 30 de julio de 2006; o el de Raquel de los Ángeles Pérez, asesinada, también en 2006, en Petare, caso que provocó la indignación del entonces jefe de Estado, quien dijo en su maratónico Aló Presidente: “Tenía tres años aquí con nosotros curando enfermos, salvando vidas, dejando a su familia en La Habana. ¡Qué dolor que regrese a Cuba cadáver!”.

“Es un miedo. Este país es muy inseguro. La gente aquí dice que Venezuela es igual a Cuba, y tal vez lo sea en muchos aspectos, pero no en ese, en Cuba no te matan en la calle, no de esta manera. La violencia es algo que me impresiona mucho de este país. Aquí los niñitos de 12 años ya son delincuentes. Yo atendí a una señora que fue herida por un muchachito para robarle su cartera. He atendido varios casos así. Es muy feo eso”, se espanta Marta.

Julio González  también pide que se le cambie el nombre para este trabajo. Es opositor, pero lleva meses tratándose en el centro de rehabilitación que funciona detrás del CDI de Los Helechos. Una caída en el trabajo lo sacó de la vida activa durante meses. Le mandaron rehabilitarse, pero el alto costo de los centros privados lo obligó a tragarse su orgullo y hacer sus terapias con los antillanos.

“No te lo niego: son muy amables y a mí me han atendido muy bien. Te miento si te digo que no es así. Pero es que es jodido, porque la salud es un derecho y el Estado tiene que dártela, pero entonces tienes que venir aquí y lo primero que ves en la sala de espera es una cartelera con recortes de Fidel, de Chávez, de Maduro. Es una humillación, pero yo no tengo plata para la terapia, o me la hago aquí o no voy a poder volver al trabajo”, comenta.

Y aunque frustrado, no deja de agradecer que su terapia forme parte de las 564.000.000 de consultas médicas que ha conseguido la Misión Barrio Adentro, dato suscrito por el presidente del Instituto Nacional de Estadísticas, Elías Eljuri, para la agencia de noticias AVN. Informó, asimismo, que 5 millones 527 personas se diagnostican en los consultorios de Barrio Adentro.

“A mí no me gustaba eso del convenio desde un principio. Me parece bien que se le dé salud a los pobres, que se hagan estas cosas, pero con médicos locales”, exhorta.

Cuando se le pregunta qué pasa si, como denunció el gobierno en su momento, los médicos locales no desean ir a zonas rurales a atender a los pacientes de allí porque prefieren la comodidad de las grandes ciudades y las consultas privadas, Julio responde:

“Eso está muy bien. No es xenofobia, si algún extranjero viene a trabajar, pues qué bueno. Mi miedo es que detrás de los médicos haya agentes, espías, infiltrados”, dice sin temor a sonar paranoico.

Marta no niega a especie, sino que la afirma por debajito. “¿Qué quieres que te diga? Eso es normal. A nosotros en principio no nos dejaban tener celular o hablar mucho con la gente. Hubo romances, algunos médicos aquí se enamoraron de venezolanas, y eso no le gustaba al coordinador. Si tienes pareja de aquí debes pedir permiso y…”, se detiene y lo piensa mucho antes de continuar: “bueno, yo me di cuenta de que apenas un doctor dice que tiene novia, le acortan el tiempo de servicio. Porque lo que nosotros tenemos es un acuerdo de servicio: venimos por un tiempo, nos dan algo aquí para nuestros gastos y una prima para nuestras familias allá. Cuando se nos vence el contrato, volvemos. Pero si ellos deciden que volvemos antes por cualquier razón, lo tenemos que hacer. Y ellos han hecho eso: les han dicho a los médicos que tienen novia que deben volver antes. Los ponen en una disyuntiva porque deben decidir si se quedan con la pareja o regresan. Si se quedan, están desertando, y allí se echan el mundo encima. En Cuba te penalizan por eso, muchas veces no puedes regresar a la isla por diez años. En Venezuela les niegan la cédula y los papeles, quedan mantenidos por sus novias porque no pueden trabajar ni nada. Algunos tienen un plan B y logran salir de Venezuela. Eso lo han hecho mucho, pero no se dice, está escondido”, finaliza Marta quien ya no quiere responder más preguntas y se despide pidiendo discreción respecto a su identidad.

