LA ESPERA

Leonardo Padrón, Caraota Digital

Todos caben en la sala de espera. Le vamos haciendo espacio al ánimo o al pesar que cada quien trae.

Somos treinta millones sentados, de pie o deambulando en esta incertidumbre.  Todos en el mismo espacio donde se suelen aguardar las buenas noticias.

¿Qué día finaliza la devastación? ¿En qué momento se abrirán todas las celdas? ¿Cuánto falta para regresar?

Esperar es un vicio peligroso.

Somos treinta millones y un deseo acorralado. Treinta millones de personas bajo veinte años de ostracismo.

Venezuela está en fase terminal y todos esperamos algo que se parezca a un milagro. Un milagro que debemos confeccionar nosotros mismos. Mientras tanto, esperamos.

Al menos una vez al día escucho la frase en boca de algún compañero de pasaporte: “Falta poco”.  Y entonces todo depende de la cantidad de optimismo que aun te quede en el tanque o de la calidad de la información que manejes. Ya son muchos años diciendo que falta poco.

Es como si todos estuviésemos en una enorme sala de espera. Como si esperáramos el sonido de aviones en el cielo que traen la liberación. ¿Qué esperamos?

Que las cosas cambien. Y las cosas son la vida. Esperamos que vuelvan el pan y el agua. La electricidad y el sueño.

Que recuperemos alguna rutina. Que se retire la tristeza. Que la justicia llegue. Que la oposición recupere la cordura. Que ocurra la implosión del régimen.

Que Diosdado le cuente a la justicia universal los desmanes de Maduro. Que Maduro le confiese a algún tribunal internacional los delitos de Diosdado. Que el proyecto se agote en su envilecimiento. Que las calles vuelvan a hablar.

¿Pero quién pone los muertos esta vez? ¿Quién organiza el descontento? ¿Quién espanta la resignación? ¿Esperamos por el líder que sea mejor que todos los líderes anteriores?

Hay un silencio ruidoso que espera por la sensatez. Que ocurra, que aparezca, que venga de alguna parte.

“Falta poco”, vuelvo a escuchar.

“Muy pronto regresaremos”, dice el venezolano que reparte comida en Madrid, que vende arepas en las calles de Chile, que maneja un uber en Miami, que espera en todas las ciudades que no son la suya.

Esperar que no haya que esperar mucho.

El deseo colectivo está allí, malogrado por nuestros propios errores. Mientras, la banda criminal aplaude el desatino de nuestros dirigentes. Sus colmillos gotean placer. Y nos volvemos invisibles en el deseo.

Mi médico, con el que me hago el examen de próstata anual; ¿dónde está? Mi odontólogo de toda la vida, ¿esperará por mí?

El kioskero que todos los domingos me comentaba mi artículo, ¿sigue allí?, ¿o fue barrido por la desgracia?

Esperar que la justicia llegue. ¿Y si toma el camino más largo? ¿Y si se extravía en el camino?

¿Esperar sirve?

La resignación es la calle ciega de la esperanza.

De nuevo alguien me dice: “falta poco”.

Esperamos volver a vernos en los mismos lugares donde la costumbre hacía país. Allí donde antes quedaban las calles y hoy habita el miedo y la pesadumbre.

En las panaderías, en los restaurantes, en los juegos de beisbol, en las ferias de libros, en el mar. En el clima de mangas cortas y risa tronante que éramos. En el cielo caribe de nuestra nostalgia. Hay una biblioteca entera de lugares comunes que ensalzan la virtud de esperar.

Me quedo con la frase de André Giroux: “El infierno es esperar sin esperanza”.

Si no hacemos algo, cada vez habrá que esperar más.

Los riesgos de las criptomonedas

Giovanni E. Reyes, PORTAFOLIO

Tanto de manera informativa, como por parte de contenidos sensacionalistas, se ha dado a conocer el “gran éxito” que tienen quienes invierten en criptomonedas.

El bitcóin es una de ellas, mas no la única.

Se ha realizado un notable despliegue publicitario con el fin de apalancar el dinamismo de la compra, de la demanda de criptomonedas: “invierta Usted, no se quede atrás cuando todos se están haciendo millonarios”.

Como ha ocurrido en otras ocasiones, esto puede terminar de manera súbita en una gran estafa.

Son varios los riesgos que están en juego y los casos, para citar sólo aquellos pertenecientes a la historia inmediata, están a la evidencia. Véase por ejemplo cómo en el  2004, en Australia, tuvieron que cerrar operaciones, tres medios criptos. Lo hicieron cuando la Comisión Australiana de Inversiones y Activos Financieros (ASIC) estableciera el requisito de licencias financieras para operar estos servicios.