Kelly Martínez llegó a Venezuela en 1993, con 13 años de edad recién cumplidos. Hija del reputado fotógrafo Ramón Grandal, es parte de los millones de cubanos que han emigrado desde la instauración de la revolución. A los 18 vio cómo llegaba al poder la revolución bolivariana, y un año después fue testigo del acuerdo que selló la alianza entre los comandantes Chávez y Castro.

En principio, defiende a sus compatriotas venidos con el convenio- “Es una forma de salir de Cuba. Eso muchos no lo entienden, bueno, no lo entendían hasta ahorita que Venezuela se ha ido haciendo más una cárcel y que creo que muchos venezolanos han vivido en carne propia lo que se siente no poder salir de tu país sin permiso y lo que es estar desesperado por hacerlo. Ese convenio ha sido la posibilidad de muchos cubanos de salir del país, de dirigirse a un lugar más libre, donde además pueden acceder a cosas que no hay en la isla: un microondas, un televisor, un celular, cualquier cosa que haga la vida un poco más fácil”, dice la también fotógrafa, a quien le dolía mucho el rechazo de algunos venezolanos contra los galenos y funcionarios que vinieron a ser parte de la Misión Cultura con los que tuvo más contacto.

“La gente tiene que entender que en Cuba hay mucha gente inofensiva que no tiene la culpa de que exista la revolución. Hay gente que no me interesa, gente muy dañina, como esos que fueron a la cumbre ahorita en Panamá a golpear a los disidentes. Esos sí son la gente mala. Pero ellos no son ‘los cubanos’, sino que son agentes del gobierno y son terribles. Pero hay que distinguir entre ellos y los médicos o trabajadores a los que no se les puede juzgar por querer algo que mejore un poco sus vidas, o por querer huir de un país que no tiene fronteras. Creo que muchos venezolanos que hoy están en la misma situación de tener que huir porque ya no hay salidas irán comprendiendo”.

Martínez le da un tono social a la aceptación de una parte de la población de las misiones y su componente extranjero. Recuerda una anécdota en Catia “Estaba en una de esas noches locas en las que uno termina por ahí en la casa de unos amigos bebiendo y comiendo un sancocho. A mí siempre me gustaba mucho escuchar a la gente del chavismo, ya no me gusta tanto, pero hubo un tiempo en el que me interesaba escucharlos para entender sus razones. Bien, allá vi a un viejito del barrio que me contaba maravillado que, además de que los médicos los atendían y le daban medicamentos gratis, la doctora de ese módulo que quedaba junto a su casa solía almorzar con ellos. Tal vez esto sonará un poco romántico o ingenuo, pero esa noche entendí que también ha habido en Venezuela cierta falta empatía por el otro; de alguna manera esta misión, la presencia de esta gente, les hacía sentir respeto a unas personas que nunca habían sentido que los trataban con respeto, que estaban incluidos. Yo desde que llegué a Venezuela sentía que había mucho de maltrato de un sector social hacia otro, y eso crea resentimiento. Nos guste o no, es así. Esa grieta social ya existía, Chávez lo que hizo fue abrir un abismo a partir de ella”.

Con el acento a medio camino entre el caraqueño y el habanero, Martínez, —quien se confiesa amante de la cultura norteamericana a cuya literatura dedicó buena parte de su trabajo académico—, cuenta cómo luego de años de luchar contra las condiciones de vida que se fueron depauperando en Venezuela, decidió irse del país junto a su esposo a mediados del año pasado.

“Es mi segunda migración. El sentimiento es totalmente distinto, porque una cosa es ser una adolescente con problemas tontos y dejando que mamá y papá se ocuparan de los problemas reales que hacerlo cuando se es mayor y además recién casada. Solo diré, eso sí, que yo me fui de Venezuela por la misma razón que me fui de Cuba y que ahorita no quiero flaquear y dejar que la nostalgia me quiebre”.