Entre los aspectos que se deben tener en cuenta al momento de invertir en criptomonedas, es que no constituyen -por lo general- ni medios de pago ni de inversión.

Esto hace que las “inversiones” en criptos, tengan la presión de la convertibilidad. Es evidente que mientras usted puede entregarles sus pesos, dólares, euros o yuanes, y recibe criptos, la cosa va bien para los captadores. Ellos se hacen con circulantes que sí son reconocidos.

El problema de estas pirámides globales, que pueden desembocar en gigantescas estafas, es que quien tiene los criptos tarde o temprano requiere que se conviertan a monedas de uso oficial o reconocido.

Este es el problema central.

Quienes tienen su plata no estarían dispuestos a devolverla, no al menos con los ritmos que si lo hacían en un inicio de las operaciones.

Eso de las fases iniciales favorables desde luego, ocurre a fin de convencer a más gente acerca de las “bondades” de los medios cripto.

Al no ser reconocidos como medios de pago o de inversión en los países, las monedas criptos no cuentan con respaldo.

Al momento de que una crisis se presente en estos sistemas ¿quién responde?

No espere que lo haga un medio de control monetario, tal el caso del Banco de la República en Colombia, por ejemplo, o en general en los bancos centrales de los países.

Nadie responde y, por tanto, no se puede acudir a instancia legal alguna, toda cuenta que se trata de inversiones en medios no reconocidos.

¿Es probable que el negocio de los medios criptos pueda caerse sin previos avisos? Sí, es muy probable.

El rasgo inconfesado es que los cripto se prestan para lavado de activos, para la creación de burbujas y con todos los riesgos, para extraerle a usted sus recursos, con la ilusión de que los mismos se multiplicarán como panes y peces.

Los escenarios esenciales estarían montados para que no se pueda descartar, del todo, el desenlace de una potencial estafa globalizada.

Giovanni E. Reyes,
Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard.
Profesor Titular y Director de la Maestría en Dirección de la Universidad del Rosario.

Por qué Marx se equivocó

Carl Bildt, Project Syndicate

Traducción: Esteban Flamini

El bicentenario del nacimiento de Karl Marx generó una oleada de interés en su obra, e incluso la inauguración de una estatua en su ciudad natal de Trier (Alemania).

En una celebración del marxismo en Beijing, el presidente chino Xi Jinping declaró que “Como una espectacular salida del sol, la teoría iluminó a la humanidad en su exploración de la ley de la historia y en su búsqueda de liberación”.

Añadió que Marx “Señaló con su teoría científica, la dirección hacia una sociedad ideal sin opresión ni explotación, donde cada persona disfrute de igualdad y libertad”.

Xi pronunció sus palabras en la China “marxista”, así que los asistentes no tenían más opción que estar de acuerdo.

Pero ese mismo día en Trier, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, también tuvo palabras bastante elogiosas:

“Hoy [Marx] representa cosas de las que no es responsable y que no provocó, porque mucho de lo que escribió luego fue tergiversado”.

No está del todo claro qué habrá querido decir Juncker.

No olvidemos que el marxismo infligió un sufrimiento incalculable a decenas de millones de personas, obligadas a vivir bajo regímenes que agitaban su bandera.

Durante gran parte del siglo XX, el 40 % de la humanidad padeció hambrunas, gulags, censura y otras formas de represión a manos de quienes se decían marxistas.

Parece que en su discurso, Juncker hizo alusión al contraargumento típico de que las atrocidades del comunismo en el siglo XX se debieron a alguna distorsión del pensamiento de Marx, de la que no se lo puede hacer responsable.

¿Es válido este argumento?

Marx se pasó la mayor parte de la vida analizando la economía política de los países de Occidente que a mediados del siglo XIX estaban en proceso de industrialización.

Pero su importancia histórica le debe más a sus ideas para el futuro, y a las consecuencias que tendrían para la sociedad. Por eso, no es posible analizar su legado sin tener en cuenta esta parte de su pensamiento.

Marx consideraba que la propiedad privada era el origen de todos los males en las nuevas sociedades capitalistas de su tiempo.

Creía por consiguiente que su abolición era el único modo posible de curar las divisiones sociales de clase y garantizar un futuro armonioso.

Su colaborador Friedrich Engels afirmó más tarde que bajo el comunismo, el Estado mismo se volvería innecesario y se “extinguiría”.

Estas afirmaciones no se decían como conjeturas, sino como predicciones científicas acerca del futuro.

Pero está claro que eran sinsentidos; y el tiempo demostró que la teoría marxista de la historia (el materialismo dialéctico) estaba equivocada, y que era peligrosa en prácticamente todos sus aspectos.

El gran filósofo del siglo XX Karl Popper, uno de los más fuertes críticos de Marx, lo llamó con razón “falso profeta”. Y por si hicieran falta más pruebas, aquellos países que en el siglo XX adoptaron el capitalismo se convirtieron en sociedades democráticas, abiertas y prósperas.

En cambio, cada régimen que rechazó el capitalismo en nombre del marxismo fracasó, y no por azar o por algún desafortunado error de los seguidores de Marx en la interpretación de sus doctrinas.

Al abolir la propiedad privada e instituir el control estatal de la economía, no sólo se priva a la sociedad del espíritu emprendedor necesario para su progreso, sino que también se anula la libertad misma.

Como el marxismo trata todas las contradicciones sociales como productos de una lucha de clases que desaparecerá en cuanto desaparezca la propiedad privada, una vez instituido el comunismo el disenso es imposible.

Por definición, cualquier cuestionamiento al nuevo orden es un resabio ilegítimo del orden opresivo que lo precedió.

Es decir que en los hechos, los regímenes marxistas han sido extensiones lógicas de las doctrinas de Marx.

Es verdad que, como dice Juncker, Marx (quien murió 34 años antes de la Revolución Rusa) no es responsable del Gulag; pero es innegable que sí sus ideas.

En su monumental estudio en tres volúmenes “Las Principales Corrientes del Marxismo”, el filósofo polaco Leszek Kołakowski, quien tras haber abrazado el marxismo en su juventud se convirtió más tarde en uno de sus más importantes críticos, señala que Marx no mostró casi ningún interés en las personas tal como son en la realidad.

Escribe: “El marxismo no presta atención al hecho de que los hombres nacen y mueren, que son hombres o mujeres, jóvenes o viejos, sanos o enfermos”.

Por tanto: “En su opinión, el mal y el sufrimiento no tenían sentido más que como instrumentos de liberación; eran puramente hechos sociales y no una parte esencial de la condición humana”.

El análisis de Kołakowski ayuda a explicar por qué los regímenes que abrazaron la doctrina mecánica y determinista de Marx, tuvieron inexorablemente que recurrir al totalitarismo al confrontar la realidad de una sociedad compleja.

Y aunque no siempre lo lograron por completo, los resultados siempre han sido trágicos.

Por su parte, Xi ve el desarrollo económico de China en las últimas décadas como una “prueba indiscutible” de la validez permanente del marxismo. Pero en cualquier caso, es exactamente lo contrario.

Recordemos que la China del comunismo puro produjo la hambruna y el terror del “Gran Salto Adelante” y de la “Revolución Cultural”.

La decisión de Mao de expropiar tierras y empresas, tuvo resultados desastrosos y fácilmente predecibles; más tarde, el Partido Comunista de China abandonó esa postura doctrinaria.

Con el sucesor de Mao, Deng Xiaoping, el PCC inició la gran “apertura” económica de China.

A partir de 1978 comenzó a reinstaurar la propiedad privada y a permitir la creación de empresas. Y los resultados han sido prácticamente espectaculares.

Si algo demora el desarrollo de China en la actualidad, es el residuo de marxismo que todavía es visible en las ineficientes empresas estatales y en la represión del disenso.

El sistema centralizado de partido único de China, es sencillamente incompatible con una sociedad moderna y diversa.

Doscientos años después del nacimiento de Marx, es buena idea pensar en su legado intelectual. Pero no para celebrarlo, sino para inmunizar a nuestras sociedades abiertas contra la tentación totalitaria que acecha en sus erradas teorías.

Por qué el régimen de Maduro arremete contra el banquero de mayor fortuna de Venezuela y España

Juan Carlos Zapata, ALnavío

Para un gobierno que ha agotado el discurso político, que ya no puede vender esperanzas, incapaz de manejar la crisis económica y social, y sin una oferta electoral que sea atractiva para sus propios seguidores, plantear una lucha contra el banquero de mayor fortuna de Venezuela y España, es tratar de construir un relato del bueno contra el malo, del pobre contra el rico, de la justicia contra la injusticia.

Es la consigna de la guerra económica, manejada y repetida desde el principio de los tiempos maduristas, que consiste en echarle la culpa del fracaso a los otros.

Escotet está al frente de Banesco en Venezuela y de Abanca en España / Foto: Abanca

Nadie. Nadie está seguro en Venezuela. Tampoco los bancos. Tampoco los banqueros. El gobierno de Nicolás Maduro ha consumado una de las amenazas pendientes, anunciando la intervención de Banesco, el banco de Juan Carlos Escotet, también presidente de Abanca en España. Sobre el instituto ya pendía la espada de Damocles, desde que Diosdado Cabello, uno de los factores de poder del régimen, anticipara que el gobierno podía adquirir la entidad. No la adquirió. La intervino, en principio por 90 días, han dicho las autoridades, pero se sabe cómo operan las dictaduras.