Teoría de colas a la venezolana

Carolina Jaimes Branger

En 1909, el matemático danés Agner Krarup Erlang publicó el primer trabajo sobre teoría de colas para la Copenhagen Telephone Exchange, empresa para la que trabajaba. El estudio era para mejorar el sistema de llamadas y evitar los congestionamientos de las líneas.

En ingeniería, en particular en la investigación de operaciones, la teoría de colas se usa para modelar sistemas y optimizar su funcionamiento. En otras palabras, para que la gente espere en cola el menor tiempo posible.

En el estudio de las colas se asume que éstas se forman “debido a un desequilibrio temporal entre la demanda del servicio y la capacidad del sistema para suministrarlo” (Wikipedia).

 Es decir, como la cola es directamente proporcional a la capacidad del sistema para suministrar el bien o el servicio, podemos inferir que en Venezuela nos esperan largos años de largas colas, porque si algo ha demostrado nuestro “sistema” es su absoluta incapacidad de producir un bien o prestar un servicio.

Las colas en Venezuela son imprevisibles e inmedibles. Primero, porque nosotros JAMÁS hicimos cola para nada. Si acaso para ver “Tiburón” en 1975 y fue algo tan ajeno a nosotros y tan rocambolesco, que casi todos los días salía en el periódico una foto o una reseña de la gente en fila…

Segundo, porque nuestra idiosincrasia -por más que deteste reconocerlo- es de no hacer cola. Los venezolanos se le colean hasta a su abuela. Hasta un comercial de una famosa bebida hizo una apología de la “viveza criolla” representando a un tipo que se coleaba, que por supuesto, era el héroe del comercial. En cualquier otro país, hubiera sido el villano.

Aquí la gente se colea de varias maneras: siempre sospecho de quienes se hacen los tontos, caminan con la boca abierta viendo para arriba y al llegar al principio de la línea ¡zas!, se meten como si nada. En los bancos proliferan. Otros llegan diciendo “solo voy a hacer una pregunta” y ¡zuás!, terminan comprando primero que todos los demás. Esos abundan en las farmacias.

Otros buscan a un amigo que les dé cola “es que nosotros vinimos juntos, pero yo fui a parar el carro”. O simplemente le entregan al amigo el dinero de lo que quieren comprar y esperan -sin discreción- a que les entreguen su pedido. Los más descarados se meten a lo macho y ya.

Por esto la Teoría de Colas muere en una cola venezolana.

El jueves pasado pasé por la puerta de un supermercado y había una larga cola. Le pregunté por curiosidad a una señora que qué estaban vendiendo, y me dijo que no sabía, y que “nadie había sido capaz de decirle qué iban a traer”.

¡Pero ella estaba haciendo cola para comprar algo que no sabía qué era!

Me pareció tan exagerado que me puse a preguntar y en efecto, ninguno de mis encuestados -que fue casi la cola completa- sabía para qué estaba haciendo cola. Solo en Venezuela.

La expansión de los rumores es exponencial. Me imagino que será información de quienes trabajan adentro, y como el venezolano es familiar y amiguero les avisa a su familia y amigos “vénganse, que llegó la leche”.

Lo que sigue siendo humillante -y espero que siempre lo sea y no nos acostumbremos a ello- es cuando marcan a la gente como reses, para que no vuelvan a comprar.

¿Y cómo no volver a comprar si se tiene una familia grande?

No es lo mismo comprar para una pareja que para una familia de seis, ocho y más miembros.

Eso significa que todos tienen que ir a hacer cola, hasta los bebés.

Hace un año la gente cordializaba en las colas, y en diciembre de 2013 hasta bailaba gaitas si en el local comercial había música. Hoy no. Hoy hay agresividad y rabia. Hay impaciencia y desazón.

Supe de un pleito de dos mujeres en San Juan de los Morros donde una le sacó el ojo a otra que se le coleó.

El nivel de tensión sube día tras día. Y es que nadie puede pasar diez o más horas de colas a la semana. Nadie. Menos un pueblo acostumbrado a lo contrario.

Las colas son como ollas de presión mal cerradas, que cuando estallan dejan vuelto añicos todo a su alrededor…