En 90 días Maduro se habrá reelecto luego de la farsa electoral del próximo 20 de mayo, y Banesco será un trofeo del poder.

Además, es usual entre los interventores encontrar problemas adicionales en las entidades intervenidas con el fin de eternizarse en el cargo, lo que el gobierno no rechazará mientras sirva al propósito de mantener bajo control a Banesco y, por ende, bajo amenaza a todo el sistema financiero.

Si el régimen no encontró elementos para plantear la compra, en cambio armó toda una operación con el fin de justificar la intervención, acusando al banco de Escotet de ser la plataforma de mafias que atentaban contra la moneda y contra la estabilidad económica.

Así, el gobierno abrió una averiguación -que llamó Operación Manos de Papel- que desencadenó en la detención de 11 ejecutivos de Banesco.

Lo que en principio la entidad tomó como una rendición de cuentas ante las autoridades, se transformó en una detención colectiva, en la que aparecen dos ejecutivos de nacionalidad española, hijos de inmigrantes.

Escotet se encontraba en Portugal atendiendo negocios y a la hora de conocer la evolución de los hechos partió hacia Caracas. Anunció a las autoridades de España que se desincorporaba de sus funciones en Abanca, lo que significa que está dispuesto a asumir los riesgos que implica concentrarse en el asunto Banesco.

La interventora designada es la viceministra de Finanzas, Yomana Koteich. Pero el verdadero poder detrás, son los cuatro figuras que han controlado la arremetida contra la institución: Cabello; el vicepresidente de la República, Tareck El Aissami; el fiscal designado por la Asamblea Constituyente de Maduro, Tarek Willian Saab, y el propio Maduro, quien siempre tiene la última palabra.

Diosdado Cabello anticipó que el Gobierno podía adquirir la entidad / Foto: ConElMazoDando

Para un gobierno que ha agotado el discurso político, que ya no puede vender esperanzas, incapaz de manejar la crisis económica y social, y sin una oferta electoral que sea atractiva para sus propios seguidores, plantear una lucha contra el banquero de mayor fortuna de Venezuela y España, es tratar de construir un relato del bueno contra el malo, del pobre contra el rico, de la justicia contra la injusticia.

Es la consigna de la guerra económica, manejada y repetida desde el principio de los tiempos maduristas, que consiste en echarle la culpa del fracaso a los otros.

Primero fue el Grupo Polar –el principal emporio agroindustrial del país– y ahora es Banesco, el banco líder; y en cuanto líder, creció más que el estatal Banco de Venezuela y supera a todos los demás en operaciones electrónicas, por lo que su plataforma tecnológica es un elemento apetecible para el gobierno.

Hay un antecedente

En el 2010, el gobierno de Hugo Chávez y bajo propuesta del poderoso ministro de economía de la época, Jorge Giordani, intervino 35 casas de bolsa con el argumento de defender la moneda, atacando a los culpables, arrestando a los agentes bursátiles, señalados de especuladores y conspiradores, pues atentaban contra el bolívar.

El procedimiento no solucionó la escalada del llamado dólar paralelo. Pero los ejecutivos bursátiles pagaron cárcel por tres años y perdieron su negocio.

Un trofeo para Diosdado Cabello

Escotet distribuyó un video en el que se queja de trato injusto y operación desproporcionada hacia el tren de ejecutivos del banco.

Pero ¿qué significan estas palabras en un régimen en el que no impera el Estado de derecho? ¿Cuánto pesan estas palabras y cuánto puede pesar la defensa que emprenda el banquero?

Ha dicho que regresa a Caracas a dar la cara. Y con ello, se coloca en riesgo de ser detenido.

 

Banesco es un objetivo específico de Cabello. Lo era cuando vivía Hugo Chávez; y este, sabiendo el peso de la institución en el sistema financiero, evitó que se procediera con la misma cirugía de ahora.

Entonces se podía correr el riesgo de una corrida bancaria que afectara todo el entramado bancario.

Hoy, el peligro de una corrida es más remoto, pues no hay dinero efectivo que sacar de los bancos –el bolívar tampoco vale nada- y las vías electrónicas están colapsadas. Tampoco puede hablarse de banco refugio. En esta incertidumbre, no lo hay en Venezuela.

Los bancos y los banqueros, como todos los factores que hacen vida económica, son agentes sin protección, desamparados, ante el autoritarismo y la dictadura.

De hecho, el gobierno aplica con Banesco una fórmula similar a la que aplica con la multinacional Chevron.

Se procede contra la petrolera deteniéndole dos ejecutivos, se les señala de traición a la patria, y el mensaje es claro, según fuentes de todo crédito: que Chevron acepte el ingreso en la sociedad que mantiene con la estatal PDVSA en el campo PetroPiar, a un nuevo socio, la compañía rusa Rosneft, algo a lo que aquella se ha negado desde hace más de un año.

Con Chevron, el gobierno construye el relato de la lucha contra el imperio. Con Polar y con Banesco, la lucha contra la burguesía poderosa y apátrida.

Hay un universo chavista que asume estas consignas como verdad. Es el universo atendido por el clientelismo gubernamental. Es el chavismo que apoya a Maduro y recuerda a Chávez de manera incondicional.

Por su parte, Maduro entiende que después de ser reelecto en elecciones fraudulentas, requiere del respaldo de todas las facciones chavistas para soportar un periodo que se le hará más convulso, más incierto, debido a la posición militante de la comunidad internacional y debido a que no va a encontrar ni en el corto ni en el mediano plazo, soluciones a los graves problemas –hiperinflación, hambre, desempleo, caída del PIB, derrumbe de la producción petrolera- que sufre el país, que sufren los venezolanos y que provoca el éxodo masivo hacia el exterior.

La intervención de Banesco es un trofeo que Maduro coloca en manos de Cabello, a quien complace -por ahora- porque para después tampoco se sabrá si esta alianza de facciones se mantendrá, ya que todo es incierto y nadie está seguro en Venezuela.

Bancos ni banqueros. Ni el mismo poder. Ni siquiera Nicolás Maduro.

El Cartel de PDVSA

Vladimiro Mujica, Noticiero Digital

En un lúgubre video que circula por las redes sociales se ve borrosamente el perfil regordete y sombrío, esposado y cabizbajo, de Nelson Martínez, alto gerente petrolero, arrestado por miembros de uno de los tantos brazos del estado policial venezolano.

Nelson Martínez, recién nombrado presidente de Pdvsa.

La voz en el video, probablemente la del Fiscal General impuesto por la inconstitucional ANC, utiliza la palabra Cartel para referirse a la organización delictiva que se había ido articulando en el seno de la corporación estatal petrolera venezolana.

La ola de arrestos y despidos de los altos mandos petroleros, que ha terminado por afectar al otrora todopoderoso Rafael Ramírez, ha sorprendido al país y ha llevado a muchos a preguntarse si el régimen venezolano, procediendo a través del fiscal Tarek William Saab, tiene en verdad la disposición de actuar contra la corrupción generalizada que se ha convertido en la marca de fábrica de la revolución chavista.

Yo tendería a creer que nada más remotamente alejado de la verdad.

Cuando regímenes como el venezolano, combinación de Estados policiales con dictaduras de nuevo cuño, controlados por verdaderas mafias de poder, actúan en contra de sus propios miembros, es normalmente por una de tres razones:

(1) Un grupo interno intenta desplazar a otro;

(2) Un grupo estaba intentando hacer negocios sin hacer partícipe a los otros;

(3) Se busca un grupo de chivos expiatorios para defender al régimen en su conjunto interna e internacionalmente.

La naturaleza de la operación CITGO, donde aparentemente se endeudó a la nación sin autorización formal del gobierno y la AN, y los otros elementos que están surgiendo, incluyendo la defenestración de Ramírez como embajador de Venezuela ante la ONU, permiten intuir que las acciones de la Fiscalía se inscriben en el esquema canónico 1+2+3, que se describe en el párrafo anterior.

Por supuesto que mucha gente no dejó de sentir un fresquito por ver a connotados chavistas recibir una dosis de su propia medicina de represión y violaciones de los derechos ciudadanos, al verlos expuestos “con los ganchos puestos”, ciudadanos civiles detenidos por un organismo de contrainteligencia militar, seguramente con órdenes judiciales a la medida.

Pero me temo que se trata de la ilusión de una simple operación gatopardiana, como argumentó Horacio Medina en una de sus infaltables notas diarias: cambiar para que todo quede igual.

Más allá de todas estas especulaciones sobre el verdadero significado del encausamiento de un grupo importante de gerentes de la industria petrolera, conviene examinar en retrospectiva el daño inmenso que 20 veinte de desgobierno chavista le ha causado a la actividad económica más importante de la nación.

Habría que comenzar apuntando que la maquinaria de desinformación del régimen ha intentado presentar durante años una historia fabricada según la cual fue Chávez quien nacionalizó la industria y la rescató de los malvados monopolios transnacionales para el disfrute de los venezolanos.

Nada más lejos de la realidad. El 29 de agosto de 1.975 el presidente Carlos Andrés Pérez puso el «ejecútese» a la Ley que reserva al Estado venezolano la industria y el comercio de los hidrocarburos, con lo cual quedó nacionalizada la industria petrolera. Ese hito de la odiada “IV República” marco un antes y un después en la historia venezolana.

Es aleccionador recordar que Pérez en una reunión con gerentes e ingenieros de la industria les preguntó si ellos le aseguraban que la industria seguiría funcionando si la ponía en manos venezolanas. La respuesta fue un “Si” responsable y sobrio en buena medida determinado por el hecho de que esos ingenieros y gerentes se habían formado en las universidades venezolanas y en programas de transferencia tecnológica y de conocimientos con las operadoras internacionales.

La industria petrolera fue uno de los pocos proyectos con continuidad institucional en Venezuela, protegida en buena medida de los vaivenes políticos por un acuerdo no escrito entre los principales partidos de respetar su independencia.

Avergüenza y deprime hacer una comparación entre los cuadros y el desempeño de PDVSA en sus años dorados, cuando estaba entre las primeras corporaciones petroleras del mundo, y la empresa en harapos, al borde de la insolvencia financiera y técnica que el chavismo le legará a los venezolanos.

De hecho, a lo que hemos asistido durante la era chavista es a una acción sostenida de desnacionalización cuyas manifestaciones más evidentes son las negociaciones con Rusia y China, y que se ha traducido, entre otras cosas, en que la proporción de la producción de las operadoras extranjeras es superior a la venezolana.

Acciones realizadas bajo un espeso manto de turbidez que impide tener información completamente confiable. PDVSA incumple desde hace años la ley de BCV y muchas de la información sobre producción petrolera solamente se puede obtener en organismo internacionales que hacen seguimiento al comercio de hidrocarburos.

Se sabe la enorme magnitud del endeudamiento con chinos y rusos, realizado en buena medida sin la aprobación de la AN; se sabe de las condiciones leoninas de venta de petróleo a futuro acordadas con los chinos; se sabe de la entrega vergonzosa de tecnologías desarrolladas en Venezuela como la Orimulsión; se sabe algo de las condiciones recientes de entrega de instalaciones de operación de la industria a manos rusas y chinas.

Se sabe, en fin, que en una pornográfica operación orwelliana el régimen chavista ha hipotecado crecientemente nuestra industria en manos extranjeras, y la llevado a un estado casi terminal de endeudamiento y precariedad tecnológica, a la par que se presenta como paladín revolucionario del rescate del petróleo para el pueblo.

Capítulo aparte en esta epopeya de guerra contra su propio pueblo que el régimen chavista ha llevado en el ámbito petrolero, es la destrucción del recurso humano y tecnológico venezolano.

Esta horrenda y monstruosa operación comenzó, sin duda, con el despido en 2002-2003 de unos 20.000 trabajadores de la industria petrolera a raíz de lo que se convocó inicialmente como un Paro Cívico Nacional y terminó siendo llamado por chavistas y opositores como el Paro Petrolero.

Al margen de las múltiples inconsistencias del liderazgo opositor en la ejecución y conducción de esta acción, está el hecho de que la barbarie gubernamental descabezó a la industria y la despojó su más importante activo: sus trabajadores, gerentes e ingenieros calificados.

La anocracia revolucionaria, no solamente la emprendió contra el personal de la industria sino contra las universidades e institutos de investigación.

Especial mención requiere la destrucción de INTEVEP como centro de apoyo tecnológico a PDVSA y su conversión en una escuela de cuadros del chavismo.

La hecatombe de destrucción de la industria “meritocrática” y su reemplazo por una industria convertida en caja de financiamiento del presupuesto paralelo del gobierno, usado para financiar sus operaciones clientelares políticas internacionales y de populismo en Venezuela, lanzó al éxodo a miles de nuestros mejores hombres y mujeres, que habían surgido en nuestra industria y que ahora contribuyen con su esfuerzo a la vida de otras naciones.

Es mucho más que el encarcelamiento de unos gerentes y el escándalo que ello trae, presentado como una operación moralizadora, lo que la pseudo-revolución chavista le adeuda a los venezolanos de hoy y a las futuras generaciones que tendrán que conducir la ciclópea tarea de recuperar Venezuela.

La Crueldad

Alberto Barrera Tyszka, Prodavinci

Ahora pareciera que cada noticia necesita una ambulancia. No es posible ver y escuchar lo que ocurre y no dar un alarido. Cada vez tenemos más sangre que palabras. El gobierno ha terminado convirtiendo la violencia en su único espectáculo.

El chavismo pasará a la historia como el poder que disfrutó ejerciendo el terror.

Frente a la simple idea de estar cada vez más obligados a negociar, el oficialismo reacciona con una saña todavía mayor: la represión con cinismo, la violencia celebrada, la brutalidad como goce.

Solo así puede explicarse el infierno sistematizado que estamos viviendo y viendo día a día en el país. Las detenciones arbitrarias, el robo a los manifestantes, las golpizas salvajes y en cayapa a cualquiera que se descuide sobre la calle, los juicios express y las condenas por traición a la patria, los traslados a los distintos reclusorios, las torturas, los asesinatos… no es una “violencia desmedida”.

Por desgracia es todo lo contrario: es una violencia perfectamente medida, administrada con rigor, ordenada y ejecutada militantemente. Los excesos de los uniformados no son un desorden. Son un orden. Una orden.

Pero, luego, la violencia permanece y adquiere otra forma terrible: se convierte en humor, en festejo, en placer.

Creo que nunca antes en el país, al menos en la historia política del siglo XX, tuvimos un gobierno que celebrara de esta manera la muerte. El oficialismo ha logrado alcanzar un grado de delirio inconmensurable.

Promueve que perseguir, detener, saquear, golpear, torturar o matar estudiantes, es una virtud. Cuando Maduro condecora al Coronel Lugo está, en el fondo, practicando un rito fúnebre.

Es un acto que no solo permite sino que además honra la violencia sobre la ciudadanía, que enaltece los golpes sobre la experiencia de la democracia. Es otra manera de bailar delante de los cadáveres. Es otra forma de decir “no me importa nada”.

Esta es la única oferta que hoy el chavismo le hace al país: la crueldad. Este es su programa político. Se deleitan con el dolor ajeno.

Demuestran que el país, en el fondo, no les duele. Que el afecto no es su problema. Que son capaces de ejecutar a cualquiera sin remordimientos. Eso hacen con la Fiscal, con Roberto Picón, con todos los detenidos, con quienes salgan a manifestar…

Siguiendo la misma lógica bélica, los cuerpos de seguridad también se comportan como un ejército en territorio enemigo, extranjero. Vienen a saquear y a liquidar, tienen que arrasar con todo. Por eso son crueles y celebran su crueldad. La expone. La muestran con orgullo. No solo creen que es necesaria. Piensan incluso que es buena, noble. Por eso premian sus propios crímenes.

Después de casi 20 años, por desgracia hemos encontrado el gran logro de la revolución: la crueldad. El hombre nuevo es un refrito de lo peor del hombre viejo.

El hombre nuevo es un delincuente con carnet. El hombre nuevo es un asesino con charreteras.

El hombre nuevo no se conmueve con nada. Disfruta el dolor de los otros. Cree que el sadismo también es bolivariano. Se ríe de todo lo que pasa. Nunca pregunta. Dispara primero y, después, vuelve a disparar.

¿Dónde ponemos la rabia?

Milagros Socorro, ClÍmax @MilagrosSocorro                                   Fotografía: AFP

La rabia, aunque justificada, no debe dominar las conciencias ni imponerse sobre la estrategia. Pero sí debe ser vista e incorporada en el relato. Respetada. La arrechera de unos y el despecho de otros cuentan. Y deben ser conducidos por los liderazgos. Este puede ser el momento de decidir qué vamos a hacer con nuestra rabia

La protesta pacífica es la estrategia de la oposición venezolana. Cuanto más pacífica, más eficiente. Cuanto más creativa, más impactante en la opinión pública y en el ámbito internacional.

Fuera de la paz, el régimen tiene todas las de ganar: la sociedad en rebelión no tiene armas ni tropas.

En la violencia la oposición no suma grupos que todavía no han abrazado abiertamente la causa democrática, esos chavistas temerosos de dejar la casa donde han estado por tanto tiempo, cómodos en el bando ganador, pero que ahora sufren también el deterioro de la vida cotidiana y el aumento del costo de vivir en Venezuela, además del rápido desprestigio que sufre el chavismo dentro y fuera del país.

En suma, el fin de la oposición es desnudar al régimen en su violencia, en su cruel represión, dejarlo solo con sus métodos de castigo y revancha; y persistir en una línea de apego a la Constitución, de sacrificio personal del liderazgo y de quienes marchan, y de terca persistencia en la conducta pacífica. Sin embargo…

Sin embargo, hay grupos dentro de la oposición que no observan esta línea de conducta, tantas veces reiterada por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y demostrada en los hechos con el comportamiento de los líderes, que han sido agredidos, golpeados, gaseados, una y otra vez, sin lograr que Capriles, María Corina Machado, Julio Borges, David Smolansky, Papparoni, Richard Blanco… se aparten ni un ápice de su consigna pacifista y, más bien, han puesto la otra mejilla. Sin embargo…

Sin embargo, decíamos, algunos no tienen esta capacidad de aguante ni esta claridad política. Algunos, los menos, por suerte, han dado a cauce a su rabia y ya vamos viendo muestras de violencia contra las fuerzas armadas, bandas de “escuderos” entre quienes se mezclan malandritos que aprovechan el caos para robar y ejercer un poder hostil sobre los vecinos; vemos un auge indiscriminado de escraches, que en más de una ocasión se ha cebado contra inocentes; y, sobre todo, vemos la escalada de un lenguaje agresivo, que ya va haciéndose parte del paisaje.

La ira desparramada favorece al régimen, siempre ganancioso en el tablero de la violencia. Pero la rabia existe, es inmensa y sigue creciendo.

Es un hecho y tiene mil justificaciones: el régimen chavista ha humillado al país con sevicia y sistematicidad; ha mentido hasta extremos inverosímiles; se burla del país, se ríe de sus dolores: Maduro menea sus masas vacunas al ritmo del merengue sobre los cadáveres de bachilleres sacrificados por la represión que él mismo ha ordenado; los militares castigan al pueblo que protesta por hambre, mientras en su cara le arrebatan los alimentos y los destinan al contrabando; los niños mueren de desnutrición y falta de atención hospitalaria; las fuerzas armadas matan jóvenes que protestan, los detienen y torturan, en complicidad con los colectivos/paramilitares; los oficiales venezolanos reciben órdenes de los cubanos; el Banco Central de Venezuela (BCV) hipoteca la economía de varias generaciones; los cuatro co-dictadores violan la Constitución para eternizarse en el poder y no enfrentar la justicia internacional, que los ha puesto a encabezar el elenco de los más buscados; los venezolanos no tenemos futuro y las mínimas rendijas que todavía percibidos son clausuradas con saña por el régimen militaristas; mientras nuestros hijos pasan trabajo y horribles dificultades, los “enchufados” adquieren propiedades en el mundo libre y se dan la gran vida.

La lista de razones es mucho más larga. Es atroz. Muy pocos países han sufrido tan intenso y sádico castigo. Estaríamos locos si no estuviéramos furiosos.

Pero no solo hay rabia. También hay frustración y despecho. La frustración es alimentada por las consignas de cierto liderazgo que, con frivolidad, se ha permitido prometer aquello de lo que no tiene certeza: “Falta poco”, “ya Maduro está caído”, “si la gente sale a protestar masivamente, los militares se pondrán del lado de la Constitución”… Nada de eso ha ocurrido. Y nadie puede saber cuánto falta, ni cuándo se iniciará la transición, ni siquiera si esta va a ser menos dolorosa de lo que está siendo la postrimería de la dictadura, que, sin duda, está en su fase final, pero que no sabemos cuándo durará esta agonía. Cada hora cuenta, cada hora la situación de Venezuela se agrava. Esto es cierto. Pero nadie puede decir cuánto falta.

Por eso, nadie puede afirmar de manera responsable que falta poco, porque en términos históricos, efectivamente, falta poco, pero a escala de la vida humana puede ser una eternidad.

Y también está el despecho de quienes creyeron en el chavismo y ahora no encuentran el más mínimo indicio para persistir en su fe. Como es bien sabido, el despecho viene con tristeza y abatimiento, pero también con mucha rabia, que aumenta en la medida en que se fortaleza la certeza de que el amado no volverá, que no era lo que pensábamos y que nos dejó tirados en la cuneta. Ese despecho es tributario también de la rabia que palpita en Venezuela.

No digo que la rabia, como es muy justificada, debe dominar las conciencias, imponerse sobre la estrategia y fluir libremente. Muy lejos de eso. Postulo que debe ser vista, reconocida, incorporada en el relato y respetada.

La arrechera de unos, el despecho de otros. Y debe ser conducida por los liderazgos. Todos los liderazgos. Este puede ser el momento de decidir qué vamos a hacer con nuestra rabia. No debería dejarse para la transición, cuando la ira puede convertirse en deseo de venganza y, por tanto, obstáculo para la necesaria reconciliación y la gobernabilidad.

El liderazgo es, por fuerza, pedagógico. Miremos de frente nuestras emociones, no las neguemos ni subestimemos.

Y no dejemos que nos dominen. Siempre estaremos a tiempo de poner nuestra rabia en el camino correcto: como combustible de la lucha por el amanecer de Venezuela.